11 de junio de 2017 00:00

Una paradoja llamada Qatar

Doha, la capital de Qatar, está rodeada de rascacielos. IAN LANGSDON / EFE

Doha, la capital de Qatar, está rodeada de rascacielos. IAN LANGSDON / EFE

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Agustín Eusse
Editor (O)

Al pequeño emirato de Qatar le gusta presentarse como un país mo­derno, que se abre al mundo. El rico Estado del Golfo se jacta, entre otras cosas, de sus museos de arte a los que fluyen millones de dólares para la compra de obras famosas.

En el 2022, Qatar será el primer país árabe en convertirse en anfitrión del Mundial de Fútbol, el punto álgido de una campaña con que el emirato busca pulir su fama y ampliar su influencia internacional.

A esta pequeña península, ubicada en el golfo Pérsico, no le faltan ambiciones. Es el mayor exportador de gas del mundo y el décimo exportador neto de petróleo en el planeta. Los beneficios de esa riqueza natural le han convertido en un importante inversor global.

Es dueño del 17% del capital social de Volkswagen y del 10% del Empire State Building de Nueva York. Ha invertido        46 000 millones de euros en el Reino Unido en los últimos años, con tiendas de alto nivel como Harrods y la segunda mayor cadena de supermercados: Sainsbury. En Francia, su activo más emblemático desde el 2011 es el club de fútbol París Saint-Germain y el canal de deportes beIN. También es el mayor accionista en el grupo de medios Lagardere e inversores qataríes son propietarios de tiendas Printemps. Uno de los buques insignia de su escaparate económico es Qatar Airways, que se hizo famosa gracias a la publicidad en las camisetas del Barcelona. La compañía aérea emplea a más de 40 000 personas y cuenta con una flota de 167 aviones.

Qatar, además, es cuna de Al Jazeera (la primera cadena de televisión panárabe) y de la Ciudad de la Educación, distrito situado fuera de Doha, que alberga escuelas, universidades y centros de investigación.

Los anhelos del emirato siempre han parecido excesivos para un país de 11 437 kilómetros cuadrados (un poco más que el tamaño de la provincia de Loja) y 300 000 habitantes autóctonos. Su superávit económico le animó a invertir en su proyección internacional, acogiendo cónclaves como la Cumbre Mundial de Doha sobre el Cambio Climático, en el 2012.

Asimismo, mostró su influencia política al mediar en conflictos en Yemen, Líbano, Sudán, Siria o Afganistán, y marcando su propia agenda exterior, alejada de sus socios regionales y en especial de Arabia Saudita. Con un Producto Interno Bruto envidiable, Qatar se embarcó en multimillonarias reformas e inversiones de infraestructuras, junto con Bahréin, Kuwait, Omán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, con los que en 1981 fundó el Consejo de Cooperación del Golfo.

Sin embargo, esta relación ha estado salpicada de diversos desencuentros que irían minando con el tiempo la relación, especialmente a raíz de la fundación de Al Jazeera en 1996, punta de lanza de la política exterior qatarí, que pretendía situar al inadvertido país en el mapa político con un estilo provocativo, panárabe y sumamente crítico con el status quo en Oriente Medio.

Tras ser tachado de ‘tribuna de disidentes y terroristas’, el canal ha sido criticado por los regímenes de Jordania, Siria, Kuwait, Arabia Saudita, Argelia, que han expulsado a sus periodistas de su territorio.

Qatar también forjó sus propios vínculos con otras potencias, entre ellas Irán, Estados Unidos -Doha alberga el Comando Central de Estados Unidos con 10 000 militares- y, más recientemente, Rusia. El Fondo de Riqueza Soberana de Qatar acordó, el año pasado, invertir 2 700 millones de dólares en Rosneft Oil Co. PJSC, empresa estatal petrolera rusa.

Así, este emirato ha dado a través de su política exterior múltiples muestras de audacia e independencia, pero también de abiertas contradicciones difíciles de conciliar. Para sus críticos, Qatar presenta también un lado oscuro ante la sospecha, desde hace ya mucho tiempo, de que financia grupos terroristas. Ese ha sido el motivo principal alegado por sus vecinos del Golfo -Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Egipto y Yemen- para justificar la ruptura diplomática con el emirato, en una acción concertada que sumerge a la región en una grave crisis en la que la enemistad entre Irán (chiita) y Arabia Saudita (sunita) juega un papel central.

Qatar es acusada de apoyar a organizaciones terroristas como el Estado Islámico (EI) o Al Qaeda, pese a que ambas son rivales entre sí. También es un benefactor del movimiento islámico Hamas, que gobierna la Franja de Gaza. En la guerra civil siria es un secreto a voces que el dinero de Qatar fluyó para financiar a los opositores más radicales al presidente Bashar al Assad. A esa conclusión llega un informe de la conservadora Fundación para la Defensa de las Democracias de Washington, que a comienzos de año criticó los descuidados esfuerzos de Qatar por frenar la financiación del terrorismo.

Qatar solía ser una especie de Estado vasallo saudita, pero utilizó la autonomía que creó su riqueza del gas para forjarse un papel independiente para sí mismo”, afirma Jim Krane, investigador de la Universidad Rice, en Houston. “El resto de la región ha estado buscando una oportunidad para cortarle las alas a Qatar”. Y esa oportunidad llegó con la visita del presidente de EE.UU., Donald Trump, a Riad, capital de Arabia Saudita, el 20 y 21 de mayo. Trump acusó públicamente a Qatar, tradicional aliado suyo, de financiar el extremismo islámico, respaldando de forma tácita el bloqueo. Lo que sorprende a muchos es que fuera Arabia Saudita la que liderara la arremetida en contra de la monarquía de Doha. En febrero del 2016, en plena campaña electoral, Trump culpó a Arabia Saudita de ser cómplice de los ataques del 11 de septiembre del 2001, en contra del World Trade Center. De hecho, Arabia Saudita es el país con el mayor número de seguidores del Estado Islámico y principal patrocinador del wahabismo, una de las corrientes más reaccionarias del Islam.

“La base ideológica del fenómeno yihadista, que mata en Londres y en cualquier otro lugar, tiene que ver con el salafismo y el wahabismo, y esto lo financia en todo el mundo Arabia Saudita, es decir al radicalismo más antidemocrático e intolerante del mundo”, explica Pilar Rahola, política, escritora y periodista catalana. “Qatar es malo, pero está rodeado de peores”.

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