18 de marzo de 2018 00:00

El privilegio en sí mismo no es malo

Jesús Castaños Chima vive hace 30 años en EE.UU, donde de muchas maneras vive una vida privilegiada, y en otras, una de privaciones -de la cercanía de la familia, por ejemplo-. Foto: Ivonne Guzmán para EL COMERCIO

Jesús Castaños Chima vive hace 30 años en EE.UU, donde de muchas maneras vive una vida privilegiada, y en otras, una de privaciones -de la cercanía de la familia, por ejemplo-. Foto: Ivonne Guzmán para EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán 
para EL COMERCIO (O)

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Apenas nos sentamos a conversar, comparto con él mi preocupación: ¿Cómo hablamos del privilegio -esa palabra que suena por todos lados hoy- sin caer en moralismos ni correcciones políticas? Pero tanto el actor mexicano Jesús Castaños Chima como yo sabemos que hablar de privilegios no es fácil, porque muchos de ellos son odiosos e inevitablemente se cae en la culpa de tenerlos (los dos, de diferentes maneras, tenemos algunos) o de no denunciarlos. Igual, hacemos el intento.

Es como si la palabra privilegio se hubiera vuelto casi una mala palabra, ¿no te parece?
Sí, puede ser. De hecho, cuando yo escuché que íbamos a hablar de la palabra privilegio dije: “Espérate, a ve...r”, porque puede ser que yo sea privilegiado de estar acá (en Los Ángeles, EE.UU.), de poder hacer lo que me gusta. Sin embargo, es muy ambigua la cosa. Mi situación legal aquí es bastante atípica.

¿Por qué?
Yo llegué acá y saqué todo como estudiante: mi seguro, licencia, todo. Entonces, yo sigo entrando y saliendo con mi pasaporte.
Entonces eres turista.

Exacto, pero tengo 30 años aquí. Yo cada diez años voy y viso el pasaporte en México. Yo salgo muchísimo del país, ponle mínimo 10 veces. Pero cuando llego a la frontera estoy como en un limbo.
Quedas despojado de cualquier privilegio.

Es que mi vida puede cambiar así (chasquea los dedos), en un segundo. Si a mí me paran y me dicen: “Tú estás viviendo acá, y te quito el pasaporte”, yo ya no voy a volver a entrar. Porque yo no me voy a meter por un desierto, yo no me voy a meter como la gente que tiene esa necesidad, porque en México yo tengo opciones, y sé que puedo quedarme allá. En ese sentido, creo que soy privilegiado, porque soy un actor que tiene un sueldo y trabaje o no trabaje a mí me llega el cheque cada mes. Hago lo que me gusta y soy feliz.

Pero no das por sentados estos privilegios.
No, no. Esto parece como virtual, porque creo que en cualquier momento puede desaparecer.

Y tienes otro privilegio, eres hombre.
(se queda callado un rato largo) Me golpeaste. Qué cosa, ¿no? Sí (vuelve a quedarse sin saber qué decir).

De los privilegios que tienes, ¿cuál es el que te hace
la vida más fácil?

El hecho de que puedo hacer lo que me gusta, de que no tengo que hacer otra cosa. Me pagan por hacer algo que a mí me gusta. Algo por lo que yo estaría dispuesto a pagar por hacer y, sin embargo, me pagan. Ese es el privilegio más grande que creo que tengo.

¿Y qué privilegio te da más miedo perder?
Es curioso, pero sería lo mismo: perder la posibilidad de poder hacer lo que yo quiero; o sea, llegar a una situación en la que yo tenga que trabajar en lo que sea para sobrevivir. Y hay otra cosa en la que pienso mucho, yo soy como un pájaro. Si, como a mucha gente le pasa aquí, yo no pudiera salir del país yo me saldría de aquí, yo no me voy a quedar encerrado. Perder la libertad me dolería muchísimo. No me imagino que mi madre se esté muriendo y no poder ir a verla, por ejemplo. Eso es aberrante.

De los privilegios que no tienes, ¿cuál sería indispensable para mejorar tu vida?
Tener los papeles. Yo he perdido un montón de trabajos por no tenerlos (tiene un arreglo para poder trabajar legalmente con su compañía como contratista sin ser residente).

¿Por qué crees que las ­mayorías siguen aceptando tan mansamente que unos pocos tengan tantos privilegios?
No sé, parte es la ignorancia, la falta de educación. Con eso de aceptar tu destino, la religión nos jode un montón. En México es terrible, la gente acepta su destino tranquilamente, no sé qué tiene que pasar, la verdad.

Ya ha pasado mucho.
Sí, y no sé qué tiene que pasar para que después de cien años de dictadura disfrazada cambiemos esto. Y yo creo que la religión juega un papel superimportante en esto de agachar la cabeza y decir: “Bueno, yo soy pobre, pero cuando muera me voy a ir al cielo”.

Hay una categoría que viene del Derecho que es el ‘privilegio odioso’, o sea el que perjudica a un tercero. ¿No crees que en esencia todos los privilegios son odiosos?
No, necesariamente (se queda pensando). Es que siempre estamos queriendo lo que el otro come, ¿no? Y en ese sentido se vuelve un privilegio odioso, bajo la perspectiva de: “tú tienes, y yo no”.

Entonces, no crees que el que alguien tenga un privilegio por descontado perjudica a otros, ¿cierto?

No, porque, por ejemplo, yo tengo el privilegio de hacer lo que a mí me gusta y eso no perjudica a nadie.

¿Dirías que el privilegio en sí no es negativo sino lo que haces con él?
Yo creo.

¿No es una manera fácil de justificar las iniquidades enormes que hay en el mundo?
Bueno, sí, tienes razón. Si nos ponemos a ver el hambre que hay en el mundo y si pensamos en toda esta gente rica. No tenemos que irnos tan lejos, vamos a México, a ver a la gente que se muere de hambre, como los tarahumaras. O aquí, tú vas al centro de Los Ángeles y ves a los ‘homeless’.

De hecho, la ciudad está en crisis por esa situación.
Sí. Y esta crisis tiene que ver con la falta de sentido común en la administración. ­

Pa­rece que no les interesa, siendo uno de los países más ricos del mundo.

¿Cómo conviven fortunas obscenas con injusticias absolutas como las de los ‘homeless’, sin que nadie se ruborice?
Sí, mira, a mí me sorprende mucho cuando voy al centro de Los Ángeles, porque ahí ves cómo la gente se acostumbra a esto. Ahora en el centro están restaurando un montón de edificios que antes eran nidos de ratas, conventillos, vecindades y ahora se convirtieron en departamentos de uno o de dos millones de dólares, y tú ves cómo en la calle caminan los millonarios con sus perritos al lado de los ‘homeless’ pero no los ven, son invisibles para ellos; es como si fueran parte del paisaje.

¿No crees que de alguna manera estamos listos a identificar los privilegios de los otros y nunca nuestros propios privilegios? ¿Somos ciegos a nuestro propio privilegio?
Eso siempre pasa, vemos la basura en el ojo ajeno y no en el nuestro.

¿Nos convertimos en pequeños monstruos cuando no queremos perder nuestros privilegios?
No monstruos, nos hace egoístas; yo creo que todos somos, de alguna manera, egoístas. Por ejemplo, en la cuestión política en México, uno se da cuenta de que el gobierno es lo peor, sin embargo, muchos dicen: “Mi situación está bien”. Por ejemplo, mis hermanos están bien y ellos no quieren que cambie esto. Porque creen que si cambia les van a quitar lo que tienen; es lo que piensa la gente. Entonces, no quieren cambiar y cierran los ojos.

Para mantener sus pequeños privilegios.
Claro, absolutamente. Y es justificable de alguna manera, porque cuando yo hablo con mis hermanos les digo: “Es que ustedes están viendo por ustedes, y tendrían que ver por el país”. Y me dicen: “Dices eso porque no tienes nada, si tuvieras y vivieras aquí pensarías de otra manera”. Los veo y pienso: es cierto. Porque yo vi cómo mi papá de la nada construyó una compañía y mis hermanos la hicieron más grande y ahora ellos viven muy bien, pero a fuerza de trabajo constante. Entonces me dejan pensando...

Claro, no es tan blanco y negro.
Por eso es ahí donde salen los imprescindibles, como dice Bertolt Brecht.

¿Quiénes son los imprescindibles?

Los que están dispuestos a dejar sus privilegios para ver por el otro. Y son pocos. Como César Chávez (un activista por los derechos civiles de los latinos en Estados Unidos, entre las décadas de 1950 y 1970; hoy un ícono de la comunidad latina), por ejemplo, que le dice a su hijo que sabe que no ha estado con él y le explica: “A la mejor no me tienes, hijo, pero lo que estoy haciendo lo hago por ti, para que tengas un ­mundo mejor”.

Si la vida fuera justa, ¿quiénes deberían tener privilegios?

La gente que es capaz de hacer algo por los demás con sus privilegios; esa gente que no se queda cómoda en su privilegio.

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