15 de julio de 2015 16:49

El queso es el ingrediente especial de las Pizzas de Bolívar

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Gabriela Balarezo

El parqueadero lleno delata el ambiente en el interior. Es viernes por la noche y en Pizzas de Bolívar queda una sola mesa libre que no tarda en ocuparse minutos después. Desde la entrada el olor a pizza invade las fosas nasales de los clientes, los captura, los convence, los hipnotiza y cierra el trato.

Una ventana interior se levanta como nexo entre lo que ocurre en la cocina y en el comedor. A través de esta ventana de marco de madera los comensales son testigos de la preparación de las pizzas. Manos hábiles extienden la masa, le dan forma la lanzan al aire para alcanzar el tamaño ideal, la atrapan. Es todo un espectáculo. Esta técnica no se usa por pura estética, la verdad es que ayuda a suavizar el centro y hacer más crujientes los bordes.

Quien se deje llevar por la curiosidad y ojee para descubrir que hay más allá de la ventana, podrá observar enormes hornos metálicos encendidos y trabajando a toda máquina y sobre ellos, cientos de ajíes rojos y anaranjados, en proceso de deshidratación que serán utilizados para el ají en polvo que reposa en cada una de las mesas.

Las pizzas se preparan y lanzan al aire a los ojos de los clientes en Pizzas de Bolívar. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Las pizzas se preparan y lanzan al aire a los ojos de los clientes en Pizzas de Bolívar. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Una vez acabada la exploración por las inmediaciones del acogedor restaurante llega la hora de sentarse a la mesa y probar. Saber si el delicioso aroma corresponde a un placer gustoso. Llegan las pizzas, calientes, directo del horno y para sorpresa y satisfacción del chef Pablo Cruz al despegar un pedazo el queso hila tentadoramente. Un deleite visual que se consuma en el paladar.

Precisamente, ese es el plus de la pizzería, el queso, de la marca Salinerito que emplean para todas sus preparaciones. Fue de allí de donde vino la idea de un local de pizzas, para aprovechar esas sabrosas creaciones lácteas oriundas de Salinas, en la provincia de Bolívar. Así lo cuenta el chef a cargo Gabriel Ibarra.

La especialidad de la casa, es por supuesto la pizza Salinerito, que combina tres tipos de queso- dambo, andino y mozzarella- con jamón, pepperoni, champiñones y pimiento verde. Esta amalgama no resultó en lo absoluto exagerada, fue perfecta y apetitosa, al punto que acumuló un ‘rosario’ de cumplidos del chef. La cantidad y calidad de este ingrediente son una fortaleza de estas pizzas.

Que el queso sea la estrella no le quita méritos al resto de aditamentos. Trabajar la masa lanzándola al aire mostró resultados positivos, además la textura corresponde a la de un buen horneado, en su punto. La salsa de corte casero, también tiene lo suyo, se distingue el sabor natural del tomate y está afinadamente condimentada.

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Una foto publicada por @gabibal el

Lo que le encantó a Pablo- quien quedó gratamente admirado- fue el contrapunto entre la crocancia de la masa y la jugosidad del queso, las guarniciones y la salsa. Fue un acierto que se torna en goce a saborearla.

Finalizado el festín, Ibarra se acercó a la mesa para el veredicto y compartir un momento con los visitantes. Reveló que además del queso, el baluarte del local son los productos naturales, elaborados al día que utilizan para las pizzas. No se sirve nada guardado de jornadas anteriores.

El chef a cargo del local reveló que en un día sin mucho ajetreo se hornean cerca de 50 pizzas, pero que en tiempos de alta demanda pueden llegar a sacar hasta 100. Como tentativa para regresar habló de otra especialidad del lugar, la pizza Páramo, repleta de queso de tipo gouda, un platillo que no se encuentra en ningún otro rincón de Quito.

Precios: entre USD 3 (personales) y USD 25 (grandes)

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