1 de diciembre de 2014 21:02

Paccha impregna de ‘amor’ su nueva obra

Wilson Paccha vuelve con una muestra individual a Guayaquil luego de seis años. Foto: Alexander García/ EL COMERCIO.

Wilson Paccha vuelve con una muestra individual a Guayaquil luego de seis años. Foto: Alexander García/ EL COMERCIO.

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Alexander García

En países como México y Argentina la palabra ‘tronchar’ está relacionada con el acto sexual. En el vocabulario particular del pintor quiteño Wilson Paccha, la troncha es un “pedazo” de mujer o es el sexo femenino, según explica mientras recorre los cuadros que exhibe en Guayaquil: una nueva versión de sus ‘Tronchas de Narnia’.

Las 23 obras que conforman la exposición, entre pinturas, esculturas y artefactos intervenidos, estarán en exhibición hasta el próximo 5 de diciembre, en la galería Dpm.

Ciertas piezas conservan la crudeza de lo pornográfico que ha caracterizado un filón de la obra del artista, pero en sus más recientes desnudos Wilson Paccha muestra su lado más sensible a la belleza del cuerpo femenino.

La belleza de la mujer desnuda –su pareja actual le sirve como modelo– se une con animales y monstruos seudomitólogicos del universo pacchano. El mismo artista aparece caricaturizado en estas escenas que remiten al paraíso perdido o al mundo fantástico de la serie fílmica de ‘Las Crónicas de Narnia’.

Por ejemplo, en ‘El intruso’, una de las obras, Paccha aparece tumbado en el césped y sosteniendo un mazo, cual cavernícola. El mazo de la pintura se materializa y es expuesto como una escultura tallada en madera debajo del cuadro.

Mely, la novia de este ‘terrorista del pincel’, aparece una que otra vez tanto en las estampas de ese paraíso kitsch, como en los detalles de ciertos personajes pervertidos y marginales de la exhibición.

“La verdad es que estoy enamorado”, confiesa entre risas el artista quiteño, de 42 años, que regresa con una muestra individual a Guayaquil tras seis años. “Las obras reflejan un momento personal, un momento de plenitud en mi vida”.

Las escenas naturales de ese universo narniano aparecen incluso plasmadas en bolas de billar. Mientras que la obra de mayor formato, ‘Melyna’ (1,80 m x 3,90 m) tiene una impronta diferente. Los personajes de esta última semejan a bufones y parecen contener reminiscencias a iconografías africanas, si se quiere cubistas.

“Estuve en Europa hace un año y regresé con un hambre de color. La única manera que encontré de meter todos los colores en un lienzo fue haciendo este tipo de obra”, explicó Paccha, que el año pasado obtuvo el primer premio de Salón de Julio Fundación de Guayaquil.

En otras piezas de la muestra, el realismo carnavalesco y grotesco puede resultar incluso repulsivo. “Quiero provocar, lastimar, molestar, indignar… pero en el fondo lo que busco con la pintura es mi realización: ser feliz y satisfacer mis caprichos, nada más”.

Colores estridentes, personajes mutilados, una refrigeradora con alas como una robotina del mundo troncho-narniano: lo grotesco aparece sacudido por una estética barroca, excesiva.

La exhibición está llena de monstruos –en ocasiones autorretratos de corte perverso–, que hacen referencia a íconos de la cultura popular.

En palabras del poeta Ernesto Carrión, que intervino en la apertura de la exhibición, la estridencia del color conjuga la cultura pop, el cómic y la estética de la vestimenta de los pueblos andinos: Wilson Paccha indigeniza a los íconos pop impuestos por la cultura de masas occidental.

“El artista se deja seducir por la cultura del espectáculo, pero al mismo tiempo le resienten los contenidos impuestos por la cultura popular norteamericana, como plataforma de dominación: por eso los arrebata, los desarma y los reensambla impregnándolos de sus propios registros culturales, haciéndolos chillar de color”, explicó el poeta guayaquileño.

La cromática llevada hacia la fluorescencia escandalosa, la masa deforme de los personajes, la reinvención del cuerpo, sus amputaciones y la multiplicidad de sus órganos provienen de “la conciencia pura de la carcajada como un registro social de la maldad”, agregó Carrión.

Lo grotesco suele estar relacionado solo con lo cómico y al mismo tiempo con la maldad, pero el artista plástico quiteño lo esgrime como arma de reclamo social, “como una retorcida defensa” frente a la cultura dominante. Pero eso no le quita ni un ápice de humor.

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