10 de abril de 2018 00:00

Jara Idrovo, el poeta telúrico que se exilió en Galápagos

Las cenizas de Jara Idrovo se esparcirán en la isla Floreana,  donde vivió en los años 50. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Las cenizas de Jara Idrovo se esparcirán en la isla Floreana, donde vivió en los años 50. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (I) gflores@elcomercio.com

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Cuando París era la tierra prometida para los poetas de todo el mundo, Efraín Jara Idrovo, el escritor cuencano que falleció el domingo 8 de abril del 2018  a los 92 años de edad, decidió emprender un viaje a Floreana, la isla más pequeña del archipiélago de las Galápagos.

Era el inicio de la década de los 50 y él todavía no sabía que ese paisaje telúrico marcaría el devenir de gran parte de su obra poética.

En ‘Perpetuum mobile’, la antología publicada por el Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, la crítica literaria Daniela Alcívar Bellolio sostiene que en tiempos donde los paisajes andino y parisino eran fundamentales para los poetas contemporáneos, el gesto del poeta cuencano de exiliarse en Galápagos “implicó un desprendimiento potente e inédito respecto de la tradición, su horizonte cultural y su mundo conocido”.

Antes de viajar a estas islas, donde Jara Idrovo se dedicó a la pesca, a dar clases y a la lectura de autores como T. S. Eliot, Rainer Rilke, y Paul Valery, ya había publicado ‘Tránsito en la ceniza’ (1947), un poemario donde aparecieron textos como Ternura y soledad de mi madre, Elegía por el sexo de Thamar, Canción para una muchacha desconocida o Funeral de la golondrina.

Entre 1958 y 1970 aparecen poemas como Ulises y las sirenas, Destellos de una infancia solitaria, Balada de la hija y las profundas evidencias y Perpetuum mobile; textos que dan cuenta de la intención de Jara Idrovo de sumar a su trabajo poético el paisaje oceánico, donde el mar, las rocas, el vuelo de las aves y la vida de las islas fueron tejiendo vínculos con algo que siempre estuvo presente en su poética, esa conciencia de que todo en la vida tiene un final.

En los setenta, la pérdida y la muerte se convertirían en los motores de la nueva etapa de la obra poética de uno de los fundadores del grupo artístico Elan. Tras del suicidio de su hijo, Jara Idrovo escribió Sollozo por Pedro Jara (1977), uno de los poemas más estremecedores de la literatura ecuatoriana.

Este poema, en el que Jara Idrovo experimenta con la composición lingüística, está antecedido por una serie de propósitos e instrucciones para que el lector se adentre en el texto; una especie de ‘Rayuela’ lírica con la que rindió un homenaje a su hijo Pedro.

Su último poemario publicado lleva por nombre ‘Los rostros de Eros’ (1997). Desde ese año aparecieron algunos textos sueltos como el poema que cierra ‘Perpetuum mobile’, titulado Epitafio para Efraín Jara Idrovo, donde pone un espejo frente a su rostro para decir: Halcón arisco, tigre solitario./Yace en cenizas quien domó el relámpago./Jamás ambicionó fama y fortuna./No éxito ni lisonjas lo ofuscaron.

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