17 de octubre de 2015 10:38

Los niveles de gases de efecto invernadero son los más altos en 800000 años

Según el Observatorio Atmosférico de Izaña, los gases de efecto invernadero son los más altos en los últimos 800 000 años. Foto: Pixabay

Según el Observatorio Atmosférico de Izaña, los gases de efecto invernadero son los más altos en los últimos 800 000 años. Foto: Pixabay

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Agencia EFE

Los niveles de los gases de efecto invernadero bien mezclados más importantes, que son dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O), son los más altos de los últimos 800 000 años, dijo a Efe el físico Ángel Gómez, del Observatorio Atmosférico de Izaña, en Tenerife.

El estudio de los niveles de los gases de efecto invernadero, que comenzaron en Hawai en los años cincuenta del siglo pasado, se realiza también en Tenerife desde 1984, y en cuanto a los datos relativos a antes de esa fecha, se conocen al estudiar las burbujas de aire atrapadas en el hielo de La Antártida y Groenlandia, explicó Gómez.

El efecto invernadero siempre ha existido pero aumenta desde la revolución industrial, señaló Ángel Gómez, de la Agencia Estatal de Meteorología, quien añadió que con ese incremento se produce en la superficie terrestre una subida de temperatura, que es lenta porque el agua profunda de los océanos tarde mucho en calentar.

Los gases de efecto invernadero en Izaña se miden las horas del día todos los días del año, y si bien el óxido nitroso y el hexafluoruro de azufre (SF6) se estudian desde 2007, el metano y el dióxido de carbono se analizan desde 1984.

Gómez explicó que el monóxido de carbono (CO) no es un gas de efecto invernadero, pero influye en la química del metano, que sí lo es, de forma que si hay más del primero hay algo más del segundo.

El monóxido de carbono y el metano tienen una vida relativamente corta en la atmósfera, pues el primero permanece en ella pocos meses y el segundo unos nueve años, mientras que el dióxido de carbono se mantiene durante cientos de años, el óxido nitroso unos 120 y el hexafluoruro de azufre en torno a 3 200 años.

La diferencia entre ambos tipos de gases es importante, pues para los primeros se puede alcanzar un equilibrio entre emisión y destrucción, en cuyo caso la concentración del gas permanecería constante en la atmósfera, mientras que para los segundos la concentración del gas continúa creciendo mientras haya emisiones.

Esto explica por qué las concentraciones medidas en Izaña siempre crecen para dióxido de carbono, óxido nitroso y hexafluoruro de azufre, mientras que la concentración de metano ha tenido periodos de no crecimiento, y la de monóxido de carbono incluso decrece.

El experto indicó que el impacto de las emisiones de los gases en cierto instante del futuro se cuantifica mediante el Potencial de cambio de la Temperatura Global (GTP), que se basa en el cambio de la Temperatura Superficial Global Media (GMST) provocado por dichas emisiones para horizontes temporales utilizando como referencia el que provoca el dióxido de carbono.

El GTP a un horizonte de 10 años para las emisiones presentes de metano es casi igual al provocado por las emisiones de dióxido de carbono, pero es poco más de la mitad para un horizonte de 20 años, y despreciable para un horizonte de cien años, ya que el metano emitido 100 años antes casi habrá sido destruido.

Sin embargo, el GTP para las emisiones presentes de óxido nitroso permanece constante en esos horizontes temporales, pues su vida media es larga y parecida a la del dióxido de carbono.

Los valores promedio de la atmósfera de fondo medidos en Izaña durante 2014 mostraron que por cada millón de moléculas en la atmósfera 398,6 partículas eran de dióxido de carbono, 1,86 de metano, 0,3277 de óxido nitroso, 0,00000842 de hexafluoruro de azufre y 0,0923 de monóxido de carbono.

El crecimiento anual medio de dióxido de carbono de la última década ha sido de 2,1 partículas por millón al año, mientras que el aumento de óxido nitroso ha sido de 0,00089 y el incremento del hexafluoruro de azufre de 0,00000030.

El vapor de agua (H2O) también es un gas de efecto invernadero importante, pero su concentración en la atmósfera varía muchísimo de un lugar a otro y también en altura, pues lo determinan emisiones procedentes de la evaporación de agua líquida en océanos, lagos y ríos, evapotranspiración de las plantas y del suelo.

La concentración depende de factores meteorológicos complejos como temperatura, viento, localización de las borrascas y anticiclones.

Este gas desaparece de la atmósfera mediante su condensación en forma de agua líquida en nubes, que es devuelta a la superficie terrestre como lluvia.

Por ello, el impacto del vapor de agua en el incremento del efecto invernadero se tiene en cuenta en forma de retroalimentación: el aumento de los gases de efecto invernadero bien mezclados, aumenta la temperatura de la baja atmósfera, y este incremento de temperatura permite que una mayor cantidad de vapor de agua pueda permanecer en la atmósfera.

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