21 de junio de 2018 00:00

La moda otavaleña se readapta al clima del Puerto Principal

Graciela Potosí, otavaleña de 31 años, atiende un puesto de venta de ropa en la céntrica Plaza San Francisco. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.

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Redacción Guayaquil
(F-Contenido Intercultural)

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La vestimenta de la mujer de las tierras altas andinas es una de las más coloridas indumentarias típicas del país. Tiene una riqueza en sus materiales, tonalidades y matices, pero lo más importante es la significación cultural que tiene cada una de sus prendas.

En Guayaquil, trabajadoras otavaleñas conservan la esencia de su vestimenta tradicional, reafirman a diario su identidad y procuran conservar una tradición que las liga a sus raíces. El atuendo consta de blusas blancas con figuras florales, bordados multicolores, hechos a mano a altura del pecho, dos anacos (falda) puede ser uno blanco, azul marino o negro. Son piezas de tela rectangular a modo de falda que es sujetada con dos fajas o chumbis, como se le denomina en quichua.

Es una moda que se adapta al clima de la costa. María Cáceres se dedica a la confección y venta de la indumentaria andina en el Mercado Artesanal de Guayaquil. Entre su especialidad está la elaboración de anacos, fajas y blusas. “Para el anaco hay distintos tipos de telas, la que tengo puesta ahora es de gabardina, es ideal para usarlo en el clima de la Costa, también hay en casimir y lino”, comenta Cáceres, de 52 años y quien lleva 28 años viviendo en Guayaquil.

La vestimenta la complementa una serie de gualcas (collares dorados), maquiguatana (pulseras de coral o de material plástico), anillos o aretes con piedras de colores. Las gualcas (manillas) son símbolo de poder femenino y las maquiguatana rojas simbolizan fertilidad.

La fachalina (capa) se lleva anudada sobre los hombros, se utilizan paños de colores, cintas para envolver el cabello como si estuviera trenzado y alpargatas de cabuya y gamuza.

Las artesanas indígenas han modernizado el atuendo típico otavaleño sin dejar que se pierda una tradición ancestral.

Tamija Cornejo, de 25 años, también vende vestimenta artesanal otavaleña y comenta que los diseños se han ido adaptando a las nuevas realidades y necesidades de las jóvenes en el Puerto Principal. “Hay blusas con toques modernos, con diseños que los hacen más atractivos, para que las más jóvenes quieran usarlas”. Comenta que las prendas llaman incluso la atención de turistas internacionales, que adquieren chalinas, ponchos y bufandas de lana de alpaca.

Graciela Potosí, de 31 años y quien tiene 10 años en Guayaquil, es otra de las mujeres que se dedica a este tipo de confección. Está de acuerdo en modernizar las prendas, siempre y cuando se conserve la esencia tradicional.

Potosí, quien vende sus prendas en la Plaza San Francisco, menciona que “las blusas llevan bordados típicos, como la imagen de un cóndor o un pavo real, o como la que tengo puesta ahora, con bordados de flores multicolores”.

Prendas como el anaco son utilizadas para celebraciones ancestrales -dice-. Para ella, la vestimenta se traduce en una elegancia que le trasmitieron sus mayores.

Pero es difícil mantener la tradición en las nuevas generaciones. Cáceres siempre utiliza la indumentaria andina. “Yo me visto así siempre, estoy acostumbrada desde chiquita y no quiero cambiar ”. Pero reconoce que sus hijos solo utilizan las prendas en festividades de la comunidad.

“Se está perdiendo la tradición, por ello se ha modernizado un tanto el atuendo, con blusas cortas y vuelos en las mangas, por ejemplo”, manifiesta Cornejo, quien desde hace dos años comercializa prendas andinas en el Mercado Artesanal, también en el centro de Guayaquil.

Potosí utiliza dos tipos de vestuario, en ocasiones viste de simple blusa y pantalón y otros días la indumentaria típica de sus ancestros. “Vengo de allá -dice-, soy otavaleña a mucho orgullo, pero me gustan los dos tipos de vestimenta”.

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