9 de octubre del 2016 00:00

Un texto para leer con el YouTube

Bob Stanley, periodista de The Guardian y de The Times

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Santiago Estrella
Editor (O)

El nada agraciado título ‘Yeah! Yeah! Yeah!’ puede disuadir a cualquier lector de comprar este libro que lleva como subtítulo ‘La historia del pop moderno’. Y quizás -es una mera apreciación- no ayude a justipreciar este ambicioso y muy completo trabajo de Bob Stanley. Son 740 páginas por las que transita este fenómeno cultural y empresarial que marcó el siglo XX.

El pop engloba todo. Se puede ir desde el antiguo rock and roll hasta el brit pop, pasar por géneros opuestos en extremo y que todos entren en esta misma categoría. Están el rock and roll, el soul, el punk, el country, el disco, el electro, el heavy metal y sus variantes, el rock americano y todas las invasiones británicas posibles, el indie. Está también la música con nombres propios: Elvis Presley, Bob Dylan, Los Beatles, Rolling Stones,
Beach Boys, Sex Pistols, David Bowie, Donna Summer, Michael Jackson, Prince y Madonna hasta el pop adolescente de Britney Spears. ¿Cómo se puede meter a todos ellos -y la lista es verdaderamente larga y en ocasiones tediosa de leer- en un mismo saco? ¿Qué los une a todos para que sean igualmente pop?

El término lo dice todo: lo popular. ¿Y qué define lo popular?

Stanley lo vincula con la industria, que hace que todo sea pop: la masificación de los discos de vinilo de 45 revoluciones y la conformación de las listas que llevarán siempre al ‘top ten’, que será la que defina parcialmente la inmortalidad, si así se puede decir, o lo efímero de un músico.

Los productores pronto entendieron muy bien que ese era un coctel comercial nada despreciable. Fue el gran negocio del siglo pasado que tuvo como target a las generaciones que emergían. Al pop, entonces, también lo define la edad.

Los que tienen algo más y algo menos de 50 años recordarán que en Quito, por ejemplo, había algunas radios que los jóvenes identificaban como suyas por la música que transmitían. Había la Musical, de AM, por ejemplo; y con el fenómeno FM casi al mismo tiempo nacieron Radio Pichincha y Radio La Bruja. Por supuesto había otras que se escapan de mi memoria. Libraban una suerte de batalla para saber cuál canción sería el tema del verano o el ‘hit’ del año, cosas así. Y los jóvenes se apropiaban de los teléfonos -quienes lo tuvieran; y quienes no, iban a la casa del amigo que sí tenía-, esperaban el largo tiempo que demoraba lograr el tono para marcar y tener la suerte de que la línea de la emisora estuviera alguna vez libre para dar el voto por su propio ‘top ten’.

Esa imagen se multiplica exponencialmente en los Estados Unidos e Inglaterra, que además eran -son- la sede de la industria discográfica; las bandas juegan de locales y sus contenidos las identificaban con sus públicos, desde el amor hasta los temas políticos (el autor asombra al dar a la música disco la preeminencia política en el post Vietnam, por ejemplo), sociales e incluso de clase, a partir de un rock que nacía en los barrios obreros británicos, sobre todo.

Había una función de los medios de comunicación, sobre todo la radio, cuya historia va de la mano de la música pop –siglo XX al fin de cuentas-. Los DJ eran personajes protagónicos para instalar un disco en el gusto mayoritario. Fue la época en que nacieron varias revistas especializadas como Smash Hits, Top of the Pops, New Musical Express, Sounds, Record Mirrors, Melody Maker, que hacían a veces complejas mediciones para determinar el sencillo que habría de ser el número uno.

Y esto ocurría en las dos sedes mundiales del rock y el pop semana a semana.

Si la memoria no engaña, en estos ‘top ten’ criollos de las radios ecuatorianas, en Quito ganaba, en 1983, el primer tema en español: Mil horas, de Los Abuelos de la Nada. Pero el libro de Stanley difícilmente puede pasar las fronteras anglosajonas. Y si mira más allá lo hará con música en lengua inglesa que participaba de los mercados de ambos países: el reggae de Jamaica, el technopop de Düsseldorf o esos cuatro suecos que aún no dejan de ser un enigma: ABBA.

Es un libro historiográfico contado con humor, al menos eso se desprende de los intentos que hace la traducción al español (un pleonasmo legítimo). Pero en grandes pasajes de los 59 capítulos distribuidos en cinco partes, se vuelve una suma de anécdotas que los conocedores de la historia del pop -que los hay y muchos- conocerán de sobra. Para los no iniciados, se cuenta la leyenda de músicos que resultan increíbles, devastadoras, sorpresivas, insulsas, extremas, ‘borders’, glamorosas, de todo…

No resulta novedoso reconocer que fue la propia industria la causante de la desaparición del pop moderno, que coincide con las postrimerías del siglo XX. Esto debido “a la codicia, a la ignorancia y al disco compacto, el caballo de Troya de la tecnología digital”.

La televisión hizo su parte. Con la aparición de MTV y otros canales de televisión desde los 80, el listado comenzó a convertirse en algo de viejitos nostálgicos. Solo el country lo mantiene vigente. Pero es el CD, aparecido en la misma década, el que cambió todo porque fue algo así como una tomadura de pelo, con discos a USD 15,99. Cuando se comercializaron los CD vírgenes en cualquier supermercado, “el público se dio cuenta del clavo que le metieron”, dice el autor.

Además, ya se sabía que esas listas de éxitos comenzaban a ser más fruto de la mercadotecnia que del gusto popular. Si bien siempre hubo una incidencia del mercado desde los años 50, en los 90, más que antes, la industria pretendía imponer la música. Y se dio “una reacción a gran escala contra los espejismos que habían acabado con la vida de Kurt Cobaine (…) El gran público abrazó el pop de orientación adolescente, compuesto por autores profesionales e interpretado por vocalistas profesionales”.

La aparición de otras tecnologías, la Internet, las plataformas de distribución de música que las disqueras creyeron capaces de derrotar, el mismo YouTube (de hecho, a este libro hay que leerlo con el YouTube al lado) permitieron que se diera un público independiente de algunas imposiciones del negocio. Desde la casa o un café se puede indagar toda la historia de la música.

El lector de este libro, por ejemplo, puede escuchar, mirar y comparar respecto a Stanley, lo que hicieron Bill Halley y sus Cometas con el primer sencillo, de 1955, Rock Around the Clock (Rock alrededor del reloj), que revolucionó la música, encontró un público cautivo en los jóvenes y llegó a ser el número uno. Así es como empezó esta historia.

Bob Stanley

Periodista de The Guardian y de The Times, fue también disyóquey y empresario discográfico. Su libro transita desde ‘Rock around the clock’ hasta los días del pop adolescente del siglo XXI.

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