5 de septiembre de 2016 00:00

La marimba aún se practica con pies descalzos

El grupo Tierra Verde, en su presentación en la Isla Piedad, bailó con el atuendo tradicional de la danza bambuco. Foto: Marcel Bonilla / EL COMERCIO

El grupo Tierra Verde, en su presentación en la Isla Piedad, bailó con el atuendo tradicional de la danza bambuco. Foto: Marcel Bonilla / EL COMERCIO

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Marcel Bonilla

Los afroesmeraldeños no han dejado de practicar el ritmo frenético de la marimba en las pampas de los barrios de la provincia y descalzos.

Los pies de Cristian Erazo lucían empolvados por la tierra que se levantaba mientras bailaba con sus compañeros, la semana pasada en la Isla Piedad, en la ribera del río Esmeraldas. Allí se presentaron con el tradicional baile del Torbellino que implica intensos movimientos y zapateos bajo un sol canicular.


Bailar descalzo es una de las tradiciones del pueblo afroesmeraldeño, que evoca las danzas ancestrales. No importa si el terreno es de asfalto, cemento, tierra o en pisos lisos de las tarimas. Lo hacen como una forma de representar al negro de antes, que para bailar no necesitaba zapatos, porque se sentía más cómodo sin ellos.


En Esmeraldas, muchos de los ensayos de marimba también se hacen sobre pisos de tierra y los bailarines prefieren evitar el calzado. Y aunque algunos grupos buscan espacios con techos para protegerse del sol, hay quienes lo siguen haciendo al aire libre.
Según Narciso Jaramillo, director de la agrupación Cuero, Son y Pambil, ellos no han perdido la costumbre de ensayar en pisos de tierra.

Asegura que su agrupación actual y quienes han pasado por ella aprendieron a danzar así, en las pampas.
 Antes, en los barrios ribereños de la ciudad de Esmeraldas, cuenta Jaramillo, hasta se cerraban las calles de tierra para los repasos de baile. Incluso los niños se unían a ellos.
Manuel Mosquera, líder de la agrupación Tierra Verde y exalumno de Petita Palma, también cuenta que antes los grupos montaban sus danzas en pisos de tierra y se presentaban en barrios donde no había asfalto ni cemento.
 Ángela Benalcázar, quien practica marimba desde hace 13 años, aprendió a zapatear sin calzado.

“La necesidad de conservar la tradición nos llevó a desarrollar una técnica para no asentar todo el pie y sin que duela”. Sus abuelos le enseñaron que así se bailaba en poblaciones como San Lorenzo, donde se practicaba la marimba en las explanadas de las casas y junto al río.
Antes se preparaba el terreno para el baile con agua, para no levantar el polvo.

Esa tarea estaba a cargo de los líderes de las coreografías y de los mismos bailarines. Hombres y mujeres acarreaban agua del río o de los esteros que pasaban cerca de las comunidades, agrega Benalcázar.
Esa forma de integración se trasladó a los barrios de la ciudad, donde se asentó la mayoría de las personas que viajaron de las poblaciones norteñas en busca de trabajo.


Una de esas mujeres que trajo su cultura hasta la ciudad fue Petita Palma, quien creció en Borbón, una población del norte de Esmeraldas donde nacieron Guillermo Ayoví (Papá Roncón) y Rosa Wila, cantora de arrullos.
Palma, por ejemplo, se abrió camino con su canto y danza a pie descalzo en las calles de una Esmeraldas que empezaba a crecer con los afros que migraban de la zona norte.

Ella también ensayaba en las calles hasta que consiguió un espacio con piso de madera para fomentar la danza y el canto de la marimba.
El antropólogo Adison Güisamano, quien creció en San Lorenzo, explica que la danza en las calles y pampas era más común ante la falta de espacios adecuados en la provincia.
También encierra un componente de historia porque fue una práctica rutinaria en comunidades de San Javier, Urbina o San José de Cachaví. Son poblaciones afro que aún conservan parte de esta cultura.


Allí se empleaban la marimba, la guitarra y el bombo. Al calor del baile, hombres y mujeres se quitaban los zapatos para estar cómodos sobre los pisos de pambil, caña guadúa, tablas o en la misma tierra.


En los últimos 20 años, las agrupaciones folcloristas de Esmeraldas han conseguido espacios para ensayar su música tradicional bajo techo. Cuentan, por ejemplo, con la Casa de la Marimba, un escenario adecuado para otras expresiones artísticas. 
En este lugar, la formación de los bailarines se alterna entre nuevas técnicas y las costumbres heredadas por los ancestros africanos.

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