21 de enero de 2018 00:05

El Quito de los urbanistas checos

Ovidio Wapenstein fue el arquitecto del  Hotel Hilton Colón y del edificio  Cofiec.

Ovidio Wapenstein fue el arquitecto del Hotel Hilton Colón y del edificio Cofiec. Foto: Archivo EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán para EL COMERCIO (I)

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La arquitectura quiteña del siglo XX está marcada por nombres y apellidos que remiten a países lejanos. El libro ‘Arquitectos checos en Ecuador. Siglos XX – XXI’ (Trama Ediciones, 2016) recuerda esta particularidad de una ciudad que -como todas, en realidad- es un palimpsesto de ideas, en este caso convertidas en edificaciones, de varios de quienes pasaron por ella y han aportado a su fisonomía actual.

Mucho antes que Karl Kohn, Otto Glass, Edwin Adler, Ovidio Wapenstein y Tommy Shwarzkopf, a quienes se dedica el libro en mención, los hermanos ítalo-suizos de apellido Durini (Francisco y Pedro) ya dejaron su impronta, pero casi sin salir de los márgenes del Centro Histórico quiteño. Entre sus varias obras se cuentan: el Círculo Militar, el Banco Central, el Pasaje Royal; y lejos del corazón de la ciudad (y mucho más para la época de su construcción) el Palacio de Najas (1923), donde actualmente funciona la Cancillería ecuatoriana.

Paralelamente a los checos, que llegaron al Ecuador huyendo del horror que se vivió en Europa a partir de la década de 1930, en Quito también estaban creando otros arquitectos -de distintos orígenes– que, asimismo, estaban desarrollando sus ideas modernistas en la ciudad y cambiándole la cara.

Entre estos últimos, como mencionan Evelia Peralta y Rolando Moya en el artículo ‘Los pioneros y la arquitectura moderna en Quito’, están arquitectos provenientes de Europa o de América Latina como Giovanni Rota, Gilberto Gatto Sobral, Oscar Etwanick, Max Ehrensberger y los ecuatorianos Sixto Durán Ballén y Jaime Dávalos.

Si bien los checos llegaron por la misma razón al país, sus trayectorias y formación son distintas. Kohn, por ejemplo, llegó ya formado como arquitecto, en 1939. Wapenstein lo hizo siendo aún niño y recibió toda su educación en el país, y en 1963 se graduó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central del Ecuador, como lo recuerda uno de sus compañeros, el arquitecto y urbanista quiteño Juan Espinosa Páez. En cambio, Schwarzkopf nació en Quito en 1953. Adler llegó con casi sus estudios de arquitectura completos desde Europa pero obtuvo su título aquí. Y Glass, al igual que Kohn, desembarcó con una carrera de arquitecto a cuestas.

Quizá sus nombres no sean reconocidos con facilidad fuera de los círculos arquitectónicos, pero sus obras son indispensables para el Quito de hoy.

Por ejemplo, cómo imaginar el límite sur de La Mariscal sin el Hotel Quito o el edificio de Cofiec o la Corporación Nacional Financiera –todos alineados en la avenida Patria–, que son obra de Wapenstein. O el edificio de Ciespal, en la Almagro, que construyó en colaboración con el arquitecto ecuatoriano Milton Barragán. Las formas de la ciudad moderna son difíciles de comprender sin estas edificaciones.

Lo mismo pasa con Kohn y el edificio de la Cruz Roja (en la Gran Colombia) o la Casa Vera Schiller de Kohn, que ganó el Premio al Ornato en 1951. Y en Guayaquil, Kohn dejó el Edificio Inca o el Banco de Descuento, que fue premiado como el mejor edificio comercial en 1954.

Glass, con su “enfoque funcionalista”, hizo más que nada casas; algunas de las más bellas que aún hoy quedan en pie en La Floresta. Entre las casas de su autoría más conocidas por el público en general está la Casa Taller de Olga Fisch (1952). Glass además estuvo vinculado como arquitecto a otras figuras del arte local, aparte de Fisch.

Adler también dejó muy visible su huella en la ciudad, ya sea como autor en solitario o como parte de un grupo más amplio de arquitectos. El Colegio Manuela Cañizares, el Cuerpo de Bomberos (en la Veintimilla) o el Cine Hollywood, además de algunas casas de familia en La Mariscal, formaron parte de su hoja de vida.

Finalmente, la obra de Schwarzkopf remite al Quito actual. Su vocación ha apuntado a proveer soluciones arquitectónicas para una ciudad que dejó de ser conventual, que a partir de los años 70 empezó a poblarse rápidamente y cuya clase media -afortunadamente- empezó a crecer. Esa es la ciudad para la que Schwarzkopf ha construido una serie de edificios y conjuntos habitacionales; un Quito que necesita crecer hacia arriba y que ha cambiado las casas unifamiliares por condominios.

Y la historia de Quito, sus casas, sus edificios, sus calles, la gente que las habita y las recorre cotidianamente, continuará construyéndose. Casas, edificios -es decir, emociones e ideas- serán reemplazadas; casas y edificios serán construidos con una nueva visión, en función de otras necesidades. Esta es la única manera en que Quito siga siendo un palimpsesto que late.

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