7 de mayo de 2017 18:32

Maduro perdió el libreto... y el desenlace

Las grandes movilizaciones de la oposición empezaron en el 2014, y volvieron a colmar las calles luego de que el Gobierno desconociera a la Asamblea que fue elegida en el 2015. Foto: Ronaldo Schemidt / AFP

Las grandes movilizaciones de la oposición empezaron en el 2014, y volvieron a colmar las calles luego de que el Gobierno desconociera a la Asamblea que fue elegida en el 2015. Foto: Ronaldo Schemidt / AFP

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María Carvajal A.
Editora (O)


Deuda externa al día, pero una intensa escasez golpeando a la población. Violenta represión a las protestas opositoras con anuencia militar. No es un resumen de los reportes de agencias internacionales de noticias sobre lo que sucede actualmente en Venezuela, sino una breve revisión histórica de lo que vivió Rumania en la década de los ochenta, bajo el régimen autoritario de ­Nicolae Ceausescu.

El diario madrileño El País reseñaba en 1989 que, entre 1975 y ese año, el país donde nació la legendaria gimnasta olímpica Nadia Comaneci pagó a bancos e instituciones financieras internacionales USD 21 000 millones, casi una cuarta parte de ese monto en 1986.

La motivación no parecía muy clara, pero el rotativo barajaba como opciones que era “quizá por prestigio, quizá por el temor a la dependencia exterior y a las eventuales exigencias internacionales a la hora de reclamar las deudas”.

Toda la producción agrícola e industrial rumana se exportaba, dando como resultado que cada ciudadano solo podía adquirir cada mes “medio kilo de carne de vaca, cerdo o pollo; un litro de aceite al mes; 350 gramos de azúcar y 150 ­gramos de harina por día. La leche, la mantequilla, las papas y los huevos también estaban racionados”.

Volviendo al presente en la máquina del tiempo de la noticia y el análisis, la escenografía en Venezuela parecería montada en una forma muy similar a la de la Rumania de atrás de la cortina de hierro. Expertos en economía y políticas públicas como Kenneth Rogoff -catedrático de la Universidad de Harvard- se preguntan por qué el Gobierno venezolano donó a través de una de las marcas de su petrolera Pdvsa medio millón de dólares para las celebraciones de la posesión presidencial de Donald Trump, en enero. Los medios más prestigiosos del mundo reseñaron este generoso donativo por parte del chavismo, que ha rechazado constantemente la injerencia extranjera, al punto de que a
finales de abril tomó la decisión de abandonar la OEA.

Y a Rogoff tampoco le queda claro por qué el presidente Nicolás Maduro parece tan de­sesperado por estar al día con sus acreedores extranjeros y evitar un ‘default’, al extremo de haber hipotecado a rusos y chinos bienes tan preciados para el patrimonio industrial de su país, como la refinería Citgo, con sede en EE.UU.

Todo esto, cuando no existe ningún estudio serio que desmienta las espeluznantes cifras de que, por ejemplo, en Venezuela cuatro de cada diez personas no pueden permitirse comer tres veces al día, como citó a inicios de mes The New York Times. El mismo Maduro pidió el pasado 24 de marzo ayuda a la ONU frente la escasez de medicamentos, que llega al 85%, según datos de la Federación Farmacéutica Venezolana.

El chavismo sin Chávez

Magnánimo y cumplido con sus obligaciones económicas hacia afuera, inclinado a la confrontación hacia adentro. Todo indicaría que Maduro sigue a rajatabla el libreto de su fallecido comandante Hugo Chávez, que además de estar al día con las deudas regalaba a manos llenas el producto de la bonanza petrolera, hasta el punto de que en el 2006 financió un programa de combustible barato para que hogares estadounidenses de escasos recursos pudieran acceder a calefacción en el invierno.

Pero ni siquiera cuando intentaron derrocarlo el 11 de abril del 2002, pese a que también hubo muertos durante las marchas opositoras en la calle, Hugo Chávez Frías se vio en un contexto tan conflictivo, en el que ya no hay dinero para importar bienes e insumos o regalar electrodomésticos y en el que incluso la intervención del Papa es cuestionada.

El chavismo sin Chávez no consigue redibujar la promesa de una “democracia participativa y protagónica” que le dio su primera gran victoria en las urnas en 1998. Y la reciente convocatoria a una nueva Asamblea Constituyente, que en otras circunstancias podría verse como un salvavidas democrático, no ha hecho sino exacerbar aún más los ánimos, sobre todo cuando se difunden por el ciberespacio imágenes de un presidente Maduro que pide el apoyo para el proceso, de unas vacas que se encontró en una expoferia.

La investigadora Mireya Lozada, del Instituto de Psicología de la Universidad Central de Venezuela, escribe que recomponer la convivencia democrática en su país es un desafío mucho más complicado que nunca, porque “los anhelos de justicia social, cambio y destrucción de lo instituido van de la mano con la negación del otro, en un contexto de conflicto, polarización social y violencia política, donde los adversarios políticos se perciben y representan mutua­mente como enemigos”.

La nueva Constituyente quita la fe en su voto a los venezolanos que castigaron al chavismo en las elecciones legislativas del 2015. Y quienes esperaban que una mayoría opositora en la Asamblea Nacional implicaría cambios que se reflejaran en menos filas para comprar comida y medidas contra su inflación récord, que en el 2017 llegaría al 700% -según cálculos del FMI- continúan saliendo a las calles. Hace tres años, cuando fueron las primeras grandes movilizaciones contra el Gobierno y el opositor Leopoldo López fue apresado, desde afuera se especulaba que el desenlace era cuestión de semanas o máximo meses, pero el atrampamiento parece no tener fin.

Y el gobierno de Maduro continúa buscando una salida a la crisis y solo la complica más, lo cual hace difícil predecir el desenlace de su libreto. El aislamiento no sería una opción pese a su adiós a la OEA, a juzgar por su cuidado de ser un buen pagador de su deuda externa. Pero también porque sabe que está tan cerca y tan lejos de la Cuba de Castro e incluso de la Venezuela de Chávez...

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