3 de diciembre de 2017 00:00

Las fiestas quiteñas en la época colonial

Misa del Niño, obra atribuida a Juan Agustín Guerrero, siglo XIX. Del Álbum de costumbres ecuatorianas. Paisajes, tipos y costumbres. Foto: Biblioteca Nacional de España.

Misa del Niño, obra atribuida a Juan Agustín Guerrero, siglo XIX. Del Álbum de costumbres ecuatorianas. Paisajes, tipos y costumbres. Foto: Biblioteca Nacional de España.

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Javier Gomezjurado Zevallos

Mucho antes de que comenzaran las fiestas de la fundación de Quito, que aparecieron en 1959 como parte de la iniciativa del periodista César Larrea, nuestra ciudad tuvo otras festividadesy otra manera de celebrarlas.

La preocupación de los primeros conquistadores fue dedicarse a construir sus casas y conservarse a salvo de los posibles ataques indígenas. Había casi ningún tiempo para celebrar fiestas públicas paganas. Las únicas que se llevaban a cabo eran las conmemoraciones religiosas tales como el Corpus Christi y su Octavario, en la Catedral y en las iglesias parroquiales, con sermones, procesiones, música y adornos de plazas y calles; las Pascuas de Navidad, Reyes, Espíritu Santo, Resurrección, las festividades de la Madre de Dios, los Apóstoles, San Juan Bautista, San José y demás santos de primera y segunda clase.

Las referencias documentales señalan que las primeras fiestas surgen en 1575, con el ‘juego de cañas’, que representaba un combate bélico, donde individuos montados a caballo en la Plaza Mayor se lanzaban cañas a modo de lanzas europeas, debiendo ser detenidas por los contrincantes con un escudo. Tiempo después, el 28 de mayo de 1594, Quito disfrutará de la primera corrida de toros. Así lo señala Ricardo Descalzi, cuando refiere que el corregidor Francisco de Mendoza Manrique se hizo cargo de las fiestas en honor al Espíritu Santo; el cabildo ofreció un homenaje al presidente de la Audiencia y a los oidores con juego de cañas, corrida de toros y una colación de comida y bebida moderada.

Dos años más tarde, el palentino Luis de Velasco y Castilla fue nombrado virrey del Perú. El cabildo quiteño decidió enviar a Lima dos delegados para que saludaran a la nueva autoridad, y organizó una fiesta de toros y un juego de cañas en su honor. En enero de 1597, el cabildo decidió recibir al nuevo año con bombos y platillos, y aprovechar asimismo para festejar la canonización de San Jacinto en Roma.Se decretó que las calles y ventanas de Quito debían iluminarse con velas de sebo, mientras que al día siguiente los cabildantes debían asistir a una procesión religiosa luego de la misa. Para el siguiente lunes se programó juego de cañas y corridas de toros.

El espíritu fiestero y dicharachero del quiteño se había comenzado a formar. El 24 de abril de 1599, se volvió a reunir el Cabildo y decidió realizar una fiesta en honor a Felipe III, apodado ‘El Piadoso’, quien fue coronado rey de España tras la muerte de su padre Felipe II. Las fiestas se llevaron a cabo el mes siguiente y contemplaron montar un tablado grande en la plaza pública, arreglar las casas del Cabildo y las de alrededor de la Plaza Mayor, e interpretar mucha música de trompetas, chirimías y atabales, repique de campanas y hacer toda la demostración de alegría que se pudiere por el nuevo monarca. Asimismo, el alférez real Diego Sancho de la Carrera condujo el pendón real durante la ceremonia, se dispararon varios mosquetes y se lanzaron por las ventanas del cabildo algunas monedas.

Para inicios del siglo XVII, la ciudad y sus habitantes ya tenían la costumbre de realizar fiestas con corridas de toros por cualquier motivo. Así, por ejemplo, el 6 de octubre de 1600, el cabildo invitó al presidente de la Audiencia, Miguel de Ibarra, y a los oidores, a un banquete, por la simple razón de que Margarita de Austria, esposa del rey Felipe III, llegó a Madrid luego de haber contraído matrimonio por poder. Obviamente después hubo cañas y toros. En 1602, se modificó la procesión de Corpus Christi de ese año, pues no sólo hubo toros sino también una ‘tarasca’ o figura de serpiente monstruosa con una boca muy grande, que se paseó por la ciudad con mucha pompa. En la procesión hubo arcos y colgaduras en las calles y, por supuesto, cañas, toros y danzas. Asimismo, a finales de ese año, el cabildo se percató de que no se había festejar el nacimiento de la infanta Ana de Austria, hija de los reyes de España, y decidió que ocho días antes de las fiestas carnestolendas haya juegos de cañas y toros, conminándose con penas especiales a quienes se negasen a jugar.

Las fiestas cristianas también continuaron en virtud de la enraizada religiosidad y de la afición al boato ceremonial. Así, entre el 25 de julio y el 8 de agosto de 1603 se llevaron a cabo las fiestas por la canonización de San Raimundo de Peñafort, que incluyó misas, procesiones y sermones organizados por los curas dominicos, acompañados de recitaciones, saraos, villanos -baile popular español de la época-, matachines -danzas con máscaras y vestidos de colores-, luminarias, juegos de pólvora, carros de invenciones, música, carros alegóricos y un simulacro de la batalla de Lepanto.

Tres años más tarde, en mayo de 1606, el cabildo decidió celebrar el nacimiento del nuevo vástago real. Delegó al corregidor y a otros dos ciudadanos la confección de libreas de color. Hubo toros durante tres días, y al final, juego de cañas. Para tales fiestas se compraron lanzas, hierros y caballos; y se confeccionaron dos dominguillos, unos muñecos de materia ligera o huecos, con un contrapeso de plomo en las patas, que eran colocados en la plaza para que el toro se cebase con ellos. También se fabricó un toro encohetado y el cabildo ofreció seis premios por cuatrocientos pesos en total, para los vecinos que hicieran sus mejores intervenciones.

Las fiestas con cañas y toros se desarrollaron durante todos esos años, generalmente por tres o cuatro días, hasta que en 1631 se conoció en Quito la noticia del nacimiento del primer hijo varón del rey Felipe IV ocurrido dos años antes. El cabildo decretó entonces nueve días de fiesta: del 20 al 28 de febrero. Según las crónicas de la época, el primer día hubo misa y luego un desfile por la Plaza Mayor “que estaba con muchos altares y adornada de colgaduras y en la mitad un escuadrón de más de mil infantes que daban frecuentes descargas de fusilería”.

En 1657 nació Felipe Próspero, otro hijo de Felipe IV con su segunda mujer. En la Cédula Real se dispuso que existiera alegría en Quito y su contorno y que se desarrollaran fiestas durante quince días con el mayor regocijo posible. El cabildo dispuso que se hicieran festejos con juego de cañas, corrida de toros, luminarias en las ventanas y balcones, y mucho gozo. Hubo juegos pirotécnicos con ruedas, cohetes, castillos, juegos de máscaras, y una colación para autoridades de la Audiencia, obispos y otras autoridades capitulares, todo a cargo del presupuesto municipal.

El 17 de septiembre de 1665 falleció el rey Felipe IV, aunque la noticia llegó a Quito ocho meses después, acordando el Cabildo celebrar las honras fúnebres el 19 de junio; mientras que dos semanas después fueron las fiestas de proclamación de su heredero y sucesor, Carlos II, de cuatro años de edad.

Durante el siglo XVIII continuaron efectuándose las fiestas del calendario religioso y de carácter civil. Si bien los motivos de regocijo público podían cambiar, las fiestas estaban revestidas de carácter religioso, pues se celebraban misas solemnes como apertura. Es posible que estas fiestas ya enmarcadas en el calendario hayan sido las que se conocían como las de la ‘Tabla’, que era una manera gráfica de mostrar las fiestas oficiales, en las que todos los súbditos del rey debían participar. Tales fiestas estaban vinculadas al calendario católico y ocurrían también en otras ciudades tales como México o Lima.

La documentación que ha quedado de la época evidencia que en aquellas fiestas el pueblo se tomaba las plazas y las calles de la ciudad, en cuyos lugares se daba rienda suelta al humor y creatividad populares. Cabe mencionar que el Cabildo señalaba o elegía ‘diputados’ encargados del desarrollo de los eventos festivos, que generalmente se preparaban con anticipación y en cooperación con las órdenes religiosas.

Un ejemplo fue lo ocurrido en Quito cuando se celebró el ascenso al trono de Felipe V, a raíz de la muerte de Carlos II. La fiesta se cumplió con el levantamiento de pendones, así como otras ceremonias para agasajar al nuevo monarca. A pesar de la pobreza extendida en la ciudad hubo mascaradas de los gremios de artesanos, tardes con corridas de toros al son de las trompetas, atabales, clarines, chirimías y cajas de guerra, repiques de campanas, lujosos altares, cuerpos de tropa uniformados y representaciones de guerras indígenas.

En 1723, el presidente y los oidores de la Audiencia de Quito recibieron una Cédula real que disponía que el día de San Norberto fuera también fiesta de ‘Tabla’. En 1724, hubo también varias fiestas con ruidosas diversiones públicas con motivo de la coronación de Luis I de Borbón, hijo de Felipe V. Casi todos los sucesos públicos seguían siendo festejados en Quito con tumultuosas corridas de toros, luminarias, fuegos de pólvora, representación de comedias al aire libre en la plaza, en donde se repartían dulces y helados. Pocos años más tarde se recibió en Quito otra Cédula real, la cual ordenaba que el cabildo y los funcionarios de la Audiencia asistieran obligatoriamente a las fiestas de la ‘Tabla’ de los ‘Santos patriarcas’, disponiendo además que los prelados de las diversas órdenes religiosas debían encargarse de organizar los convites necesarios.

La celebración de los festejos estaba, además, garantizada por el nombramiento de capitanes y alcaldes primeros en los barrios de San Blas, San Roque, San Sebastián, La Loma y San Marcos, donde se alternaban las actividades con los regidores del cabildo; debiendo todos ellos encargarse de la ocupación de espacios públicos, la celebración de misas, el convite de golosinas y refrescos, y las tardes de corridas de toros. Con certeza las reses que se requerían fueron provistas por las haciendas cercanas a la ciudad, mientras que en las corridas seguramenteparticiparon como toreros los mismos mayordomos, mozos o peones de dichas haciendas.

En las proclamaciones de los sucesivos monarcas Luis I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, las corridas de toros llegaron a convertirse en el eje fundamental de las fiestas reales, las cuales se conjugaron con el viejo juego caballeresco de cañas, unido a otros juegos muy populares. Todas aquellas ceremonias incluyeron el levantamiento de pendones, misas solemnes en la Catedral y fuegos artificiales, donde se comprometían fondos del cabildo.Por ejemplo, en julio de 1769 se produjeron los festejos por la proclamación de Carlos III, en cuya ocasión no fueron suficientes tres días de toros comúnmente ejecutados para las ceremonias, pues dada la trascendencia de la ocasión se hizo necesario uno más; todo a costa del presupuesto capitular e incluso utilizando provisiones de las haciendas de sus miembros.

Como parte fundamental de las fiestas durante la época colonial fue muy frecuente el consumo de bebidas embriagantes, tales como el aguardiente y la chicha, que llegaron a formar parte de la vida cotidiana de indígenas, europeos, criollos y mestizos de todo tipo. Y, entre los bailes coloniales, fueron muy difundidos los saraos, los minuetos, la contradanza y el baile escocés, en particular entre los miembros de las familias distinguidas y aristocráticas; mientras que, entre el populacho, e incluso entre gente de la pequeña clase media, fueron muy comunes otras danzas como el pecaminoso ‘fandango’: un antiguo género musical español que llegó a Quito desde épocas de la conquista. El fandango se trataba de un baile en pareja. Tenía cierto aire de flamenco, pero incluía giros insinuantes y eróticos -propios de los bailes de galanteo- el cual surgía al son de guitarras y panderetas; en medio del ascendente consumo de licor, las parejas llegaban a despojarse de sus ropas. Por tal condición fue objeto de permanentes censuras, e incluso el obispo Juan Nieto Polo del Águila amenazó con excomulgar a quienes siguieran bailando aquella corrompida danza.

Hasta las primeras décadas del siglo XIX, y en virtud de que los quiteños disfrutaban de un ocio abundante, continuaron recreándose con todas las diversiones y esparcimientos posibles; incluso con los viciosos juegos de naipes, dados y boliches, en donde se hicieron grandes apuestas de dinero en medio de un gran consumo de aguardiente.

Desde aquellos años en adelante, las fiestas santas habrán de mantenerse entre los quiteños hasta la actualidad, debido a la religiosidad heredada de los peninsulares y a la costumbre. Sin embargo, las magnas celebraciones vinculadas a los acontecimientos de la monarquía española y sus funcionarios reales sólo se mantendrán hasta cuando surge el proceso independentista. Luego de ello, el carácter, la práctica y las simbologías de las festividades quiteñas habrán de cambiar. Pera esa es otra historia.

*Historiador. Docente universitario. Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia.

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