10 de septiembre de 2017 00:00

El legado de Azorín 

Azorín 1922. Retrato al óleo de Juan de Echevarría.

Azorín 1922. Retrato al óleo de Juan de Echevarría.

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Julio Pazos Barrera (O)
Poeta y ensayista.
Miembro de Número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz falleció el 2 de marzo de 1967, es decir hace 50 años. Difundió sus obras con el pseudónimo de Azorín. Por ahora, no vamos a recordar todas las obras, que son muchas, pero sí aquellas que en múltiples ediciones enriquecen las letras españolas. No obstante, unas noticias hacen falta para ubicarlo en su tiempo, en su tierra y en la memoria de quienes van más allá de los quebrantos del presente, es decir, de lectores que reconstruyen la lengua.

Azorín nació en Monóvar, Alicante, el 8 de junio de 1873. Estudió en Valencia y en Madrid. Desde muy temprano escribió para diarios, actividad que ejerció hasta sus últimos días. Sus libros son compilaciones de artículos de extensiones cortas y son, en el lenguaje actual, ensayos literarios. Pero además escribió textos teatrales.

En 1898, Estados Unidos de Norteamérica declaró la guerra a España; el motivo fue la explosión de un barco del país del norte en el puerto de La Habana. Según los historiadores fue un autoatentado. Los resultados fueron nefastos para España.

Mientras en Madrid se hablaba de triunfos la verdad era otra. La flota española fue totalmente destruida y por el tratado de paz, España perdió sus colonias de ultramar. Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam se convirtieron es posesiones de los Estados Unidos.

La derrota causó en los intelectuales españoles complejas respuestas. Ya no se podía continuar con los recuerdos de glorias pasadas, de cuando la España de los Austria era el reino más poderoso de Occidente. La decadencia fue paulatina debido a la enormidad del reino y a la incapacidad administrativa de la monarquía absolutista. Otros factores intervinieron en la descomposición: el auge del imperio británico que inició su poder en el dominio de los mares; la leyenda negra que Inglaterra enarboló contra España; las leyes impertinentes que regulaban el comercio entre los territorios y la península, etc. Durante el reinado de Carlos IV, la Francia napoleónica se apoderó de España, asunto que a la postre provocó la separación de los territorios americanos.

Durante el siglo XIX, España intentaba modernizarse. Sin embargo, la desigualdad social se imponía; los desastres provocados por la invasión francesa y la pobreza de grandes sectores de la población entorpecían el desarrollo. En este marco y a partir del fracaso de la guerra con los Estados Unidos surgió la denominada Generación del 98.

Formaron el llamado Grupo de los Tres: Pío Baroja, Ramiro de Maeztu y Azorín. Más tarde se identificó como Generación del 98 al grupo que se incrementó con los escritores Ángel Genivet, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Ricardo Baroja, Ramón María del Valle Inclán y Ramón Menéndez Pidal. Con citar estos nombres ya no es necesario insistir en la riqueza literaria de la Generación que enalteció a España y a la lengua española en los países de cultura iberoamericana. Como se sabe, la Generación del 98 trascendió los límites, sea por las vinculaciones con las literaturas de otros países europeos o por la notable presencia del Rubén Darío, el poeta americano que dio lustre a la lengua y que respaldó a España en sus difíciles circunstancias.

La reseña del escritor Azorín obliga a recordar algunos de sus textos. De las muchas ediciones circularon las de la colección Austral de Espasa-Calpe; es el caso de la novela ‘Las confesiones de un pequeño filósofo’ (Infancia de Antonio Azorín). Quizá es un relato que desarrolla escenas de la infancia del autor y descripciones de sus familiares. Pero el hecho literario más notable es la recreación de los ambientes escolares a través de una sensorialidad no enervada. “Nos levantábamos a las cinco; aún era de noche. Yo, que dormía pared de por medio de uno de los padres semaneros, le oía, entre sueños, toser violentamente minutos antes de la hora. Al poco se abría la puerta; una franja de luz se desparramaba sobre el pavimento semioscuro”. Con decir “cinco” y “noche” proyecta el telón negro, en este caso sin luceros. Es la impresión visual. De pronto entra en juego el sentido del oído, pues se oye la tos, entre sueños o distante. Y luego, otra vez el sentido de la vista: es la impronta de la luz, más bien, el resplandor que ilumina el suelo. Todo es cotidiano: un episodio de la infancia en el colegio de los Escolapios. Pero, nunca los recuerdos son acciones ajenas a los detalles sensoriales.

El estilo de Azorín, un año más tarde, en 1905, es plenamente impresionista. Se trata de La ruta de Don Quijote (Viaje por La Mancha). Hay una edición en la colección Crisol de Aguilar S.A. Tres aspectos sobresalen. El primero es el léxico anacrónico.

Palabras que buscan reproducir la expresión de los viejos castellanos que habitan en esos pueblos o palabras que evocan el texto cervantino. El segundo aspecto es la insistencia en la ruina de esos pueblos: caserones que se derrumban y que apenas han conservado los blasones de las fachadas. El tercer detalle es la pintura del paisaje, de sus plantas silvestres, de las tierras labrantías, de los efectos de la luz en la planicie manchega en la mañana o en el atardecer.

No es una guía puntual de los recorridos del Caballero de la Triste Figura. Se describen pocos lugares: la Cueva de Montesinos, los molinos de viento, El Toboso. No podría ser una guía y si lo fuera sería de una guía por la ficción. Pero Azorín ha intercalado imaginación y realidad. En su deambular en carreta o calesa de pueblo en pueblo y al encontrarse con veteranos vecinos escucha los argumentos que hablan de la familia de Cervantes, argumentos fundados en viejos papeles que desmienten a los académicos que hacen nacer a Miguel, así sencillamente referido, en Alcalá de Henares.

En todo el trayecto predomina la ruina; no obstante, los habitantes aparecen como emblemas de la tradición castellana cuyo modo de ser deja ver un espíritu nacional único. De hecho, la gente de los pueblos conserva la tradición. Azorín no se opone a la modernización de las grandes ciudades ni a la europeización, piensa que se debe ir a ellas, pero sin perder la identidad española.

Al margen de los clásicos, es un libro escrito en 1915. Estos ensayos evocan las célebres obras de la literatura española mediante aproximaciones a sus autores. No son los datos conocidos de las biografías los que se reseñan. Los ensayos, en ocasiones, actualizan a los autores en circunstancias y acontecimientos cotidianos.

Siempre en ruinosos lugares iluminados con tonos de luces plateadas, rojizas, tenues y al borde las sombras. Así aparecen los nombres que reafirman la historia de España y que son el aporte genial a la literatura de todos los tiempos.

Los clásicos que alude Azorín incluyen a Fray Luis de León, Garcilaso, Góngora, Quevedo, Calderón de la Barca, Gustavo Adolfo Bécquer. De Cervantes se detiene en El Quijote, La fuerza de la sangre y Los trabajos de Persiles y Sigismunda. La valoración de la obra de Bécquer es magistral, puesto que establece el comienzo de otra literatura, distinta a la del romanticismo ampuloso y sentimental del siglo XIX español.

Al comienzo de la Guerra Civil Española, Azorín viajó a París. Terminada la Guerra volvió a España y mientras vivió invitó a los escritores exiliados a retornar, gestión infructuosa mientras se mantuvo la dictadura fascista en España.

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