30 de julio de 2017 00:00

Lloyd Wright, el artífice del diseño de EE.UU.

FOTO: WILLIAM H. SHORT / ARCHIVO GUGGENHEIM

Lloyd Wright creció en una granja en Wisconsin, EE.UU., en el seno de una familia de pastores de origen británico. Foto: WILLIAM H. SHORT / ARCHIVO GUGGENHEIM

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Nancy Verdezoto.  Editora (O)
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Todos los artistas tienen una musa. En el caso del arquitecto Frank Lloyd Wright, esta era la naturaleza.

Sus formas, sus colores, su orden y desorden, la armonía con la que funciona y su anatomía fueron la inspiración de este famoso arquitecto, considerado por muchos como uno de los mejores del mundo.

Su amor por todo lo natural nació con él hace 150 años. Lloyd Wright creció en una granja en Wisconsin, EE.UU., en el seno de una familia de pastores de origen británico.

Desde pequeño le interesaron la arquitectura y el diseño. Para él, “todo gran arquitecto, necesariamente, es un gran poeta. Debe ser un gran intérprete original de su tiempo, de sus días, de su época”.

Esta fue su motivación para crear tantas grandes obras. Pero también su convicción de que los Estados Unidos del siglo pasado no tenían identidad en el diseño y la construcción. Sus estructuras eran imitaciones de las europeas y poco se había hecho para desarrollar una imagen propia.

“Wright amaba su país, sus paisajes, su gente y sus ideales democráticos, y sintió que su nación necesitaba desesperadamente una arquitectura que reflejara y celebrara su carácter único: una verdadera arquitectura estadounidense”, señala la página de la Fundación Frank Lloyd Wright, creada para profundizar el aprendizaje del trabajo del arquitecto.

Una de las líneas en las que se enfocó el creativo fue la comunicación. Para él, cada espacio de una casa o de un edificio debía ser definido, iluminado y preciso, pero no cerrado.
Además, debía existir una conexión entre el ser humano y el entorno en el que viviría. Lloyd Wright siempre iba más allá de los límites, se atrevía a innovar, a mirar el futuro.

Pero además era un maestro del sarcasmo y sabía que era un genio en lo que hacía, así que no tenía ningún empacho en vanagloriarse. “Temprano en la vida tuve que elegir entre la arrogancia honesta y la humildad hipócrita. Elegí lo primero y no he visto razón para cambiar”, dijo alguna vez.

Lloyd Wright era una ‘celebrity’ y es muy probable que si hubieran existido las redes sociales en su tiempo, él habría sido uno de sus más férreos defensores y consumidores. Sabía muy bien la relación que había entre la tecnología, su trabajo y cómo mantener la atención de la gente en lo que él consideraba importante.

Sus obras fueron el testimonio de su genialidad y siguen dando fe de lo que significa imponer un estilo. Desde su primera gran fase creativa a principios del siglo XX con las Casas de la Pradera (Prairie Houses) hasta su propia residencia llamada Taliesin y situada en las tierras de su familia en Spring Green, pasando por la gigantesca obra del Hotel Imperial de Tokio, que construyó durante una década (1913-1923); el complejo hotelero de San Marcos en el desierto de Arizona o su archiconocida Casa de la Cascada (1934-37), summum de la unión entre naturaleza y tecnología.

Esta icónica casa es hoy en día un museo que ha recibido unos cinco millones de visitantes, a pesar de estar ubicada en una zona remota al sureste de Pittsburgh.

Fue creada por pedido de Edgar J. Kaudmann, un millonario comerciante, para que se convirtiera en su lugar de retiro y descanso.

Kaufmann había pensado en una casa que tuviera vista a la cascada Bear Run, pero Lloyd Wright insistió: “Quiero que vivas en la cascada, no que solo la mires”.

Con la aprobación, aunque con escepticismo, del comerciante, el arquitecto dio rienda suelta a su creatividad y edificó la casa como si estuviera entre los árboles, las rocas, el río y la cascada.

Todos los detalles de la casa fueron creados por Lloyd Wright, los muebles estaban incorporados a las paredes. Una obra tan especial, que nadie ha podido replicar siquiera.

Cada pieza de su trabajo era muestra de su entrega y compromiso con lo que él llamaba la misión de un arquitecto: “ayudar a la gente a entender cómo hacer la vida más hermosa, el mundo un mejor lugar para vivir y a darle una razón, rima y un significado a la vida”.

Con más de 450 edificaciones y cientos de proyectos que nunca vieron la luz por diferentes razones, Lloyd Wright se convirtió en uno de los padres del llamado Movimiento Moderno de la arquitectura, junto a Le Corbusier, Mies van der Rohe y Walter Gropius.

Su vida fue un ejemplo de que la genialidad puede transformar sociedades y formas de pensar y concebir el mundo.

Lloyd Wright trabajó hasta que murió a los 91 años (abril de 1959). Cuando alguien le llamaba ‘aficionado’, él tan solo respondía: “Soy el más viejo”.

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