16 de octubre de 2016 00:00

Mónica Varea reflexiona sobre la alcahuetería, sus virtudes y defectos

Mónica Varea, en el área de cafetería de la librería Rayuela, que abrió junto con su hermana Susana en el año 2007. Foto: Patricio Terán/EL COMERCIO

Mónica Varea, en el área de cafetería de la librería Rayuela, que abrió junto con su hermana Susana en el año 2007. Foto: Patricio Terán/EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán
Editora (O)
iguzman@elcomercio.com

Rodeada de libros y echando mano de anécdotas y frases ocurrentes, Mónica Varea se entrega a la tarea de tratar de entender la alcahuetería, que es uno de los caminos para entender las relaciones humanas. O que lance la primera piedra quien no haya sido alguna vez alcahuete o alcahueteado.

¿Somos alcahuetes por naturaleza?
No todos, pero yo creo que algunos sí. La alcahuetería, dependiendo de qué alcahueteas, puede ser también prima hermana de la solidaridad.

¿Qué opina de los alcahuetes de Enner Valencia?
Ah no, no, no… Hay alcahuetería y alcahuetería.

¿Cómo las divide?
Mi papá fue el ser más alcahuete de la vida y fue un alcahuete adorable. Mientras mamá no me daba permiso para fiestas, conciertos, para usar minifaldas y para un montón de cosas, papá estaba ahí para decir: “¡Déjale!” o “Ándate, ándate, yo le digo a tu mamá que te fuiste a la tienda”. Esa alcahuetería está bien, pero la alcahuetería de esta gente con Enner Valencia o la de fiscales y jueces a los que se les pasan los prófugos por la galleta y dicen: “¡Adió, ya se ha ido!” son otra cosa. O la alcahuetería de Sixto con su nieto político al que mandó en el avión. Eso me parece vergonzoso.

Usted menciona a su papá, pero muchos señalan a la madre como la primera alcahueta que tenemos.
Bueno, mi mamá no fue alcahueta para nada, pero yo sí. Yo sí soy la alcahueta número uno de mis hijas.

¿En qué?
En un montón de cosas. Por ejemplo, en el colegio, con los deberes que no hacían yo iba con una cara de sinvergüenza a decir: “Vea, por favor, discúlpele, lo que pasa es que la pobre tuvo una pésima noche o tuvo dolor de garganta”. Mentira tras mentira, para que no les pongan un cero, para que les disculpen.

¿Esa alcahuetería era solo hacia afuera y casa adentro era estricta con ellas?
No, no, yo he sido el ser más permisivo de la Tierra con ellas, he sido alcahueta puertas adentro y puertas afuera.

¿Alcahuetería y complicidad son sinónimos?
Sí, definitivamente. Tú te vuelves cómplice del hijo, del amigo, del que estás alcahueteando... Y en cosas graves, como las que mencionaba al inicio, es una complicidad que debería ser sancionada.

Ahora, ¿puede pensar en uno o varios antónimos?
Uy, no se me ocurre. No sé, un opositor, el que te enfrenta, el que no está de tu lado…

La alcahuetería implica la evasión de la autoridad o de la norma, ¿no?
Sí. En la alcahuetería a nivel casero hay cierta picardía, de los dos lados: del alcahuete y del alcahueteado. Lo hacemos en aras de que el hijo se divierta, de que no se estrese, o de que el amigo salga avanti con tal o cual cosa.

¿Diría que la alcahuetería es consustancial a la relación de hermanos?
Creo que sí. Yo tuve otra gran alcahueta que fue mi hermana Susy. Mientras mi hermana Alicia era la delatora y era la que decía: “¡Yo le vi, subiéndose, abriendo el armario, comiéndose los chocolates!”, mi hermana Susy era la que iba a comprar los Cadbury y los reponía para que no se notara que yo me los comí. Es una cosa que se da mucho en la familia y creo que eso habla de una buena salud familiar.

Ahora que habla de la salud, ¿es saludable la alcahuetería para las relaciones humanas? ¿En qué ámbitos sí y en cuáles no?
Ya te digo, en el ámbito privado, casa adentro, mientras no estés alcahueteando nada que atente contra alguien, sí. Tú eres libre de hacer lo que sea, en la medida en que nadie salga malherido; mientras no causes ningún dolor puedes hacer lo que sea.

¿En cualquier ámbito?
En la casa, diría yo. Pero si alguien va a salir mal parado o si va a haber lágrimas ya no sirve esa alcahuetería.

¿Y en el ámbito público, caben las alcahueterías?
Ahí sí, no. Porque es una cosa muy delicada; algo que yo veo que no nos percatamos es de que lo público es de todos. Y quienes están a cargo de eso tienen que darse cuenta de que están trabajando con dineros ajenos; no cabe ni un milímetro de nada. Si no se respeta eso, hay una enfermedad y grave.

¿Como sociedad, dice?
Sí. Y, bueno, aquí se ha alcahueteado siempre.

Los niveles de alcahuetería son tan graves que operan de forma institucional.
Claro; ya rebasa todo. Y creo que toda enfermedad social parte de la falta de respeto.

¿De qué situaciones usted no hubiera podido salir airosa sin la alcahuetería de alguien?
Uy, dios mío, es que yo era un poco terrible. En el colegio no habría sobrevivido sin la alcahuetería de mi amiga María Eugenia. Yo siempre les digo a los niños en los colegios: “Tengan un mejor amigo brillante, es la única manera de pasar los años con tranquilidad”.

¿Ser amigo es ser alcahuete también?
En mi caso, sí. Yo llegué en una ocasión a alcahuetear algo terrible: un amigo se enredó con la secretaria y el marido de ella lo quería matar. Entonces la chica le dijo al marido: “Lo que pasa es que yo le ayudo a él, pero quien realmente es su amante es la Mónica Varea”.

Dios...
Entonces, él me llamó aterrado a contar esto y a decirme que tenía que acolitarle. Y le dije que no tenía ningún problema en hacerlo, siempre y cuando le pregunte a mi marido si lo puedo hacer. Entonces pedí permiso a mi marido, y él me dijo: “Dile de mi parte que es un pendejo, pero a vos no te puedo prohibir nada”.

¿Y?
Le dije al marido de la chica que no tenía por qué meterse en mi vida y que su mujer simplemente me estaba ayudando. Y le salvé el pellejo a este tonto amigo mío.

¿Valió la pena?
Espero que sí. Pero en todo caso, lo que sé es que yo no pienso, simplemente me gana el cariño y me digo: “Pobre, le van a masacrar”.

Y pone el cuerpo.
Exactamente.

¿El alcahuete es una especie de guardaespaldas, de kamikaze, dispuesto a meterse en líos ajenos?
Claro. Yo hasta a ese extremo llegué.

Hablando de romances, la figura emblemática de la alcahuetería viene de la literatura y es la Celestina, ¿puede pensar en otros personajes literarios que se destaquen por su condición de alcahuetes? ¿O en personajes de la vida real?
Ay, solo se me ocurren personajes nefastos de la vida real.

¿Y de la literatura?
Por ejemplo, en Tom Sawyer está la que no es la tía Poly sino la otra, que es la que le alcahuetea a él. Y en mi libro –‘Margarita peripecias’– hay algunos profesores que le alcahuetean, como el padre Luisito que trata de que no le expulsen del colegio. En Romeo y Julieta está este sirviente que va con los recados y tal…
En la literatura casi siempre la alcahuetería está ligada al romance, ¿te has dado cuenta?

Sí, y, de hecho, en su primera acepción del diccionario, alcahuete es la persona que encubre o facilita una relación amorosa.
Yo creo que en romances siempre va a haber alcahuetes.

¿En qué casos nunca se prestaría de alcahueta?
Si es que alguien va a salir mal, ahí no me prestaría ni aunque fueran mis hijas. Si es que habría no ya una lágrima sino solo un nudo en la garganta de alguien yo ya diría que no.

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