26 de abril de 2016 11:36

Los niños de Pedernales siguen divirtiéndose, pese a las adversidades

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Valentín Díaz
Desde Pedernales (I)

En Pedernales, Laurita se balancea sobre uno de los soportes de una carpa donada por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Mientras este diario conversa con su madre, la pequeña busca protagonismo y aporta datos para la entrevista como el nombre completo de su progenitora o calificando al terremoto como fuerte, "muy fuerte". 

Ella es una de los tantos menores damnificados por el sismo de 7.8 grados en escala de Richter que el sábado 16 de abril de 2016 golpeó a la costa ecuatoriana. Tiene cuatro años y es la hija menor de Fátima Jama, quien vive en Pedernales desde hace 17 años.

El día del terremoto, las paredes de la casa que arrendaba Jama se derrumbaron. Por eso, junto a su esposo y a sus hijas Laura y Silvia- la mayor- se acogieron al refugio temporal del albergue ubicado en el Colegio Técnico de Pedernales. 

Junto a más de 20 niños Laurita asiste a una pequeña obra de teatro organizada por jóvenes entusiastas que buscan divertir a los niños y alejarlos de la situación de continuo estrés y tristeza. Naomi Vásquez tiene 20 años y acudió junto a un grupo de 15 personas del instituto bíblico Palabra de vida a Manabí para llevar a cabo actividades de esparcimiento con los niños afectados por el sismo. 

Vásquez es estudiante de la carrera de Relaciones Públicas en la Universidad San Francisco de Quito. Logró conseguir el permiso de sus profesores para viajar a Pedernales a dar una mano a los damnificados. Lo hizo pese a que en esa universidad el semestre está a tan solo tres semanas de terminar.

Los voluntarios llegaron a Pedernales para apoyar a un compañero del grupo que reside en el poblado, pero también para aportar con el resto de la gente por medio de actividades. Han viajado por otros poblados del Ecuador, pero en la ciudad Manabita, la experiencia ha sido más dura, cuenta la voluntaria. 

Vásquez le atribuye ese sentimiento al sufrimiento de los niños y por eso su trabajo ha adquirido un nuevo valor. "Va más allá de compartir un ratito con ellos, se nota que no están bien". 

Pese a la adversidad, Laurita sonríe, aplaude y canta junto a una pieza que narra la historia de un pueblo muy feliz que recibe la visita de un malvado forastero que se quiere hacer con la corona del rey legítimo.

Para la voluntaria, el trabajo es sumamente gratificante, pese a las adversidades. Cuatro abrazos le recordaron lo satisfactorio de su ayuda, el contacto con los niños, cuenta "te llena el alma, te hace dar cuenta de que no es algo que estás haciendo en vano". 

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