22 de febrero de 2018 00:00

La belleza de lo imperfecto, en la película ‘La forma del agua’

El filme de Guillermo del Toro llegará a los Premios Oscar con 13 nominaciones. Foto: outnow.ch

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Fernando Criollo
Redactor (I) fcriollo@elcomercio.com

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El cine de Guillermo del Toro es capaz de provocar tanta repulsión como empatía, y ‘La forma del agua’ no es la excepción. Al contrario, rea­firma la vocación de un autor que, aunque no rehúye del entretenimiento de las franquicias, no se doblega ante las convenciones del ‘mainstream’.

El director y guionista de ‘La forma del agua’ rompe esa tensión superficial del convencionalismo para explorar un mundo de contrastes, a partir de los cuales reafirma el valor de la diversidad y de las infinitas formas del afecto.

En la década de los años 60, en plena Guerra Fría, una criatura, mitad pez y mitad humano, descubierta en la selva amazónica, ha sido trasladada hasta un laboratorio en Baltimore, EE.UU.

Doug Jones es el actor debajo de las escamas de este ser inspirado en el ‘Monstruo de la laguna negra’, aislado en un tanque, donde es sometido a una serie de experimentos y constantes torturas.

El verdugo es Richard Stricklan, un hombre disciplinado, conservador (incluso para el sexo), de clase media, padre de familia y con una personalidad autoritaria que encuentra placer en el dolor ajeno.

Es un villano de manual y un personaje que va revelando su monstruosidad mientras intenta dominar a ese ser al que considera extraño y hostil, pero al mismo tiempo es la metáfora de una sociedad decadente y una especie predadora, interpretado por un brillante Michael Shannon.

Y en medio del horror aparece Elisa, interpretada por Sally Hawkins. Ella es una mujer soltera, con discapacidad de lenguaje, que disfruta del jazz, de los musicales y es la encargada de la limpieza del laboratorio; ella se enamora del monstruo y la belleza de sus imperfecciones.

Elisa, su vecino homosexual y su amiga afroamericana son ­parte de un grupo de personajes marginados, que intentarán rescatar al ‘monstruo’ y que, en conjunto, dan forma a un discurso que reivindica la diversidad racial, cultural y de género.

El filme toma prestados los códigos del cine clásico de terror, y también elementos de las fantasías románticas más utópicas de Hollywood. Pero la cinta de Del Toro transforma la premisa de la Bella y la Bestia en una declaración sobre la capacidad de sentir.

Lo admirable de la producción no es solo el meticuloso decorado, sino también las fantásticas partituras de Alexander Desplat y la cinematografía de Dan Laustsen, quien transforma la cámara en un elemento líquido que fluye al ritmo de la historia.

‘La forma del agua’ es una película de época llena de códigos contemporáneos, que hace de la fantasía y del terror una obra singular.

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