24 de diciembre de 2017 00:00

El patriotismo y la maternidad perfecta,  el credo de Mistral

Rescate fotográfico de la investigación para el libro “Gabriela Mistral y los Maestros de México” Gabriela Mistral (c), en 1950, en su última visita a México, acompañada de niños de una escuela en Veracruz que lleva su nombre.

Rescate fotográfico de la investigación para el libro “Gabriela Mistral y los Maestros de México” Gabriela Mistral (c), en 1950, en su última visita a México, acompañada de niños de una escuela en Veracruz que lleva su nombre.

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Leila Gómez* (O)

Cada vez se leen menos los poemas de Gabriela Mistral, aunque sus poemarios fueron éxitos de venta a mediados del siglo pasado. No solo fue la primera mujer latinoamericana sino la primera, entre los seis latinoamericanos, en recibir el Premio Nobel de Literatura en 1945. Los poemas de su libro ‘Ternura’ eran recitados por cientos de niños en las escuelas primarias, una práctica que poco a poco ha ido desapareciendo. Por mucho tiempo perduró su imagen santificada como la ‘Maestra de América’, en mucho gracias a Benjamín Carrión, quien en 1956 la llamó “santa Gabriela Mistral” y “madre de todos los niños del mundo”.

Si bien Mistral se había destacado como maestra y directora de escuela en Chile, fue su viaje y estadía en México, entre 1922 y 1924, para participar en la reforma educativa posterior a la revolución mexicana, la que catapultó su fama como mujer educadora.

Gabriela Mistral
llegó a México invitada por el secretario de Educación, José Vasconcelos, en un momento intenso y oportuno. Había que levantar la nación por sobre las ruinas de la revolución. Había que reinventar México convirtiendo a los campesinos en ciudadanos.

Esta tarea la asumió Vasconcelos y la hizo a través de la escuela, las artes y la cultura. Gabriela Mistral no solo contribuyó en esta misión, sino que además la abrazó con el idealismo de quien cree formar parte de una utopía que se hace realidad.

Vasconcelos y Mistral concordaban en su predilección por la enseñanza humanística y de autores clásicos. Vasconcelos fue criticado al distribuir “miles de ejemplares de los clásicos a campesinos que apenas hacía poco habían aprendido a leer y escribir”, como cuenta David Raby, en ‘Educación y Revolución Social en México, 1921-1940’. Con similares criterios de selección, Gabriela Mistral hizo antologías que fueron publicadas por la Secretaría de Educación, como ‘Lecturas para mujeres’ (1924).

Aunque con vocación hacia los pobres, la escuela de Vasconcelos no encarnó los ideales de la reforma agraria y tuvo al mestizaje hispanista como horizonte lingüístico y cultural. Decía Mistral, en ‘Lengua española y dialectos indígenas en la América’, que “los maestros misioneros de México recibieron del ministro Vasconcelos las mismas órdenes [que los evangelizadores españoles]: disponer del dialecto [indígena] como cosa de tránsito; no rehusar a los niños tarascos o tarahumaras esta caridad y esta cortesía de hablarles su dialecto en el comienzo de las relaciones […] pero luego se le exige aprender castellano”.

Vasconcelos y Mistral coincidían en que la reforma educativa era una cruzada y por eso las misiones de los educadores enviados hacia las áreas rurales fueron sus favoritas.

El papel de Mistral fue preparar a las maestras y a las madres, brindándoles un modelo ciudadano en el momento en que la fuerza laboral femenina se canalizaba en la figura de la maestra normal. Esta pasó poco a poco a ocupar el lugar antes asignado al maestro varón, pero este cambio requirió, por un lado, de un discurso estatal que autorizara a la mujer en su rol de educadora y, por otro, de una legislación -muy lenta- que pusiera a la mujer en pie de igualdad al hombre en cuanto a sus derechos laborales. Y en esta coyuntura se insertó ambiguamente Gabriela Mistral.

Desde finales del siglo XIX y gracias a la acción de organizaciones feministas y ciertas medidas legislativas, las mujeres tenían más acceso a la educación, sobre todo en carreras como las del magisterio. No obstante, la mujer seguía ocupando, sobre todo en áreas rurales, un papel de segunda categoría, con menor paga y con el riesgo de perder su
trabajo al procrear.

Durante el período marcado por la expansión de la educación rural en México, de 1924 a 1940, muchas mujeres jóvenes ingresaban y abandonaban la carrera del magisterio porque eran contratadas como asistentes de los profesores varones, con salarios más bajos a pesar de tener igual o mayor capacitación. Había, además, regulaciones que les prohibían casarse y tener hijos mientras eran empleadas del gobierno.

Miles de cartas y documentos almacenados en los archivos del Ministerio de Educación Pública de México evidencian las luchas discretas pero constantes que las maestras dieron al tratar de alcanzar la igualdad con sus colegas masculinos y obtener derechos reproductivos, como recuerda Oresta López en ‘Women Teachers in Post-Revolutionary Mexico: Feminisation and Resistance’.

La soltería de Mistral contribuyó en buena medida a reforzar una imagen contraria a la lucha de estas mujeres. La figura de “maestra, madre y santa” era la que el Estado prefería.

Durante este período se impuso, además, un discurso en que la mujer era biológicamente más intuitiva, menos autoritaria y por lo tanto mejor dispuesta a trabajar con niños. Estas ideas provenían del pensamiento del suizo Johann Pestalozzi (1746–1827), cuyas obras, ‘Gertrude enseña a sus hijos’ (1801) y ‘Libro de las madres’ (1803), se tradujeron y publicaron en México y se popularizaron a lo largo del siglo XX. El método de Pestalozzi proponía una educación para niños en áreas rurales siguiendo el modelo del “buen salvaje”, de Rousseau.

Por su parte, en la introducción a ‘Lectura para mujeres’, Gabriela Mistral señalaba: “La participación, cada día más intensa, de las mujeres en las profesiones liberales y en las industriales trae una ventaja: su independencia económica, un bien indiscutible; pero trae también cierto desasimiento del hogar, y, sobre todo, una pérdida del sentido de la maternidad. En la mujer antigua este sentido fue más hondo y más vivo, y por ello los mejores tipos de mi sexo yo los hallo en el pasado. Me parecen más austeros que los de hoy, más leales a los fines verdaderos de la vida; creo que no deben pasar. Para mí son eternos. Para mí, la forma del patriotismo femenino es la maternidad perfecta”.

De este modo, Mistral asignó a la mujer su lugar en la nación: el hogar, la crianza de niños, los nuevos ciudadanos. Las maestras debían ser una prolongación de esta figura y la escuela una reactualización del hogar. Por eso, Mistral se contentó cuando la escuela que inauguró Vasconcelos en su nombre se llamó Escuela-Hogar Gabriela Mistral. No fue casual que el primer texto que ella incluyera en la antología fuera el del victoriano John Ruskin (1819-1900), donde la mujer valorada aparece descrita como el “ángel del hogar”. Poco después, la gran escritora inglesa Virginia Woolf (1882-1941) llamó a las mujeres a exorcizar aquel ‘ángel del hogar’ para alcanzar la verdadera liberación de la mujer profesional.

Sin embargo, Mistral nunca contrajo matrimonio. Tuvo siempre compañeras mujeres en sus viajes y en su vida doméstica. Nunca tuvo un hogar estable: como embajadora cultural de Chile vivió en Europa, Centroamérica, Brasil y Estados Unidos. Tuvo un hijo, Yin Yin, que fue adoptado. Hay poemas de Mistral que, leídos en esta dirección, señalarían sus disidencias respecto de la mujer ‘tradicional’ que propugnaba en otros escritos.

Oportunamente, para la nación mexicana que se erigía y que incorporaba mujeres profesionales a la fuerza laboral, Gabriela Mistral fue la figura que, como señala Licia Fiol-Matta en su libro “A Queer Mother for the Nation”, paradójica y extraordinariamente, encarnó el modelo de mujer ciudadana. O lo que era para Mistral, el verdadero patriotismo femenino y la maternidad perfecta.

*Profesora de Literatura Latinoamericana, Universidad de ­Colorado, Boulder.

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