2 de julio de 2016 00:00

Morteros, ollas y vasijas mantienen vigente la tradición

Las piedras cuadradas y grandes se utilizaron para moler granos como el maíz y el morocho y las redondas de tamaño pequeño para el ají. Foto: Pavel Calahorrano/EL COMERCIO

Las piedras cuadradas y grandes se utilizaron para moler granos como el maíz y el morocho y las redondas de tamaño pequeño para el ají. Foto: Pavel Calahorrano/EL COMERCIO

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Redacción Construir 
(F - Contenido Intercultural)

En Cotopaxi y Chimborazo, las manos de las comunidades campesinas son creadoras de elementos que mantienen vigente la tradición ancestral.

Piedras de moler, vasijas y ollas con fines específicos son parte de la artesanía de toda la Sierra, pero en especial de estas dos provincias de la región.

Las piezas son parte de la amplia producción artesanal que expone en Quito, el Museo Etnohistórico de Artesanías del Ecuador (Mindalae).

Con apoyo de la Fundación Sinchi Sacha y la Unión Europea, el lugar se ha convertido en un canal para comercializar estas artesanías, con el objetivo de dar a conocer la tradición y la cultura ecuatoriana.

Catalina Sosa, directora del museo, indica que desde la ancestralidad de la Sierra del país, el tratamiento y almacenamiento de alimentos es de suma importancia, por lo que estos elementos son de los más valorados dentro de la colección del museo Mindalae.

El origen de la piedra de moler, conocida también como mortero, es muy antiguo -asegura Sosa-, quizá tan remoto como la aparición del hombre, quien la usaba cuando debía moler ciertos granos, semillas o frutas de cáscara dura para alimentarse.

“Por esa razón es que esta tradición no puede pasar desa­percibida por la generación actual. Pese a que vivimos en una sociedad diferente, siempre podemos tener en la casa una piedra de moler o una vasija que nos recuerde de dónde venimos y, sobre todo, que muchas manos hermanas todavía las siguen realizando”.

El proceso para moler granos como el maíz y el morocho, así como el ají, se muestra como parte de la tradición serrana, pero los usos se extienden más allá de esta utilidad.

Las piedras grandes eran para moler los granos y las pequeñas para el ají. Pueden costar hasta USD 600 por su antigüedad y tamaño.

Margarita Caiza vende carne asada en el centro norte de Quito, cerca del Mindalae. Ella considera que contar con una piedra de moler es indispensable para el sabor de la comida. “Yo muelo en piedra las especias para condimentar mi comida. De eso depende la calidad de un plato. Al moler las cosas en piedra cambia el sabor, eso se siente claramente al momento de saborear”.

Ella heredó un mortero de su madre, pero comenta que adquirió dos más, hechos por artesanos ecuatorianos, que usa en su casa, con su familia. “Estas son las cosas que deberíamos usar los ecuatorianos en nuestra cocina, porque esto es lo nuestro, parte de nuestras costumbres y tradiciones”.

Gloria Tonato, quiteña de 53 años, cuenta que ella también guarda la piedra de moler que tenían en la casa de su abuela. Esa no la usa porque considera que es una tradición que prefiere mantener como reliquia, por temor a que pronto se pierda. “Yo conservo el mortero como un adorno de mi cocina, porque me imagino cómo serían las cocinas de antes”.

Sin embargo, Tonato adquirió otra para usarla en la casa. Ella coincide en que el sabor de la comida cambia por completo si se hace de la forma tradicional. “Vi cómo la usaba mi abuela y les enseño a mis hijas, para que aunque no lo hagan, por lo menos se acuerden”.

Entre las artesanías ancestrales para la casa, la directora del Mindalae también menciona las ollas Puruhá, “una especie de fuente con patas que le dan una altura ideal para poner directamente sobre la leña encendida”. El costo de una olla pequeña de este tipo puede superar los USD 60.

Los indígenas puruhaes ocuparon las provincias de Chimborazo, Bolívar, Tungurahua y parte de Cotopaxi. Se asentaron al pie del volcán Chimborazo y del Tungurahua.

Sosa explica que para las comunidades indígenas de la Sierra era importante la medición de alimentos como los granos. Por ello se elaboraron ollas para este fin, pues fueron instrumentos para el comercio.

Estos utensilios dejaron de utilizarse incluso en el campo, pero se conservan en el museo como piezas únicas hechas por artesanos de las zonas.

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