25 de marzo de 2018 00:00

La quina o cascarilla, una cura ancestral

José Celestino Mutis fue un experto en la quina. Fotos: wellcomecollection.org

José Celestino Mutis fue un experto en la quina. Fotos: wellcomecollection.org

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Roberto Aspiazu Estrada

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En 1638, en Malacatos, Loja, un misionero jesuita que había enfermado de paludismo fue asistido por al cacique lugareño Pedro Leyva -como muchos indígenas había adoptado el apellido de su encomendero-, quien le dio a beber una infusión de sabor amargo que a los pocos días lo sanó.

Fue el episodio de descubrimiento de la quina o cascarilla, un poderoso febrífugo conocido ancestralmente por los paltas como remedio para las “fiebres intermitentes”, según la denominaban los españoles. Los jesuitas enviaron muestras de la cascarilla a Lima con el requerimiento de enviarlas a la botica del Vaticano, a fin de verificar su efectividad y posibles usos.

Coincidió que doña Francisca Enríquez de Rivera, condesa de Chinchón, esposa del Virrey, se encontraba casi agónica aquejada de la misma dolencia. El suministro del brebaje del “polvo lojano” le permitió recuperarse de forma milagrosa. Desde entonces se comenzó a llamar popularmente “cinchona” a la quina, nombre que un siglo después adoptaría en la nomenclatura botánica universal. Se extraía de la corteza del quino -de ahí su nombre-, un árbol con tupida fronda en forma de paraguas, donde contrastan sus hojas de intenso verdor con hermosas flores rojiblancas.

Solía encontrarse en manchones que podían divisarse a distancia por el movimiento inconfundible de su ramaje ante las ráfagas de viento, en montañas que fluctuaban entre 1 800 y 2 500 msnm. Su introducción como fármaco fue lenta debido a escepticismos y prejuicios que prevalecían en la época. Sin embargo, las distintas provincias jesuíticas en América recibieron instrucciones para su uso medicinal en la década de los 40 del siglo XVII.

El célebre Oliver Cromwell, Lord Protector de Inglaterra, falleció de malaria en 1658, resistiéndose como buen protestante a tomar el remedio que era conocido como “la corteza de los jesuitas”. Consciente del tabú prevaleciente, el modesto boticario londinense Robert Talbor preparó su antídoto, asegurando que era distinto al de los odiosos curas, y fue tal su éxito que fue nombrado Médico Real de Carlos II en 1672. Solo después se conocería que era la misma pócima con vino blanco para disimular su amargor natural. Al inicio se explotaron las montañas de Cajanuma y Uritusinga en el valle del Malacatos, ampliándose con posterioridad a Vilcabamba.

El corte se hacía en verano, en los meses de agosto y septiembre, toda vez que la cascarilla debía ser secada en tendales. La lluvia y la humedad la descomponían anulando sus propiedades curativas, con el riesgo de pudrirse durante el prolongado viaje a los centros de consumo. Aunque con el procesamiento adecuado podía permanecer almacenada largo tiempo, lo cual favorecía la tendencia especulativa del mercado.

Hacia la década de 1650 se efectuaron los primeros embarques con destino a París y Roma, aunque su consumo se intensificaría cuando las potencias europeas comenzaron a desarrollar la capacidad agropexportadora de sus colonias tanto en América como en Asia y África, demandando el remedio antipalúdico como protección para el creciente número de trabajadores. Hubo dos etapas de ‘boom’ de la quina: la primera hacia la segunda mitad del siglo XVIII; la siguiente un siglo más tarde, cuando se había logrado extraer su principio activo, la quinina, y Holanda e Inglaterra habían desarrollado exitosamente plantaciones en Extremo Oriente.

Empero, durante dos siglos su explotación fue exclusivamente silvestre en los Andes ecuatoriales. Al agotarse el recurso en la zona de extracción lojana, su frontera se fue ampliando al descubrirse otras variedades que podían ser aprovechadas. La original era la cascarilla anaranjada, característica definida por el color del envés de la corteza; luego fue la roja que se puso de moda hacia 1740, siendo considerada como el non plus ultra. Las áreas de cosecha se fueron extendiendo al norte hacia Cuenca, donde se encontró la variedad amarilla, y también en Alausí, Chimbo y Riobamba.

Lo propio rumbo al sur, en Guancabamba y Ayabaca, en la provincia de Jaén, donde se obtuvo además las denominadas “crespillas” negra y blanca. Al inicio los peones contratados por los comerciantes efectuaban la tala del árbol para extraer la corteza del tronco y las ramas principales. Aunque al advertir la sistemática depredación, las autoridades impusieron modalidades de corte acordes con la renovación del recurso. Así se reguló el tajo a un tercio del tallo para permitir que los retoños crezcan, obteniendo nuevo material al cabo de seis años.

También se podía descortezar sin derribar el quino, pero se requería de cuidado y destreza porque con frecuencia se secaba. El corte debía ser no más grueso de una pulgada y no menor al ancho de una pluma. De un árbol grande se podían obtener dos o tres arrobas, aun desechando el ramaje. Las principales propiedades de la cascarilla que determinaban su valor eran color, consistencia, olor, sabor y quiebre.

Se la recogía en mantas para conducirla a tendales de secado, luego de lo cual se la quebraba introduciendo el polvillo y las astillas en cajones de madera, forrados con lienzo, ajustados con tiras de cuero en el exterior y sellados con brea. Estas petacas, que pesaban un quintal o quintal y medio, eran transportadas a lomo de mula hasta los puertos de embarque. La ruta más usada era la Loja-Piura-Paita, que continuaba vía marítima a Callao para proseguir con destino a Cádiz, vía Cabo de Hornos o Panamá. También se utilizaba como puerto alternativo Tumbes, donde se conducía el producto por balsas hasta Guayaquil.

Cuando Cuenca comenzó a producir quina hacia 1775 se establecieron centros de acopio en Balao, Naranjal y Yaguachi. Entre 1747 y 1778, los despachos de cascarilla al mercado europeo se multiplicaron por 10; para entonces representaba el 28% de los envíos desde el Puerto Principal, incrementándose hasta el 50% en el año de 1787, rivalizando brevemente con el cacao. En Loja se pagaba a los cosechadores a menos de real la libra (a ocho reales la arroba), en Paita o Guayaquil los comerciantes la vendían a real o máximo real y medio, en tanto que en Panamá valía cinco y puesta en Cádiz entre 12 y 18 reales de plata.

La Corona española se empeñó en que el monopolio de este comercio beneficie exclusivamente a sus súbditos, pero la falta de una flota mercante determinó que su mayor parte se efectúe en buques ingleses y holandeses surtos en el Caribe. De modo que por cada libra de cascarilla que desembarcaba en la Península ibérica, dos o tres se desviaban a otros destinos europeos. Ante la creciente importancia de la quina, en 1768 se promulgó una Cédula Real disponiendo el acotamiento de los bosques lojanos, bajo el justificativo de que debían garantizar el suministro de la Botica de Su Majestad.

Esto suponía que donde se encontraran los árboles, sea en predios particulares o comunales, pasaban a ser de propiedad del Rey, que dispondría su explotación según estime conveniente. En 1785 se haría extensiva dicha orden a la región cuencana. En realidad de poco sirvió, toda vez que estaba tan arraigada la libertad comercial que solo produjo una intensificación del contrabando, más aún considerando que la extracción se efectuaba en zonas montañosas, alejadas de los centros urbanos y sin posibilidad de control por parte de la autoridad.

La medida coincidió con el período de declinación del ‘boom por la sobreexplotación de la cascarilla. Humboldt, que visitó el país a inicios del siglo XIX, calculaba que en 1779 Loja sacaba 400 000 libras anuales pero que para la época de su visita solo alcanzaba 11 000. Coincidiendo con el agotamiento del recurso en Cuenca, en 1790 se inició el corte de quina en el virreinato de Nueva Granada, donde se descubrieron bosques vírgenes que vinieron a suplir la menguante producción del Austro ecuatorial.

Tal fue la bonanza que en Cartagena se cotizaba la libra de quina a apenas medio peso, mientras hasta hace poco se había pagado en Panamá un precio 10 veces superior. Aprovechando su condición febrífuga, la quina tuvo una utilización médica más allá de su empleo para combatir el paludismo. Con frecuencia fue empleada para mitigar los estragos de pestes y epidemias que asolaron a la Europa de entonces.

Nuestro eximio galeno Eugenio Espejo la recomendaba para curar la hidropesía, las gangrenas y el cáncer. Su importancia histórica durante el período colonial e inicios republicanos está recogida en el escudo de la hermana República del Perú, donde el árbol de quino aparece como símbolo patrio. En el caso de Ecuador nos limitamos a declarar solemnemente su condición de planta nacional en los años 30, aunque su noble tradición merece recuperarse del olvido, donde la mantenemos apartada de la memoria colectiva.

* Tomado de su libro ‘Crónicas de la historia’

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