5 de julio de 2017 00:00

La música tradicional cautiva a los turistas extranjeros

En la comuna de Peguche, en Otavalo, Ali Lema y su esposa Andrea Bautista impulsan el taller Taita Gundo.

En la comuna de Peguche, en Otavalo, Ali Lema y su esposa Andrea Bautista impulsan el taller Taita Gundo. Foto: Francisco Espinoza para EL COMERCIO

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Redacción Sierra Norte
(F-Contenido Intercultural)

Uno a uno, los sonidos de pingullos, dulzainas, quenas, quenachos, quenillas, rondadores, pallas, sikuris, zampoñas antaras y cromáticas inundan el taller de Taita Gundo. El ritmo se escucha en la comunidad kichwa de Peguche, en Otavalo (Imbabura).

El aire que acciona los instrumentos musicales sale de los pulmones de turistas extranjeros, que visitan esta parcialidad. Se trata de una propuesta diferente del músico Ali Lema y Andrea Bautista, su esposa, a quien conocen como Carolina.

El nombre del taller es el apelativo de don Segundo Lema, afamado artesano y cantante de la localidad, a quien la mayoría llama Taita Gundo, un aféresis de su nombre. Todos los instrumentos de viento, que cautivan a los foráneos, fueron construidos por Ali Lema, con las cañas que crecen en el caluroso Valle de Chota, en el norte de Ibarra.

La última visita que recibieron fue el viernes último. Un grupo de 24 estudiantes que llegaron de una gira de observación, desde California (Estados Unidos) quedó sorprendido, por esta manera diferente de hacer música.

También por la decoración en la que no solo resaltan instrumentos de viento, sino también de cuerdas y percusión. “Son los elementos que utilizan los grupos actuales de música otavaleña. Algunos, incluso, adicionan guitarras y bajos eléctricos”, explica Lema.

Bonnie Bade, profesora de los universitarios, agradeció por esta experiencia que para ellos es única. “Ali y Carolina conocen mucho de la música y los instrumentos tradicionales andinos”, asegura.

La cita fue una oportunidad, además, para que los extranjeros elaboren sus propios instrumentos, dirigidos por el musicólogo. En el taller tomaron bejucos y con la ayuda de herramientas abrieron hoyos, hasta formar el ruko, un instrumento parecido a las dulzainas.

Mientras tanto, Ali Lema les explica que cada pieza tiene un sonido particular, como que si cada pieza tuviese un alma propia. La antara, por ejemplo, tiene afinación diatónica (por la alternancia de tonos y semitonos naturales), que sirve para las melodías de ritmo largo.

Mientras que con las zampoñas armónicas o resonadores se producen las octavas. El músico aclara que estos artículos tuvieron demanda de un grupo de músicos colombianos. En cambio, que varios estadounidenses prefieren las pallas, unos rondadores pequeños, originarios de Peguche, que tienen un sonido agudo, que en clave azul sincronizan bien con las notas del blues.

El artista indígena alterna la capacitación con las clases de la carrera de ingeniería en Desarrollo Social y Cultural en la Universidad de Otavalo. Aspira que una vez concluida su formación académica, en agosto próximo, pueda dedicar más tiempo a esta labor.

Pero no es el único taller de fabricación de instrumentos musicales de la comuna de Peguche. Esta tierra es famosa también por sus tejedores y artistas autodidactas. Otro de los conocidos es el taller Ñanda Maniachi (préstame el Camino, en español). Ahí, José Luis Pichamba, líder de esta agrupación que recorrió el mundo, recibe a los turistas ofreciendo un recorrido musical de varios países de Sudamérica, usando los instrumentos que él fabrica.

Las paredes de su casa parecen un museo en el que resaltan los rondadores, de Ecuador; las quenas, de Perú, los toyos, de Bolivia... También hay charangos, bandolines, guitarras, entre otros.

La música tiende puentes entre las diversas culturas. La idea es que a través de esta experiencia con los instrumentos musicales se promueva un turismo vivencial en el que los vecinos y visitantes se sientan una familia, explica Edwin Vaca, director de Turismo y Desarrollo Económico del Municipio de Otavalo.

La idea es buscar nuevas propuestas, especialmente para los extranjeros, que disfrutan de los paisajes y vivir experiencias nuevas. La música también es un gancho en vecinas localidades como Cachiviro. Ahí, los integrantes de la Asociación Rey Mola Cocha ofrecen, a más de los paseos en lancha por el lago San Pablo, comida, artesanías y música autóctona.

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