12 de agosto de 2016 00:00

Una historia de gigantes en pleno siglo XXI

Spielberg pone en escena una cinta que juega entre los límites de la realidad y la fantasía para contar una historia sobre el valor de la amistad y la imaginación

Spielberg pone en escena una cinta que juega entre los límites de la realidad y la fantasía para contar una historia sobre el valor de la amistad y la imaginación. Foto: Captura

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Fernando Criollo
Redactor (E)

El estreno de ‘Mi amigo el gigante’ marca el reencuentro del director Steven Spielberg con el relato del escritor Roald Dahl, en una cinta sobre el poder de la imaginación y un refinado acabado visual.

El mismo año en que Dahl publicaba el cuento de ‘El gran gigante bonachón’, Spielberg estrenaba el filme ‘E.T. El extraterrestre’, dos obras enfocadas sobre una inusual y transformadora amistad.

El director de ‘Indiana Jones’ y ‘Parque Jurásico’ contó hace poco que el relato de Dahl lo ha acompañado desde siempre, como lector e incluso como padre, transmitiendo aquel relato a sus propios hijos.

Más de tres décadas después, los dos autores vuelven a coincidir para trasladar al cine la historia de aquel gigante bonachón, en una cinta que narra el encuentro entre Sophie (Ruby Barnhill) y un gigante (Mark Rylance), quienes comparten una mágica aventura.

La historia se constituye en un punto de encuentro entre dos mundos y dos tiempos. Por un lado, el mundo real donde Sophie es una precoz niña que vive en un orfanato de un Londres contemporáneo y, por otro, la tierra mágica de los gigantes donde el tiempo parece haberse detenido en algún momento del pasado.

Pero el filme también representa el punto de encuentro entre una moderna tecnología de producción que se ha puesto al servicio de un relato clásico, donde un universo de finas texturas y un amplio rango de colores y formas sirve como base para una narración que se apoya en el encanto emocional de sus personajes y en la sencillez de su desarrollo.

Mientras la ciudad duerme, Sophie es secuestrada por un gigante que merodea por las calles vacías. La soledad y el miedo que se apoderan de la primera parte evolucionan hacia un entendimiento de la ternura y la inocencia.

En este proyecto Spielberg recurre a la experiencia del actor con el que ya colaboró en ‘Puente de espías’, cuyo trabajo le mereció un Oscar como mejor actor secundario, pero también le apuesta a la frescura del talento nuevo impulsando el debut de Barnhill en el cine.

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