31 de mayo de 2014 10:58

Una obra teatral irresuelta se presenta esta noche en Quito

La obra de creación colectiva, ‘Caramba, qué coincidencia (Sainete posmoderno)’, llega al Centro de Arte Contemporáneo de Quito. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

La obra de creación colectiva, ‘Caramba, qué coincidencia (Sainete posmoderno)’, llega al Centro de Arte Contemporáneo de Quito. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

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Arturo Cervantes. Redacción Guayaquil

‘Caramba, qué coincidencia (Sainete posmoderno)’, que se presenta hoy a las 19:00 en el Centro de Arte Contemporáneo de Quito a cargo de los estudiantes del ITAE de Guayaquil, está estructurada de manera fraccionada por piezas argumentalmente aisladas, aunque conectadas en su concepto.

Uno de los microtextos que aglutina la obra fue acuñado como ‘Instrucciones para hacer una obra’. Aquí se violenta -porque nada en la obra es recreado ni representado- lo que podría ser un ensayo teatral.

Un personaje, con talante de director, vocifera a sus actores las acciones que deben realizar durante el ensamble de una obra de teatro (“selección de personajes”, “selección de tema”, “selección de conflicto”, “selección de temas”). Sus súbditos en escena hiperbolizan histriónicamente sus órdenes, exageran juguetonamente sus mandatos. Desdramatizan para cuestionar la representación concebida como algo fidedigno.

Hasta que uno de los actores suspende el enlistado de peticiones dictatoriales y se queja de que a esta obra teatral (la que nosotros, los espectadores, estamos viendo y la que ellos, como creadores, suponen) “¡le falta texto!”. Así, asoma otro de los ángulos conceptuales con los que se construyó esta obra: está planteada como un producto no terminado, incompleto, aún en construcción, aún en proceso.

Puesta en escena de la obra ‘Caramba, qué coincidencia (Sainete posmoderno)', a cargo de los estudiantes de la ITAE. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

Puesta en escena de la obra ‘Caramba, qué coincidencia (Sainete posmoderno)', a cargo de los estudiantes de la ITAE. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

A lo Godard, que planteaba que toda película es el documental de cómo se hizo la película. El espectador, en ese contexto, asiste a una obra irresuelta que se está ensamblando frente a sus narices, lo cual genera una sensación de privilegiada incomodidad: ha sido invitado a un ensayo.

La obra, de creación colectiva entre los actores de la obra (Ana Belén Durán, Christian Guerrero, Tatiana Ugalde, Cristian Aguilera) y sus directores (Santiago Roldós y Pilar Aranda), también plantea la posibilidad de enmarañar textos y escenas de todos los creadores: un ejercicio conectado o afín al cadáver exquisito literario.

Esto también responde a la formación escénica del ITAE, donde jamás se trabaja desde la noción del dramaturgo distanciado de sus actores o actrices. Más bien, se procura que ellos se adueñen del texto y qué mejor manera de hacerlo que proponiendo escenas y “friccionándolas en el espacio”, como ellos lo llaman. En ese contexto, el director no dictamina sino que organiza, guía y luego articula los textos que recibe del ‘otro’ para permitir que dialoguen.

Otra de las aristas argumentales que expone esta obra es la posibilidad de asumir la política desde lo individual, desde la intimidad familiar. Es en ese contexto hogareño, en el de la micro-política, donde se forman las personalidades que se exponen públicamente y se relacionen con los demás. Entonces surgen líneas, en algunos casos, con aliento a reproche: “El desayuno familiar de los domingos me daba asco”, “No está bien dormir con la cabeza caliente”, “Mi mamá chillaba en silencio”, “Mi mamá me regaló un babydoll a los 16 años”.

Las escenas también contribuyen a que se observe como problemático situaciones que normalmente no lo parecen: casos de castración, de sumisión, de violencia hogareña. La política familiar es vista como algo conflictiva. Según esta concepción, hay un micro fascismo en el interior de cada familia. Se plantean relaciones deterioradas que devienen en incomunicación entre los integrantes familiares. Cada uno se sitúa en el rol de quien se siente ‘extranjerizado’, incómodo en su propia casa, poco emparentado con el otro.

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