1 de julio de 2018 00:00

En busca de reconexión con la naturaleza

En la Amazonía ecuatoriana, el tronco de ceibo puede llegar a medir hasta 12 metros de diámetro. Foto: Archivo EL COMERCIO.

En la Amazonía ecuatoriana, el tronco de ceibo puede llegar a medir hasta 12 metros de diámetro. Foto: Archivo EL COMERCIO.

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Diego Ortiz
Coordinador (O)

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Esta íntima relación que hemos creado con la urbe nos ha hecho desarrollar un oído muy sensible a ciertos sonidos. Al escuchar una sirena, por ejemplo, nos ponemos en alerta porque es una advertencia de peligro. O cuando oímos una máquina tragamonedas, sabemos bien que estamos cerca de un espacio para el juego.

Pero esta vida urbana también nos ha hecho perder parte de nuestra naturaleza sonora primitiva. Nosotros llegamos a distinguir casi con certeza entre el claxon de una bicicleta, un automóvil o un gran camión. Incluso tenemos ya predeterminada la forma de estos vehículos en nuestra mente.

Sin embargo, al encontrarnos en un entorno natural, esta destreza cambia completamente, llevándonos a reducir esa experiencia acústica a un escueto “qué bonito se oye”, sin siquiera saber a ciencia cierta lo que oímos.

Esta es precisamente una de las críticas que hace David George Haskell en su libro ‘Las canciones de los árboles’. Aquí el lector se encuentra frente a un texto en el cual es interpelado a abrir nuevamente sus oídos para llegar a comprender que la naturaleza construye su propia sinfonía, sea esta en conjunto con los animales silvestres, o bien con el entramado urbano que nos rodea.

Para entender la idea de Haskell debemos partir de un momento clave: la modernidad. En el afán por adoptar una vida más tecnificada, hemos dejado en el camino esa capacidad de entender lo que nos dice la naturaleza. Y ha sido así a tal punto que esos relatos, que se nutren de aquellos seres que habitan en los bosques o la selva, han pasado a un plano mitológico, casi místico, el cual llega a formar parte del denominado relato ancestral.

A pesar de ello, Haskell, desde una mirada crítica atravesada por el hecho de su profesión como biólogo, nos pone en un punto en el que la naturaleza tiene una voz que resuena fuertemente en el imaginario humano.

Una muestra de ello es el capítulo en torno a un ceibo de la Amazonía ecuatoriana, el cual no solo es un refugio de flora y fauna de lo más diversas, sino que, al mismo tiempo, constituye un ser que ayuda a que la gente encuentre nuevamente su camino. Así lo escribe: “Perderse en la selva, especialmente solo y de noche, es una posibilidad que aterra a los huaorani, incluso a los que la conocen mejor.

Cuando los huaroani se pierden, buscan un ceibo y lo convierten en una especie de altavoz subwoofer. Al golpear las raíces tubulares del árbol vibra el tronco, una llamada botánica de bajo profundo a amigos y familia, un grito para recuperar los vínculos que lo mantienen a uno con vida”.

Y es que la conexión con la vida, con esa de estado silvestre, primigenia, es una en las que más han hecho énfasis las nuevas generaciones de terapeutas. Miles Richardson, uno de los psicólogos que más ha estudiado este fenómeno, ha desarrollado un término que expresa esa necesidad de estar nuevamente conectados con la naturaleza: la biofilia.

Más allá de los tecnicismos de la palabra, la biofilia representa aquella necesidad que ahora tiene el humano de ser parte de algo más grande que él. Y es en ese proceso en el que aprende que no solo la naturaleza es un espacio vital para la vida; es a través de esta relación que llega verdaderamente a comprender la importancia de las interconexiones entre las especies con la finalidad de preservar la especie. Es, a la postre, un camino que lo cambia ontológicamente, hasta llegar a sentirse parte de un todo.

Este cambio en el paradigma de las relaciones entre la naturaleza y el humano estaba presente en el pensamiento nietzscheano. En su libro ‘Sobre verdad y mentira en sentido extramoral’, Friedrich Nietzsche describe una escena que se vuelve cada vez más actual en un mundo natural que ha sido subyugado al falso imperio del antropocentrismo.

Allí, él describe cómo “en algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal: pero, a fin de cuentas, solo un minuto”.

Cuando la estrella se apagó, esos animales se extinguieron y la naturaleza fría y casi muerta volvió a seguir su camino ya trazado. Aunque fatalista, esta es la reflexión a la que nos lleva Haskell. Al perder esa conexión con nuestro contexto, lo que hacemos es ponernos sobre un entorno natural que ha estado mucho antes que nosotros en la gran historia estelar.

En ‘La secuoya y el pino ponderosa’, uno de los relatos del libro, Haskell habla sobre cómo un bosque californiano crea su propia música a partir de los sonidos que producen las ramas del secuoya al romperse y caer al suelo.

A pesar de que por separado parecerían ruidos dispersos y ajenos unos a otros, al grabarlos en conjunto generan melodías que demuestran esa vitalidad y energía que guarda la naturaleza.

A la postre, lo que nos dice, al igual que Nietzsche, es que, si bien la razón instrumental nos ha permitido llegar a conocer varios de los misterios de nuestro entorno, al mismo tiempo hemos perdido ese oído natural que marcó el inicio de nuestra existencia.

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