12 de April de 2015 19:48

Miguel Donoso Pareja se mantiene vivo en los talleres de sus alumnos

En el 2006 Miguel Donoso Pareja ofreció una entrevista a EL COMERCIO con motivo de la presentación de su novela 'Bajo el nombre de Leonor'. Foto: Archivo.

Miguel Donoso Pareja nació en Guayaquil en 1931 y murió en esa misma ciudad el 16 de marzo pasado. Foto: Archivo.

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Alexander García
Redactor (I)
agarciav@elcomercio.com

La alargada estancia, con una cama en medio, dos muebles antiguos en un extremo y un estudio con sillones dispares en el otro lado, parece el escenario de una obra teatral. Pero el ático de la Casa Cino Fabiani, en Las Peñas (Guayaquil), alberga noches de tertulia en torno a la carpintería literaria del cuento.

La habitación es la sede de la segunda edición del taller de escritura creativa Combustión Espontánea, que se inició a fines de febrero y se extenderá tres meses. Miguel Chávez reú­ne allí, dos veces por semana, a seis aspirantes a escritores.

Chávez, narrador guayaquileño de 35 años, quien coordina cursos de forma eventual, es uno de los tantos autores que pasó por el taller literario de Miguel Donoso Pareja y uno de los que mantienen vivo su legado.


Los escritores Augusto Rodríguez y Jorge Velasco Mackenzie también dirigen espacios de creación literaria que parten del método de crítica formal dinámica que aprendieron de Donoso.

Las revisiones de los textos, cuyas copias se ponen a consideración de los compañeros y del instructor, son un punto en común.

Esa “herencia” sufre variaciones partiendo de las “distintas sensibilidades, puntos de vista y las poéticas” de quien dirige el curso, observa Chávez. En el ático de Las Peñas, además de la crítica se comentan lecturas de cuentos propuestas por el coordinador y se revisan ensayos de escritores sobre el arte de escribir. “Es muy importante tener esos tres ejes, porque abarcas la creación, la reflexión sobre el oficio y el descubrimiento de estilos y autores muy distintos entre sí”.

El objetivo es guiar la espontaneidad de los narradores, que adquieran disciplina y rigor, agrega Chávez.Y fue lo que él consiguió en 1999, con el taller de Donoso Pareja: encauzar y templar el llamado de la vocación.

Jorge Velasco Mackenzie (Guayaquil, 1949) ingresó al taller del maestro en 1982, ya con libros publicados y premios a cuestas. “Todo el mundo se mostró sorprendido, Miguel incluido, cuando pedí entrar. Quería trabajar una novela como un tallerista más”, cuenta Velasco, que tiene 20 años coordinando espacios de creación literaria. La novela en mención, ‘Tambores para una canción perdida’, estuvo terminada meses después y en 1985 obtendría el primer premio del concurso Grupo de Guayaquil.

La esencia de las reuniones que Velasco dirige en el Casa de la Cultura Núcleo del Guayas, cinco meses al año, es la misma que experimentó como alumno a finales de los 80. “Es la misma metodología, el taller es un lugar para adquirir esa dificultad que es la literatura. Enseño textos, hago reflexiones teóricas, cambio sentidos y personajes”, dice al autor.

El objetivo es que los participantes aprendan a leer sus textos como si fueran escritos por alguien ajeno, apunta Velasco, que se reúne con seis alumnos los sábados por la mañana.

Por su parte, el espacio de reflexión en torno a la creación literaria, poética sobre todo, que conduce Augusto Rodríguez, es más informal y se realiza en diferentes sitios públicos cada 15 días. Ellos siguen el método de lectura compartida, pero a ello le añaden ejercicios complementarios a la crítica: reescritura ‘in situ’ con posibles variantes del poema y una revisión posterior.

Los talleres suelen tener costo. El de Rodríguez está más vinculado a la amistad, pero dice que una mensualidad vuelve a este tipo de cursos más democráticos. El poeta critica el método de selección de Donoso, que escogía a sus talleristas a través de un cuento o poema. También le recrimina la agresividad hacia ciertos estudiantes.

A Felipe Villavicencio, uno de los participantes del curso en la casa Cino Fabiani, le alientan las críticas feroces, pero con sustento. Él recibe las copias de sus cuentos con montones de tachones y anotaciones, “como si fueran campos de batalla”, pero dice que a menudo le son útiles las observaciones. “Lo importante es que cada uno avance en sus procesos de escritura. La idea es: quiero que mejores y por eso te crítico”.

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