23 de noviembre de 2017 00:00

El miedo se impregna en la piel de 17 bailarines

Esta noche (23 de noviembre de 2017), la Compañía Nacional de Danza estrena la pieza ‘Miedo a volar’, del  coreógrafo vasco Iñaki Azpillaga; se presenta este fin de semana y el siguiente. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

Esta noche (23 de noviembre de 2017), la Compañía Nacional de Danza estrena la pieza ‘Miedo a volar’, del coreógrafo vasco Iñaki Azpillaga; se presenta este fin de semana y el siguiente. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

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Ivonne Guzmán
Editora (O)
iguzman@elcomercio.com

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El miedo se muestra de tantas maneras. En ‘Miedo a volar’, por ejemplo, es tierno, es voraz, es provocador, es incomprensible y es violento. Desde esta noche (23 de noviembre de 2017), 17 bailarines prestan sus cuerpos para que el miedo se haga carne en ellos y así permitir que el público lo vea a la cara, y en ese ejercicio, quizá se reconozca.

Eso sí, la propuesta que el coreógrafo vasco Iñaki Azpillaga ha trabajado con la Compañía Nacional de Danza (CND) durante varios meses (alrededor de un mes y medio de forma presencial y el resto, vía comunicación virtual) habla de un tipo específico de miedo: el de relacionarse con el otro; y este otro puede ser la pareja o puede ser el mundo.

La pieza, que tiene una duración de una hora, comienza de forma enérgica, recreando una suerte de toma y daca entre dos hombres que hacen de una pelota de tenis el foco de atención en el escenario. Si se sigue la línea de razonamiento de Azpillaga, su creador, estaríamos frente a una emulación física de las dinámicas vitales: un poco atropelladas, certeras algunas veces y carentes de puntería otras, veloces, inesperadas, peligrosas, siempre dignas de curiosidad…

La fisicalidad de la obra que esta noche estrena la CND involucra al elenco en unas formas de crear e interpretar que lo saca de su zona de confort. Es una pieza que demanda un control total del cuerpo, sin que parezca que es así; de hecho, por el contrario, lo que se busca es la naturalidad. También el concepto es un desafío.

Azpillaga reconoce que con ‘Miedo a volar’ quiere atravesar algunos límites. Los de la corporeidad, por ejemplo; los de la conciencia también. Por eso, hacia el final de la pieza, cuenta el coreógrafo, trabaja con el referente de la pérdida de control. Un accidente cerebro vascular sufrido por su hermano hace seis años le proveyó del material para trabajar estas sensaciones de extrema vulnerabilidad con los cuerpos entrenados y saludables de los bailarines.

“La desorientación, los estados de conciencia e inconsciencia intermitentes, los cuerpos que se arrastran, los sueños”, dice Azpillaga, son los que componen esas escenas de corte surrealista que se erigen como colofón de la obra.

El descontrol es una de las claves en esta propuesta. En el sentido de dejarse ir, de rendirse a la pulsión, aunque la imagen de ellos mismos que esta situación les devuelve a los personajes de ‘Miedo a volar’ no sea la esperada.

En dúos, en tríos o en grupos más grandes, los bailarines se entregan a la ficción de esas relaciones extrañas a su manera (¿qué relación no lo es?), que pasan de la ternura y el deseo en estado de ebullición a una sonora cachetada, y no son situaciones excluyentes o contradictorias.

Azpillaga también es claro en algo: esta pieza no trata en ningún momento de hacer una declaración de principios respecto del machismo ni de convertirse en una denuncia contra el maltrato a la mujer. Se trata, dice, de “la violencia que existe en la pareja. Me gustaría que el público se pudiera ver en gestos. Parecen fantasías muy raras pero poco a poco vamos viendo que hay cosas que nos suceden a todos”.

Las nociones del tiempo que el coreógrafo vasco ha tratado de imprimir en esta pieza de danza contemporánea también merecen una mención. Se trata en ocasiones de un tiempo “calmo”, no lento; y también de un tiempo arrebatado, urgido por el deseo, por la necesidad de vencer el miedo. ¿Miedo a volar? Quizá sí, o quizá sea solo a ser tocado. Eso, a veces, provoca terror.

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