La pobreza urbana y 
sus secuelas

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Víctor Vizuete

Según datos de la Unesco, más del 50% de la población urbana de las naciones emergentes vive en barrios precarios. Y se prevé que en el 2015, este porcentaje crezca hasta el 85%. Quito está en esa lista.

Y aunque los grandes edificios de departamentos de alta gama se riegan como espigas por toda la ciudad y los conjuntos privados de primera categoría llenan de lunares de cemento los valles aledaños, es la pobreza urbana la que, paradigmáticamente, configura el Quito del futuro.


¿Por qué? Porque son los asentamientos urbanos ilegales, la parte más visible de la pobreza urbana, los que demandan la satisfacción de sus derechos básicos, como son salud, educación, transporte público, recreación...

Al no tener acceso a esos servicios, esos enclaves enfrentan nuevas realidades urbanas, como la inseguridad, la exclusión, el hacinamiento, la tugurización... Y eso afecta a toda la urbe.

Esta realidad no tiene visos de cambiar porque la mayoría de estos barrios ha sido levantada en suelos poco aptos para su urbanización. Dotarla de servicios básicos le cuesta al Cabildo mucho más de lo que demandan otras zonas. 


Si a esto se suma que uno de cada cuatro residentes en la capital -con edad y energía para trabajar- no tiene acceso al empleo directo, el panorama se oscurece más.


¿Cómo frenar en algo este agresivo proceso? Pues la mejor solución no está en la metrópoli. Lo que se debe es reactivar los campos y las urbes pequeñas -dotándoles de infraestructura, educación y más servicios- para que la migración disminuya y los campesinos encuentren incentivos para quedarse y crecer en su terruño. Y así no den vida a nuevos cinturones de miseria urbanos.

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