24 de julio de 2014 00:00

La voz de Queen, el sello de un genio, a través de un tributo

Dios Salve a la reina, tributo argentino a la banda Queen. Foto: Archivo

El estilo vocal de Freddie Mercury revive mañana con el homenaje de Dios Salve a la Reina. Foto: Archivo

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Luis Fernando Orquera. Redactor forquera@elcomercio.com (I)

Un tributo va más allá de la imitación. Si bien es cierto que un buen homenaje musical puede sonar idéntico al artista original, los mejores son aquellos que engloban toda la experiencia del show al que representan. Por eso la tarea de Dios Salve a la Reina, el laureado tributo argentino a la banda Queen, resulta aún más complicada.

Esto porque aparte de emular el sonido de las composiciones del cuarteto -llenas de riquezas ajenas del pop tradicional- y parecerse físicamente al desplegar todo el show de glamour, rock and roll y colorido que fue este grupo desde 1973 hasta 1991, también logran revivir el tono, la cualidad tímbrica, el rango y el fraseo de uno de los cantantes más importantes del siglo XX: Freddie Mercury.

Sí, esa era una voz que, pese a no haber tenido un entrenamiento formal, tenía la capacidad natural para alcanzar notas imposibles (tenía un rango superior a las cuatro octavas) y ejecutarlas con una claridad y control envidiables.

Para entender mejor ese estilo es necesario remarcar detalles que fueron estudiados por Pablo Padín, el vocalista encargado de revivir a Freddie mañana.

Así, aunque pueda parecer irrelevante para el despistado, la crianza del músico durante gran parte de su infancia en la India tuvo gran influencia en su musicalidad primaria. Aquella se desarrolló entre la calle con los sonidos ultracromáticos de la sonoridad india y las temperadas notas de la música clásica europea que aprendió desde los siete años en sus primeras lecciones frente a las teclas de un piano.

Así lo confirma el profesor de canto Ken Tamplin, quien asegura que esa ‘instrucción’ combinada, sumada al talento natural del entonces niño, pudieran ser las bases para la construcción de sus singulares fraseos o líneas vocales. Ellas se caracterizan por melodías agradables y familiares con la inclusión de audaces notas fuera de tono.

Otro factor a considerar es que Freddie, antes que vocalista, se consideraba un músico; un compositor. Esto es fundamental ya que en su catálogo de obras siempre se mostró como un autor ávido de nuevas influencias. Rock, heavy metal, ópera, dance, pop, rockabilly, música incidental, disco, gospel, balada y un gran etcétera de ritmos que compuso, necesitaban también de varios tipos de interpretación.

Otro compositor habría requerido varios cantantes para ejecutar tales obras pero Freddie podía hacerlo él mismo sin chistar. El periodista musical Wesman Todd Shaw afirma en su blog que si el cantante podía lograr semejante tarea era por su dominio de los matices. Así, Freddie podía apostar por la agresión gutural del rock y en menos de tres minutos resolver con su voz limpia una balada.

Ahora bien, la falta de escuela tuvo cierto costo. Durante el tercer cuarto de su carrera, sus cuerdas vocales desarrollaron nódulos. Estas lesiones fueron causadas por el abuso de la voz (una vez la perdió por completo en un concierto en San Francisco como lo señaló él mismo en la revista Melody Maker, en 1981).

El músico se rehusó a operarse por temor a afectar de alguna manera su instrumento, su más preciado valor hasta el final de sus días. Por suerte, si bien los pólipos limitaron el extenso rango del artista, no mermaron su fuerza interpretativa. Algo que se puede apreciar en la última placa que dejó antes de fallecer: la epistolar ‘Made in Heaven’ de 1991. Y que se apreciará también con Dios Salve a la Reina.

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