13 de enero de 2017 00:00

La voz contestataria de Los Prisioneros dijo adiós

Jorge González durante una presentación de Los Prisioneros en Ecuador, en el 2003.

Jorge González durante una presentación de Los Prisioneros en Ecuador, en el 2003. Foto: Archivo EL COMERCIO

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Alejandro Ribadeneira
Editor de Vida Privada (O)

Los chilenos han legado al mundo cosas tan sugestivas como el café con piernas, Condorito, la jugada acrobática de chilena y las administradoras de fondos de pensión. Pero crearon algo más: ¡Los Prisioneros!

Tren al sur, Estrechez de corazón, Sexo, El baile de los que sobran, Muevan las industrias y Por qué no se van son canciones que forman parte de la historia del rock de América Latina. Son canciones que se siguen escuchando aunque, por el paso del tiempo, se las aprecia fuera de su contexto: los años 80, la dictadura de Pinochet y la angustia de entrar de cabeza al capitalismo salvaje.

La nota triste es que Jorge González, el líder y autor de casi todas las canciones de esa banda de rock separada en el 2006, se ha retirado a los 52 años. En febrero del 2015, en plena actuación, sufrió un infarto cerebral del cual no ha podido recuperarse. Así que decidió irse básicamente porque no desea dar pena.

Se fue a lo grande, pero no por la calidad de su presentación (el músico pasó sentado) sino porque el público que asistió a la Cumbre del Rock Chileno prácticamente cantó por él. El punto culminante fue El baile de los que sobran, la canción que desafío a la dictadura de Pinochet.

También le dieron, cómo no, un premio oficial, pues los políticos tienen esa habilidad de oler las oportunidades y meterse en la foto, pero el verdadero premio fue una ovación estremecedora en el Estadio Nacional de Santiago.

Con el adiós de González se cierra un capítulo del rock chileno, el más punkero, el más divertido y también el más controversial. Desde su debut en 1984, llamó la atención no solo la letra alevosa de sus canciones sino por la calidad de los músicos, que no eran considerados unos virtuosos. Además de González, que tocaba bajo y teclados, estaban el baterista Miguel Tapia y el guitarrista y teclista Claudio Narea.

Inspirados en el punk, en la electrónica de Depeche Mode pero sobre todo en una rabiosa ironía de la realidad, González elaboró canciones que hablaban de la comercialización del cuerpo, de la opresión a los obreros, de la desmedida importancia al dinero, de los lamebotas que nunca quedan mal con nadie. Hizo del resentimiento un estilo que ni el Inti-Illimani de los 70 alcanzó.

Obviamente, Los Prisioneros fueron héroes para los chilenos opositores, seres extraños para los demás latinoamericanos que preferían la sofisticación de Soda Stereo, y abominables para la televisión de Chile, que los censuró.

Cuando se fue la dictadura y se acabó la censura, Los Prisioneros mutaron a una propuesta más comercial. Tocaron en Viña del Mar. ‘Corazones’ (1991) dejó hits como Tren al sur, pero acabó para siempre con el empuje de un grupo que, de repente, ya no competía con Soda sino con Luis Miguel.

Tras ires y venires, salidas y regresos, González mantuvo activo a Los Prisioneros hasta el 2006, cuando prefirió ser solista y ya. Fue el mismo impertinente de siempre, hasta que la salud lo ha traicionado. Y sin él, el rock se ha quedado “pateando piedras”.

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