17 de abril de 2017 12:38

En un lector conviven todos los lectores

Las librerías y las bibliotecas son esos espacios en el que los lectores pueden encontrar la imagen del paraíso, como decía Jorge Luis Borges. Foto: istintaslatitudes.net.

Las librerías y las bibliotecas son esos espacios en el que los lectores pueden encontrar la imagen del paraíso, como decía Jorge Luis Borges. Foto: istintaslatitudes.net.

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Santiago Estrella

Supongamos una escena: en un bus, una persona lee un libro. ¿Qué ocurre en los demás, en nosotros, que estamos sin nada en las manos -excluyamos diarios y teléfonos- cuando los vemos en esa inmovilidad casi absoluta? ¿Qué vemos cuando vemos a alguien leer?

Probablemente haya una oculta o silenciosa admiración hacia aquel que vive en esa “soledad promiscua”, como decía Octavio Paz. La lectura es hoy -no siempre lo fue- un ejercicio solitario y si se lo hace en un bus, un parque, un café, es como si ese lector estuviera conspirando desde la pausa en contra del ajetreo de los demás y seguramente el suyo propio.

La imagen de ese lector o lectora -esa “sociedad secreta”, como decía Ricardo Piglia- da lugar también a la desconfianza. La quema de libros durante el nazismo, en el mismo Quijote, la persecución a los lectores en tiempos de dictadura o la frase “alpargatas sí, libros no” de Juan Domingo Perón, nos permiten pensar que para la sociedad, un gobierno o el mismo Estado, el lector puede ser un sujeto peligroso.

Esa desconfianza, por cierto, no solo es política. Hay familias que se preocupan por la salud de niños que prefieren leer un libro que jugar. Julio Cortázar contaba que, de niño, un médico había prescrito que le prohibieran leer. En Quito, hace muchos años, en un bus de la línea Marín-Laureles, un joven leía un libro. Sentado a su lado, había otro joven, casi de la misma edad; alternaba su mirada entre las páginas del libro y el lector. Llegado el momento, parece que no soportó más la preocupación y le dijo: “amigo, ¿desde cuándo está en problemas?”

El acto de leer y los modos de leer han sido una preocupación de aquellos cuyas vidas giran en torno a los libros.

Fundamentalmente son escritores. Casi no hay escritor alguno que no se lo ha planteado y hay varios que han hecho de su oficio un traslado de la literatura, el resultado de sus lecturas en la ficción. Los nombres se multiplican, pero podemos pensar en Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, Roberto Bolaño, Paul Auster, solo por citar nombres al azar. Escribir, pues, es también una forma de leer.

¿Qué leemos cuando se lee? ¿Cuáles son los modos de leer? ¿Se leyó siempre igual? Las respuestas pueden parecer obvias. El siempre odiado Harold Bloom tiene un libro titulado ‘Cómo leer y por qué’. En él afirma que leer es un acto solitario, pero también que hay que “leer bien” porque “es uno de los grandes placeres que la soledad puede proporcionarnos porque es (…) uno de los placeres más sanadores”. Ciertamente su afirmación es parte de su arrogancia -que se radicaliza con su canon ‘hiperculto’ de Occidente-, pero sí puede considerarse un acierto de Bloom este postulado: acudimos a los libros porque no podemos conocer la suficiente cantidad de personas en la vida real.

Borges se planteaba en 1950 que, si llegara a conocer cómo se leerá en el año 2000, él sabría cómo sería la literatura del año 2000. Si bien logró adelantarse con la lectura fragmentaria que nos caracteriza ahora, esa es también una forma heredada que nos viene desde los tiempos medioevales.

Y es que en el lector actual, por cierto, conviven los lectores de todos los tiempos y sus particulares modos de leer.

Sabemos bien que la escritura nació como una herramienta de la memoria. Pero hay algo más en los antiguos griegos, sobre todo en el escritor fundacional de la literatura de Occidente. Homero no solamente se preocupó de que la gente no olvidara la ira de Aquiles o el regreso de Ulises a Ítaca. Sus escritos están fundamentalmente preocupados por la oralidad, porque para los griegos la lectura era un instrumento de la voz, cuenta Jesper Svenbro en su ensayo ‘La invención de la lectura silenciosa’.

Quien leía tenía una utilidad y podía leer sin necesariamente entender. Era una tarea compleja porque las palabras eran continuas: no se separaban y tampoco había signos de puntuación. Además, suponía una audiencia que era en sí el lector. Para los griegos antiguos, la lectura pública era algo constitutivo de su ser y leer en privado tenía apenas indicios en algunas obras, como en el Hipólito, de Eurípides.

La palabra hablada era sagrada, dotada por la divinidad; la palabra impresa era letra muerta. Y los grandes maestros, Sócrates y Pitágoras, nunca escribieron una línea.

Será en los monasterios medievales en que se instala como una tradición la lectura silenciosa. No se perdió la oralidad durante la comida o el rezo del Santo Oficio.

Los scriptorium eran el lugar para la lectura en silencio, pero en realidad aún se le otorgaba la preeminencia al sonido: la palabra oral que se va interiorizando en el lector mediante susurros, una modalidad que hoy no es bien vista.

Sin embargo, lo curioso de la Edad Media no es esta relación física con el texto. Es la época en que nace la conciencia del lector y del acto de leer, y se establecieron categorías de lectura. “A partir del siglo XIII (…) un libro no se abordaba de cualquier manera. Existía la necesidad de comprender el método seguido para enfrentarse a la lectura de un texto”, afirma Jacqueline Hamese en ‘El modelo escolástico de la lectura’.

Los intelectuales, profesores y estudiantes de las universidades europeas se enfrentaron a un problema que hoy parece más radical: hay demasiados libros y el tiempo es muy corto para abarcarlos todos. Entonces aparecieron las enciclopedias, los manuales, los libros de citas, los compendios, los resúmenes. Lo que importaba era saber, no gastar el tiempo leyendo volúmenes completos.

“Con ello se echa de ver un empobrecimiento real en el ámbito del conocimiento de los textos obligatorios que tenían que ser ‘leídos’ y explicados en las aulas”, escribe Hamese. Y los sabios de la época se quejaban de ese facilismo del estudiante y de los académicos por no acudir a la fuente original, al texto completo de autores que se consideran fundamentales.

¿Ha cambiado en algo ese modo de leer en estos tiempos de saturación de libros?

Durante el período de la Ilustración, sobre todo en el siglo XVIII, no se abandonó la idea de esos textos compilatorios. Pero se les hizo necesario a los ilustrados pensar en la lectura útil, que permitiera el desarrollo individual y social. Hacían “del texto literario alegoría y moraleja”, que “fomentase una moral al mismo tiempo individual y socialmente útil (...) no solo una distracción y un placer, sino un auténtico deber moral”, escribe Reinhard Wittmann en ‘¿Hubo una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII?’ Al fin de cuentas, leer solo para matar el tiempo era traicionar “del modo más vil a la humanidad”. Pero también se decía en esos años que esa lectura solitaria, sin movimiento alguno, puede generar “pereza, conglutinación, hinchazón y obstrucción de las vísceras, en una palabra, hipocondría, que, como se sabe, afecta en ambos sexos a los órganos sexuales”, según Karl G. Bauer, en 1791, y citado por Wittmann.

La Ilustración, así, nos deja como herencia la discriminación entre la lectura por el puro placer y la de la útil, como aquella equivocada idea de que de todo libro se aprende algo. Pero también nos legó aquella vertiente de la lectura empática, que busca en el autor a un amigo. Y, paradójicamente, la lectura silenciosa es también una enfermedad.

La lectura es el lugar de los necios: son ellos los que leen, como dijo Erasmo de Rotterdam en el Elogio de la locura; los que son felices no leen. Tal como le dijo ese joven a su vecino de bus: ¿desde cuándo está en problemas?

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