1 de enero del 2016 00:00

Una pasión científica que se vive desde el sur

Luis Miguel Guamán y Sandra Cuenca son dos investigadores de la Universidad Técnica Particular de Loja. Se inclinan por la ciencia  ‘made in ecuador’. Foto: Xavier Caivinagua para EL COMERCIO

Luis Miguel Guamán y Sandra Cuenca son dos investigadores de la Universidad Técnica Particular de Loja. Se inclinan por la ciencia ‘made in ecuador’. Foto: Xavier Caivinagua para EL COMERCIO

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Diego Ortiz

En los pasillos, las risas contrastan con el pitido de las máquinas. Son un poco más de las 10:00, en una jornada un poco atípica en los laboratorios de bioquímica de la Universidad Técnica Particular de Loja. Y no porque un fotógrafo intente retratar el mejor ángulo de Luis Miguel Guamán y Sandra Cuenca, dos jóvenes investigadores del lugar. Más bien es porque en ese día Luis utiliza una bata blanca, intacta, que parece mimetizarse con unas paredes tan pulcras como su traje.

No es usual verlo así. Cuando recorre estos pasillos —sea para dar clases o trabajar en sus investigaciones—, él siempre anda con un ‘look’ desenfadado. Unos jeans, una camiseta polo y unos zapatos que lucen muy a la moda es lo que él utiliza para trabajar. Nada de las formalidades típicas de aquellos espacios donde el traje blanco es el distintivo entre el estudiante y el experto.

Y en este caso, él es el experto. A sus 30 años, él cuenta con un doctorado en Genética y Biología Molecular, que lo obtuvo en Italia. Si eso no impresiona, pues bien podrían hacerlo sus investigaciones (todas publicadas en revistas especializadas e indexadas), o su más reciente proyecto: el análisis de las plantas popularmente reconocidas como curativas y de las cuales está estudiando sus propiedades anticancerígenas con el fin de desarrollar nuevos fármacos.

En este proyecto trabaja junto a Sandra. Ella desarrolló justamente esta investigación en biotecnología vegetal como parte de su tesis de grado.

Al igual que Luis, Sandra, de 27 años, es algo desapegada de los arquetipos que usualmente se construyen alrededor de la imagen de los científicos. Su cabellera luce perfecta, está bien maquillada y su vestimenta es similar a la de cualquier otra chica que inicia sus estudios en el centro universitario. Sin embargo, detrás de esta fachada se encuentra una científica que hace tan solo unas semanas obtuvo el segundo premio en la modalidad póster en el XIX Curso Alexander Hollaender Genética toxicológica: salud y medioambiente.

Luis y Sandra son parte de la nueva generación de científicos que van colgando sus mandiles en los percheros y prefieren hacer su trabajo tal como son. Dejan de lado las poses del científico loco que se abstrae del mundo para desarrollar una fórmula exitosa.

Ellos, en cambio, miran a la ciencia como un puente para conectarse con el mundo. Visten a la moda, hacen ejercicio, cuidan a sus mascotas, salen con sus amigos, pasan aproximadamente 10 horas diarias entre laboratorios y estudios, escriben sus investigaciones para publicarlas en revistas indexadas, y al final del día vuelven a casa a idear la manera ideal de transmitir sus conocimientos a los científicos que cursan sus primeros años en la academia.

Pero no fue espontánea esta manera de vivir la ciencia. Luis cree que el apoyo gubernamental para realizar estudios en el extranjero ha sido de gran ayuda para formar una nueva estirpe de investigadores que cuentan con la capacidad crítica de mirar las necesidades de sus sociedades e ir a los laboratorios a tratar de resolver aquellos problemas.

Recordando su época estudiantil, Sandra afirma que la tenacidad y la pasión con la que veía a Luis fueron los motivos por los que confirmó su permanencia en el mundo de la ciencia. De niña, ella soñaba con “hacer algo diferente” en un mundo donde pululan abogados, constructores y financieros. Entonces fue en ese microcosmos perceptible a través de una lente donde encontró un refugio y una oportunidad para hacer algo distinto al resto.

Graduada y con miras a estudiar en el extranjero, Sandra siente que pertenece a una ola de investigadores que prefieren trabajar en un laboratorio antes que estar detrás del mostrador de una farmacia. Como Luis, ella espera formar parte del cuerpo investigativo de una universidad y seguir con sus proyectos.

Ese es precisamente el temor y el estigma que recae sobre los hombros de muchos estudiantes de bioquímica y farmacia. A muchos de ellos se los ha visto como los científicos que se preparan por años para ponerse una farmacia de barrio y subsistir. Un desasosiego por el que pasaron Luis y Sandra en su tiempo y que lo han superado mediante el trabajo en los laboratorios. Ambos concuerdan con que en un futuro su carrera deberá incluir estudios empresariales para que los recién graduados sepan cómo emprender proyectos empresariales a partir de sus investigaciones.

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