26 de marzo de 2017 00:00

Raquel Rodas: 'La equidad lingüística es esencial'

Raquel Rodas junto a la biblioteca de su casa, ubicada en La Pradera, en el norte de Quito. Ha escrito más de 15 textos sobre mujeres ecuatorianas. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Raquel Rodas junto a la biblioteca de su casa, ubicada en La Pradera, en el norte de Quito. Ha escrito más de 15 textos sobre mujeres ecuatorianas. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (O)
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El 7 de marzo la escritora feminista Raquel Rodas fue parte de una mesa redonda en la Academia Ecuatoriana de la Lengua. En su discurso, titulado ‘Decir el mundo en femenino’, propuso la desobediencia lingüística como uno de los caminos para luchar contra el sexismo lingüístico.

Dos semanas más tarde, sentada en uno de los sofás de su casa, esta autora de origen cuencano y una de las fundadoras del Frente Amplio de Mujeres del Azuay, desmenuza las ideas por las que ha luchado desde que era niña.

Si la desobediencia civil es la resistencia pacífica a las exigencias o mandatos del poder, ¿que vendría a ser la desobediencia lingüística?

La desobediencia lingüística es el desacato a lo dispuesto por la Real Academia Española respecto de los géneros. Y no es que vendría a ser sino que ya es, porque hay muchas mujeres que ya lo hemos puesto en práctica. Este concepto parte del feminismo. A medida que se conformaron las sociedades patriarcales, la mujer fue perdiendo su identidad. No solo­ que fue excluida de los medios de propiedad sino de los de significación y de sentido, es decir, del lenguaje.

¿Cuál es la conexión entre la desobediencia lingüística y el sexismo lingüístico?


La desobediencia lingüística es una respuesta al sexismo lingüístico, que es el encargado de disminuir y ocultar a la mujer a través de la lengua. El sexismo lingüístico eclipsa totalmente la presencia de las mujeres en la vida social. Es una forma muy clara de violencia simbólica.

¿Cómo se aplica el sexismo lingüístico en la vida cotidiana?

Una de las formas es el uso del masculino para nombrar al género humano. Uno de los ejemplos más claros es el uso del término hombre público para referirse al hombre que tiene el poder, que está bien ubicado política y socialmente, y mujer pública para referirse a la mujer que vende su cuerpo, o sea a la prostituta.

¿El sexismo lingüístico es el origen de otras formas de sexismo?

Creo que tiene un papel fundamental. No solo el sexismo lingüístico de la palabra hablada o escrita sino también el lenguaje icónico, porque las imágenes y las frases que se reproducen sobre la mujer crean modelos en la cabeza de los hombres y estos son los que han ampliado la violencia.

¿Uno de esos modelos o imaginarios es el que ve a la mujer como sexo débil?

Existe la idea de que la mujer es el sexo débil, que no tiene fuerza, talento ni iniciativa. También de que la mujer es el sexo pecador. Se cree que la mujer es un ser débil y pecaminosa, y ese es un imaginario del mundo masculino.

¿Qué gana la sociedad con la desobediencia lingüística?

Las mujeres ganamos muchísimo. La violencia simbólica es la más fuerte, porque está en lo más íntimo del cerebro de los hombres. Es la que sostiene a las otras violencias. Si logramos desbaratar la figura de la mujer como un ser débil, perverso, obediente y sumiso, ya no existirían las demás violencias. Los medios de comunicación contribuyen a un modelo de mujer provocadora e intrigante y la llena de calificativos negativos, que la convierten en la semilla de la perdición.

¿Es una forma de eliminar la desaparición simbólica de la mujer?

No es una cosa inmediata, pero es una forma de subversión de las mujeres. No estamos acudiendo a los golpes o a las agresiones, pero sí estamos rescatando nuestro lugar. Estamos poniendo nuestra presencia en el mundo.

¿Un poco como decir que lo que no se nombra no existe?

Es eso. Si no se nombra a la mujer inteligente, productiva, capaz de construir hogar, sociedad, trabajo, bienestar y felicidad y solo se nombra a la perversa... Estamos manteniendo una forma de sociedad esclavizante.

¿En qué momento la ­lengua materna perdió su ­valor?


Cuando se consideró persona al que era ciudadano, esto ocurrió en la sociedad ateniense. Ahí, definitivamente, la lengua materna perdió el valor de ser la fuente de enseñanza, no solo del habla sino de los valores y de los saberes del pasado. La palabra de la mujer fue recluida, negada e incluso escondida. Hasta ahora se sabe poco de filósofas como Diotima, que fue la maestra de Sócrates.

¿En el país sucede lo mismo?

Por suerte ya hay manifestaciones solidarias de hombres que comprenden la realidad de las mujeres. En estos días vi un nuevo texto de Marco Antonio Rodríguez en el que ya se utiliza, de forma mesurada, el femenino y el masculino. Ya no es el genérico universal para nombrar a los dos sexos.

¿Qué papel han jugado textos religiosos como la Biblia en el fomento del sexismo lingüístico?

La Biblia no solo tiene frases, imágenes y personajes que establecen modelos sociales. También tiene modelos de comportamiento que establecen formas sociales que definen fundamentos éticos. La Biblia y otros textos religiosos han contribuido a la escla­vi­tud de las mujeres.

¿Hay que luchar por una igualdad lingüística?

Más que igualdad, yo diría equidad. Luchar por la equidad, porque el lenguaje construye sentido. El lenguaje es un medio a través del cual se ­modifican y se mantienen significaciones. La equidad lingüística es una de nuestras formas de lucha pero no es la única. Hay muchas formas de trabajar a favor de las mujeres.

¿Por qué las feministas siguen reclamando por decir el mundo en femenino?

Porque tenemos que recuperar nuestra existencia, porque tenemos que contribuir a que el mundo cambie. Nosotras podemos y sabemos actuar de otra manera; con más tranquilidad, con más afecto y con más ética.

El feminismo es fundamentalmente ético, teórico y filosófico. Tenemos muchas autoras que han escrito libros formidables que están al alcance de las mujeres, al menos las que pasan por la educación. En algún momento esperamos que todas puedan acceder a la palabra de las filósofas feministas y cambiar su parecer sobre sí mismas, sobre los hombres y sobre el mundo.

¿Los gritos de las mujeres en las marchas por la defensa de sus derechos son otra forma de desobediencia lingüística?

Sí, de cierta manera son otra forma de expresión. Más ruidosa y agresiva, pero están dentro de esa lucha que tenemos en común.

¿Estaría de acuerdo con que los hombres asuman el nosotras cuando exista una mayoría femenina?

Hay que dar significación a cada uno de ellos. Si hay hombres y mujeres hay que referirse a cada uno. Como dije en la mesa redonda, hay una actitud cerrada de la academia porque hay documentos antiguos donde ya existe el masculino y el femenino. En algún momento, la academia viendo la emergencia del feminismo cerró huestes, esto sucedió­ porque es una institución esencialmente androcéntrica.

Escritores como el español Javier Marías han dicho que el tema de la equidad lingüística no tiene que ver con las academias sino con el uso que hacen las personas de la lengua.

La academia sí tiene que ver porque dicta las normas, los andariveles por donde va la persona culta. Las mujeres no vamos a esperar que la academia cambie por eso, ya estamos cambiando el lenguaje. En otros países, muchas palabras han cambiado. En el inglés ya se habla de ‘Herstory’, que es la historia de las mujeres. En la historia androcéntrica las mujeres son invisibles. Esto está ayudando a construir una nueva línea de investigación.

Raquel Rodas

Nació en Cuenca. Fue una de las fundadoras del Frente Amplio de Mujeres (FAM). Estudió Feminismo en la Universidad de Barcelona. Publicó durante cinco años la revista feminista Caracola. Es autora de la biografía de personajes históricos del país, como Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña. Su ­último libro publicado es ‘La historia del voto femenino en el Ecuador’.

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