5 de marzo de 2016 00:00

Los males urbanos se extienden

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Víctor Vizuete E. 
Editor
vvizuete@elcomercio.com

Los males urbanos no son exclusivos de las grandes metrópolis, que crecen de forma desproporcionada por culpa de la migración y se desbordan por sus costados sin ningún orden. Esos desbordamientos carecen de casi todo. Y se vuelven barrios marginales.

Pero esas carencias de servicios, estructura e infraestructura se extienden hasta las parroquias colindantes que, como en el caso de Quito, también pertenecen al Distrito Metropolitano.

Uno de esos casos es la coqueta pero rápidamente deteriorada parroquia de Conocoto (Loma abrigada), una de las 33 rurales que conforman el Distrito.

A este pueblo de 60 506 habitantes le ha sucedido lo mismo que a la capital, pero en chiquito. Desde hace un decenio ha crecido vertiginosamente hacia sus periferias, las cuales sufren de falta de servicios básicos, transporte urbano, alcantarillado...

Un ejemplo de ese deterioro es la antigua vía a Amaguaña , que pasa por el colegio La Salle. Esa carretera asfaltada sirvió por mucho tiempo, pero ahora tiene más remiendos que traje de mendigo. Quienes tienen que movilizarse por ella deben acostumbrarse a viajar, literalmente, a saltos y a brincos.

Las vías colindantes a esta arteria tienen otra particularidad: están llenas de rompevelocidades de todos los tipos y calibres, muchos colocados sin ningún estudio técnico que los avale. Algunos son tan altos que pueden romper las suspensiones hasta de los vehículos 4 x 4.

El centro de Conocoto mismo sufre del actual mal de las urbes: la ‘aceracitis’. Casi no hay aceras que permitan un traslado cómodo y sin riesgos. Para quienes sufren de algún tipo de discapacidad debe ser un martirio caminar por esas trampas de concreto.
De la señalética urbana es mejor no hablar, porque es casi inexistente.

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