1 de January de 2013 00:01

En Palugo se come lo que uno mismo es capaz de producir

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De alguna manera, los Dammer Espinosa son hijos de la montaña, y de ella han aprendido a relacionarse con el entorno y a saber lo que quieren de la vida. La primera gran enseñanza: se alimentarán de lo que sean capaces de producir con sus propias manos.

Hace aproximadamente 10 años, Michael (34), Thomas (32) y Mathias (30), tras terminar sus estudios, o a medio camino de ellos, se volvieron a juntar en la finca de sus padres -Palugo, donde nacieron y crecieron- para emprender una aventura juntos. Desde entonces, los tres hermanos han levantado una huerta, ayudan a su padre a administrar el negocio ganadero con el que comenzó la finca hace muchos años y también manejan una escuela en donde chicos de entre 18 y 19 años aprenden, viviéndola, de qué se trata una vida sustentable.

Con sus padres, Francisco y Adela, vivieron desde muy pequeños la experiencia de tener una huerta. Sin embargo, con el tiempo la huerta de su infancia desapareció y ellos decidieron iniciar una propia desde cero.

Como cuenta Mathias, esto no es solo un negocio, que también lo es, sino una forma de vida. Junto a sus mujeres, los tres hermanos se las arreglan para proveerse de todo lo necesario para comer, y además para llevar canastas semanales con diversos productos a 50 familias de Quito y Cumbayá que tienen una membresía en su huerta. De las 70 hectáreas que tiene la finca, Thomas dice que apenas  20 son trabajables.

Muy cerca de la huerta, donde  muy juntos, casi revueltos, crecen cebollas, acelgas, maíz o la exótica papa col, están también los corrales de conejos y cuyes, y más abajo, el ganado brown swiss, más algunos otros animales propios del ecosistema que conforma una granja. Cada día, Mathias se levanta a las 03:30, para a las 04:00 estar listo para el ordeño. A las 06:00 está de regreso en su casa para desayunar con su esposa Nicole Marchán y su hija Aira, que todavía no cumple un año. La vida de los Dammer Espinosa es, sin duda, igual a la que lleva cualquier campesino, quizá con una excepción: su huerta y sus animales son criados de manera orgánica, lo cual demanda un esfuerzo aún mayor.

Como cuenta Thomas, mientras ve si en unos troncos que dejó bajo unos matorrales ya crecieron  hongos comestibles, la gente que recibe las canastas semanales (cuyo costo varía entre USD 10 y 18, dependiendo de la cantidad de productos solicitados) debe vivir al ritmo de la huerta, como se hacía antes de que pesticidas y semillas genéticamente modificadas cambiaran el panorama. Esto quiere decir que si lo que salió es papa col, pues a comer papa col se ha dicho, y que si una helada o una plaga interrumpió la cosecha de acelgas, ocas o jícamas, bienvenida sea la resignación.

Están conscientes de que viven casi de manera paralela al sistema. “No todo el mundo puede vivir así; cada uno tiene que escoger cómo vive, pero tiene que ser consecuente con lo que piensa y con lo que predica”, dice Mathias un momento antes de unirse a la celebración del fin del programa de la Escuela Nahual, que él, sus dos hermanos y sus esposas dirigen. Esta es la sexta promoción que se gradúa.

Con los Dammer, los chicos (en esta clase, el 80% de los participantes proviene de Estados Unidos.) han aprendido a trabajar la tierra,   manejar  desechos orgánicos y utilizar  energías alternativas. También geología, geografía y sociología, a cargo de profesores invitados; y  construyeron una cabaña para aplicar sus conocimientos de física y matemáticas.

En resumen, aprenden a amar la vida que ofrece la montaña y a saber que, como lo prueban los Dammer,  sí es posible alimentarse de lo que uno es capaz de producir con sus propias manos.


Imelda Villota, experta en nutrición

‘Una huerta propia puede darnos todo lo necesario’

Lo que algunas personas han empezado a practicar, retomando una práctica antigua, es el autoconsumo, que consiste en consumir lo que ellos mismos producen, ya sea cultivando o criando.
En cuanto a su nutrición, si estas personas están cultivando alimentos que contienen proteínas, hidratos de carbono y grasas, pueden proveerse perfectamente de todo lo que sus cuerpos necesitan para funcionar bien. Y mucho mejor si cultivan de manera orgánica, sin usar pesticidas ni fertilizantes químicos. Esos alimentos resultan de mejor calidad que los que se venden masivamente en los mercados.

El autoconsumo ha existido siempre y, de hecho es una práctica campesina. La gente del campo siempre tiene en su casa una pequeña parcela donde cultivan los alimentos que se dan en su zona de residencia (en la Costa o la Amazonía, yuca; en la Sierra, papa o maíz).

Si  quienes practican el autoconsumo, comen frutas, tubérculos, cereales, leguminosas y todos los que tienen proteínas, están provistos de todo lo que necesitan, y por lo tanto no les hará falta nada para contar con una buena salud. Si la dieta es balanceada no necesita el aporte extra ni los suplementarios que se suelen venir en algunos alimentos o en tabletas o jarabes. En el caso de los niños es importante que les provean de los suficientes lácteos.

Nosotros podemos obtener todos los nutrientes de la alimentación cuando esta es adecuada, balanceada y de acuerdo a los requerimientos de cada edad y actividad. Lo importante es que al consumir un plato este tenga una variedad de colores. Así tenemos la certeza de que estamos consumiendo todos los nutrientes que necesitamos. Una huerta bien llevada nos puede proveer de estos.

Lo que es maravilloso del autoconsumo es que está ayudando a recuperar productos andinos que se estaban perdiendo como la oca, la jícama, la mashua, el amaranto, por mencionar solo algunos. Por ejemplo, la quinua tiene un elevado porcentaje de proteína, mucho más que otros cereales.

Es interesante que la gente sepa que aunque no tengan un terreno pueden hacer sus huertos pequeños y proveerse parcialmente para empezar a salir de la monotonía de nuestra dieta. Podemos sembrar en espacios pequeños, incluso macetas: rábanos, lechugas, acelgas y hasta tomates. Es solo cuestión de organizarse y querer alimentarse mejor.


Huertos
  Agricultura urbana comunitaria en Quito
En 2002 empezó el proyecto Agrupar, un plan del Distrito Metropolitano que aporta a la seguridad y soberanía alimentaria, el fomento de la micro empresa, la generación de empleo y el mejoramiento de ingresos. La Agencia Metropolitana de Desarrollo Económico (Conquito) interviene en las 8 administraciones zonales del Distrito, y cubre 15. 84 hectáreas con cultivos de productos orgánicos.

La población objetivo son:  jefas de hogar, personas con capacidades diferentes, adultos mayores, migrantes, centros educativos, desempleados, subempleados, centros de rehabilitación...  31 440 personas se benefician directamente de los huertos , e indirectamente unas 62 000, según Conquito.


Historia
Autoabastecimiento, necesidad y política
Según pregonan sus cultores,   la autosuficiencia alimentaria no significa un retroceso a un pasado idealizado, sino el progreso hacia una mejor calidad de vida. En ese sentido, esta tendencia es parte de una línea histórica que tiene sus puntos claves con la crisis financiera de los 30,  el periodo de las guerras mundiales y la posguerra, como una estrategia de lidiar con el hambre.

Después de lo cual cobró fuerza con el movimiento hippie y fue impulsado por los movimientos sociales que estallaron en el globo en 1968.  En esta etapa se ligó a las críticas contra el desarrollismo,  la biotecnología,  y en consonancia con  las ideas de descolonización, antiglobalización y con formas de vida sostenibles.


LAS FRASES:

Además de los Dammer, 50 familias reciben los alimentos que produce la huerta.

El proyecto también consiste en repensar y plantear otro modelo de vida en comunidad.


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