17 de diciembre de 2017 00:00

Reelección, el objeto del deseo de los caudillistas

De conseguir un nuevo mandato, Evo Morales sumaría 19 años en el poder. Foto: Alessandro Della Valle  EFE

De conseguir un nuevo mandato, Evo Morales sumaría 19 años en el poder. Foto: Alessandro Della Valle EFE

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Agustín Eusse A. Editor (O)

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Sencillo e idealista y de firmes convicciones democráticas. El lema del político y empresario Francisco Madero (1873-1913) para luchar contra la dictadura paternalista de Porfirio Díaz, que gobernó México durante 34 años, fue: sufragio efectivo, no reelección.

Nada molestaba más a Madero que la actitud dominante de Díaz, quien desde 1876 hasta 1910 se hizo reelegir siete veces sucesivas.

En ese período se recuerdan, entre otras medidas, la anulación de la Constitución, la desaparición de las garantías individuales y la restricción de la libertad de prensa y de expresión.

Para neutralizar al caudillo, Madero presentó su candidatura a la Presidencia en representación del Partido Antirreeleccionista en los comicios de 1910. Pero su misión no prosperó: fue apresado en plena campaña y obligado al exilio, desde donde elaboró el Plan de San Luis, que detonó la Revolución Mexicana.

El triunfo revolucionario lo catapultó a la Presidencia en 1911, donde dos años más tarde sería asesinado por uno de sus generales de confianza. Su programa político -que incluía un llamamiento a levantarse en armas contra el porfiriato y la no reelección- constituye probablemente su legado más prominente a la historia política mexicana.

En el caso del país azteca, la clase política ha seguido fiel al exhorto de Madero, al menos en lo que atañe a la no reelección. Por esa senda también han ido otros cuatro países de Latinoamérica: Paraguay, Guatemala, Honduras y Colombia (este último eliminó la reelección en junio del 2015).

No así el resto de naciones, donde los gobernantes de lo que en tiempos del fallecido Hugo Chávez se denominó socialismo del siglo XXI, nos tienen acostumbrados a sus intentos de eternizarse en el poder.

El venezolano Nicolás Maduro hace malabares para llegar a unas presidenciales en el 2018 contra una ultradisminuida oposición, debilitada por el propio Gobierno y por los errores de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). El presidente nicaragüense Daniel Ortega, otrora guerrillero en contra de la dinastía dictatorial de los Somoza, emblema del sandinismo juvenil y triunfante en los años 70, es hoy un señor mayor que se atornilla en el gobierno, junto a su esposa, con ánimos de fundar su propia dinastía. Nada los une, salvo la tentación del poder.

Sergio Muñoz, columnista de Los Angeles Times, opina que lastimosamente en la región se mantienen regímenes autocráticos de nuevo cuño que pervierten el sistema democrático, convocando elecciones y reelecciones amañadas que cuentan con la complicidad de seudoinstituciones corruptas. “Considere, por ejemplo, el caso del boliviano Evo Morales, quien siguiendo los malos pasos del venezolano Hugo Chávez, del ecuatoriano Rafael Correa y del nicaragüense Daniel Ortega, no ha vacilado en violar la Constitución de su país para buscar su reelección”.

La ambición de Evo Morales es una comedia de enredos y contradicciones. Electo en el 2006, el Mandatario se alista para una tercera reelección y su cuarto mandato luego de una discutible interpretación del Tribunal Constitucional, que le abre las puertas a que gobierne hasta el 2025.

“La manera escandalosamente tramposa en que Ortega y Morales han pisoteado las constituciones de sus países para lograr su propia re-reelección bien pudiera ser el producto de la fantasía de algún escritor (una especie de “reeleccionismo mágico”) pero es tan real como que Ménem (1994), Cardozo (1997), Fujimori (1993) Chávez (1999-2009), Uribe (2004) y Correa (2008) hicieron lo mismo en sus países, con sellos congresales y fallos de cortes supremas de por medio”. Lo sostiene Thor Halvorssen, presidente de Human Rights Foundation.

Esta tentación caudillista también ha atrapado a otros líderes de izquierda -ahora investigados por corrupción- como Lula Da Silva en Brasil, quien asumió el poder el 2003 y fue reelecto el 2006. En el 2011 Lula entregó la posta a su pupila, la exguerrillera Dilma Rousseff, quien en el 2014 ganó la reelección. Sin embargo, el 31 de agosto del 2016, la Cámara de Diputados destituyó a Rousseff. La acusaron de violar normas fiscales y maquillar el déficit del Presupuesto.

Con la salida de Rousseff de la Presidencia, también se puso fin al período de 13 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT).

En América Latina también se han probado otros modelos como el llamado ‘reeleccionismo conyugal’, que intentaron en Argentina los Kirchner, con una alternancia entre Néstor y Cristina Fernández.

Socorro Ramírez, politóloga de la Universidad Sorbona de París, advierte que los presidentes de izquierda en la región se han empeñado en mantener el poder mediante la reelección y el control clientelista del pueblo. “La izquierda ha diluido las esperanzas de cambio que había sembrado. Incluso, en sus casos extremos, le ha agregado un autoritarismo caudillista que, sin pudor, manipula la Constitución, se adueña de poderes, instituciones y puestos públicos, viola derechos y libertades e interfiere el juego democrático”.

Honduras, por ejemplo, vive ahora bajo la amenaza de una convulsión social. Este era uno de los pocos países de la región en donde no había reelección de ninguna clase. El expresidente Manuel Zelaya fue derrocado con un golpe de Estado, por intentar enmendar la Constitución para permitir la reelección. Seis años después lo logra el actual presidente de derecha Juan Orlando Hernández. “Fue una combinación de astucia y malabarismo político. Logró el apoyo de su propio partido y de otras formaciones, y que la Corte fallara a favor, aunque ahí hubo una manipulación porque no fue un fallo limpio”, afirma el politólogo Javier Corrales.

De izquierda o derecha, son muy pocos los mandatarios en América Latina que no se han dejado contagiar con el virus reeleccionista, llevados por un determinismo programático y bendecidos, no en pocas ocasiones, por una alta popularidad.

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