3 de julio de 2016 00:00

Literatura oral en el Ecuador 

La religiosidad es un motivo de la poesía oral. San Martín de Porres convoca a sus fieles en Canchimalero, Esmeraldas. Foto: Archivo / EL COMERCIO

La religiosidad es un motivo de la poesía oral. San Martín de Porres convoca a sus fieles en Canchimalero, Esmeraldas. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Laura Hidalgo Alzamora*

Son los albores del Renacimiento europeo y, para nosotros, los albores de la época colonial. Con el arribo de los conquistadores, se impone una nueva cultura europea. Se utiliza, en esta tierra, la lengua de España. Entones comienza la historia de la literatura oral ecuatoriana en español. La anterior, la de nuestros aborígenes, obviamente, desaparece. Por ahí sobrevive apenas un pequeño poema, “Elegía a la muerte de Atahualpa”, valioso y elocuente testimonio de la calidad artística, sensibilidad e inteligencia de su gente.

Cuando España viene a América, hay aquí un conjunto de idiomas, lenguas, dialectos distintos, y propios de las diferentes culturas y etnias aborígenes residentes en estas tierras. Más adelante, la población indígena decrece enormemente, a causa de la mortandad producida por las nuevas enfermedades, además del agotamiento y el hambre sufridos en las mitas, los obrajes y batanes. En esas condiciones, dada la necesidad de mano de obra, los españoles importan negros del África. En esa importación, vienen 60 millones de esclavos negros provenientes de 90 nacionalidades distintas, cada una con su respectiva lengua. Por tanto, la incomunicación aquí es total, y eso facilita la imposición del idioma español, que pasa a ser indispensable para todos, tanto los antiguos como los nuevos habitantes de estos territorios.

La evangelización es un camino, apropiado y útil para implantar la lengua española en América, dada la eficacia del verso para la memorización, (tema ya citado anteriormente). Hay un claro ejemplo ecuatoriano en la actual provincia de Esmeraldas, a fines del siglo XVI, donde los negros esclavos pueden conseguir la libertad, si repiten de memoria los poemas que los sacerdotes les enseñan. Son glosas acerca de la doctrina cristiana, poemas que los negros esmeraldeños llaman “Décimas a lo divino” y que constan de 44 versos octosílabos rimados. Obviamente, los negros enseguida las memorizan y recitan, dadas las expectativas del premio ofrecido, sumado a su talento y a la acertada estructura de los poemas, en octosílabos rimados, es decir, correctamente adaptados para la memorización.

Desde luego, no era fácil que los negros comprendieran el mensaje de esos poemas acerca de una religión, para ellos desconocida y, además, expresada en una lengua extraña. Quedan testimonios, acerca de la limitada comprensión de esos poemas si escuchamos, hasta nuestros días, por ejemplo, una cuarteta que dice:

María puso a José aquel misterioso cuerno,
le dio por hijo a Jesús,
siendo hijo del Padre Eterno.


También hay otra prueba del poder de la evangelización porque, hasta ahora, en las fiestas, los negros organizan unas competencias de décimas, que ellos llaman “contrapunto entre decimeros”. Al iniciar el desafío, el negro más audaz saluda al competidor con versos “a lo divino”, es decir, de tema religioso. De esa manera se ubica en el plano más alto de la ´´sabiduría´´, que es el de los sacerdotes. Trata de imitarlos y, agresivamente, saluda al contrincante con estas palabras:

In nóminis Patris Filis
y del Espíritu Santo,
en esta forma saludo
por no saber con quién canto.


y se lanzan al desafío de largos poemas en verso en los que no importa lo que dicen, pero suenan bien. El octosílabo y la rima no les faltan.

En los poemas de temas religiosos se arman grandes confusiones dada la multitud de santos, vírgenes, angelitos, crucifijos y más personajes inclusive aquellos que salen disfrazados como cucuruchos y demás. Hay por tanto poemas de este tipo:

Tengo un san miguel arcángel
y en el cielo tengo un ángel.
Virgen de consagración,
yo te guardo en mi retrato,
yo te adoro a cada rato,
Virgen de Consagración.
Tengo una Virgen no sé
su nombre cómo se llama,
y tengo su rostro severo
estampado en mi memoria.

En el Ecuador no hay un sincretismo religioso como en el Brasil. Aquí la deculturación fue total. Tampoco hay una religiosidad sino más bien una religiosería popular muy compleja.

Diferencias entre oralidad y escritura

Actualmente, con el avance de las ciencias, ya se comprende que “oralidad” no es sinónimo de “primitivismo”. Pensemos en sociedades altamente adelantadas como la de los incas, que carecieron de escritura. En su lugar está la memoria colectiva que transmite hechos del pasado, costumbres, normas de comportamiento, creencias religiosas o míticas y más áreas que conforman su visión del mundo. El tiempo avanza a grandes pasos, y la cultura cambia, pero siempre está la literatura oral como un gran telón de fondo, como un espejo de la vida y de la realidad de sus protagonistas.

La literatura oral y la escrita son dos mundos diferentes. La oral tiene características específicas y normas distintas en cada región. Se forma una dinámica interna que enriquece constantemente sus manifestaciones. Es un arte que no se sale de sus condiciones ni copia las ajenas. Voy a citar algunas diferencias:

En la literatura escrita leo un “yo” individual que me transmite su intimidad, su pensamiento y su mundo. En la literatura oral recibo el mensaje de “todo un grupo social”. Y si no todos están de acuerdo con lo que contiene un texto, ese texto desaparece, pues no interesa lo individual.

En la literatura escrita hay un lenguaje connotativo, que sugiere y expresa un mensaje entre líneas. En la oral, el lenguaje es sumamente denotativo, claro y directo para todos los miembros del grupo.

Otra diferencia es que, en la literatura escrita, el autor debe ser original. Por el contrario, en la oral, mientras más se repite un texto, es mejor, y algún día, ese texto puede alcanzar la alta categoría de “tradicional”.

Ante el libro, el lector se puede distraer, no así frente al cuentero o al poeta oral, porque él refuerza el mensaje con sus gestos, mímica, entonación, pausas, volumen de voz, y otras ayudas, pues son muy buenos recitadores.

Lo que dice el texto escrito, queda allí para siempre, mientras que el oral cambia, no solo por la fragilidad de la memoria, en el paso de una generación a otra, sino también por la capacidad de improvisación que tienen los cuenteros. Ellos, cuando tienen éxito en un pasaje, lo repiten, lo recrean, y así consiguen aplausos y fama.

Por último, la literatura escrita, lo primero que presenta es el nombre del autor. En cambio, la literatura oral es anónima, no en la génesis sino en la práctica. El autor es el pueblo. El cantor o cuentero sí tiene poder y el respeto de todos, dado el privilegio de su memoria, pero él solamente es el portador de una voz que pertenece al grupo y él guarda, de manera transitoria, el acervo cultural de su comunidad.

La distancia entre literatura escrita y oral se agudiza a medida que llega la civilización, con la vida mecanizada e inhumana de las ciudades. Es allí cuando la literatura oral comienza a perderse. Quizá unos pocos textos viven algo más, recogidos por la canción o la literatura escrita. Algunas coplas orales se escuchan en la música popular centroamericana. A la inversa, en la literatura culta también hay autores que toman algunos decires populares.

*Extracto del discurso de incorporación de la autora a la Academia Ecuatoriana de la Lengua. (AEL). Catedrática, autora de varias investigaciones sobre literatura popular ecuatoriana.

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