30 de diciembre de 2015 00:00

El poncho no pasa de moda entre los otavalo

En Antonio Ante, Miguel Pineda tiene su taller en la que elabora ponchos. Foto: José Mafla

En Antonio Ante, Miguel Pineda tiene su taller en la que elabora ponchos. Foto: José Mafla

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José Luis Rosales

Miguel Pineda lleva tejiendo ponchos de lana de oveja desde hace medio siglo. El artesano, de 66 años, utiliza un telar manual, que heredó de José Antonio Córdova, su abuelo materno.

El taller, ubicado en la parroquia de San Roque, cantón Antonio Ante, es uno de los últimos de la provincia de Imbabura que mantiene la tradición de elaborar manualmente esta tradicional prenda de vestir.

El poncho, de color azul marino, es un artículo que identifica a los indígenas de Otavalo. El vestuario se complementa con pantalón, camisa, alpargatas, de color blanco, y un sombrero de paño negro o blanco.

Según varios cronistas, el poncho que utiliza la mayoría de kichwas de la Sierra fue impuesto durante la Colonia. El color y la forma del poncho, que diferenciaba a una comunidad de otra, se fue heredando hasta la actualidad. Así el pueblo Kayambi usa el poncho rojo. Los saraguros y salacas, negro. Y, los otavaleños azul marino o negro.

Según Luzmila Zambrano, administradora del Museo Otavalango, en ese lugar hay fotografías de 1868. Las gráficas permiten observar que en ese año los indígenas ya utilizaban el poncho. Sin embargo, estas primera prendas, a diferencia de las actuales, no tenía cuello. Es por ello, que los tejedores de esta prenda son apreciados. Pineda es uno de ellos.

Desde cuando era niño, aprendió a cardar, hilvanar y urdir la lana de borrego con la que se entreteje esta manta de forma rectangular. Esta especie de capa, con un ojal en el centro para pasar la cabeza, debe colgar desde los hombros hasta abajo de la cintura. Así lo establece la costumbre otavaleña.

José María, padre de Pineda, que ahora está retirado, le enseñó los secretos del oficio. Recuerda que siempre le decía que se necesita un hilo fino y bien teñido, para obtener un poncho de alta calidad.

Una habitación de la casa de Pineda funciona como taller. Su esposa Rosa María Yamberla le ayuda a preparar las hebras que ahora vienen desde Cañar. Mientras que, su hija María Tránsito Pineda ya le toma la posta. Ella domina el telar de callúa. Así se denomina a esta herramienta que se ata desde un madero hasta la cintura.

El utilizar el poncho también tiene sus secretos. Como anécdota, José Ruiz, vecino de Peguche, asegura que si se viste la prenda antes de que salga el sol, el poncho permanece fresco todo el día. De caso contrario, es casi insoportable por la concentración del calor.

En Otavalo los adultos mayores acostumbraban a contratar la confección de su prenda a la medida. El tamaño del poncho va de acuerdo con la estatura del cliente. Si es alto, explica Pineda, debe medir 1 m de alto por 72 cm de ancho. Sin embargo, la medida más común en los kichwas otavalos -quienes son de estatura mediana- es de 91 cm por 72 cm.

En la comuna vecina de Ilumán, en el cantón Otavalo, la familia de José de la Torre conserva como un tesoro los últimos ponchos que elaboró este artesano.  Este kichwa, de 79 años, colgó el telar porque ya no le daban las fuerzas para entrelazar las lanas. Ahora se dedica al pastoreo de vacas y ovejas.

Su hija, Miryan, explica que su progenitor se encargaba de comprar la lana en los mercados de Otavalo. También, era especialista en el proceso de tinturado y la confección. Como la mayoría de artesanos aprendió las técnicas mediante la tradición oral, que se transmite de padres a hijos.

Una de las razones para que los tejedores de ponchos de Otavalo estén en desaparición es que las nuevas generaciones dejaron de lado estos atuendos.No por desprecio a la tradición. Más bien, los niños y jóvenes dejaron de usar los ponchos de lana por los altos precios.

Luzmila Zambrano asegura que una de estas prendas, que tiene un color a un lado y otro tono al otro (doble cara), bordea los USD 1 000. Un sencillo oscila entre USD 300 y 500. Es por ello, que ahora los chicos prefieren usar imitaciones de tela azul o negra.

En el Museo Otavalo se exhiben siete ponchos con diferentes tejidos. Zambrano explica que hay el ‘chulla’ (una cara), el doble cara y los multicolores. Sea a como sea, este traje es el atavío principal que visten los hombres para asistir a ceremonias como bautizos, matrimonios, velatorios. Los kichwas denominan a la ropa tradicional, como traje de gala, en la que resalta el poncho.

En comunidades como Peguche también se revitaliza su uso. En el marco del Pawkar Raymi (Fiesta del Florecimiento, en español), que se realiza en los días de Carnaval, se desarrolla el Runakay (“Yo soy”). Se trata de una celebración pensada para revalorizar la identidad de los kichwas otavalos. Por eso, entre los elementos infaltables de la fiesta están la vestimenta, la música y la gastronomía indígenas.

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