30 de diciembre de 2015 00:00

La Moya descubrió en el cine una nueva pasión

Una vez al mes, miembros de la comunidad de La Moya se reúnen a ver películas.

Una vez al mes, miembros de la comunidad de La Moya se reúnen a ver películas. Foto: Raúl Díaz/EL COMERCIO

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Cristina Márquez

El salón de reuniones de la comunidad La Moya, en las faldas del Chimborazo, es un espacio pequeño, recubierto de baldosas y equipado con sillas plásticas y una mesa. Allí se toman todas las decisiones importantes para la comunidad, se hacen celebraciones y una vez al mes se transforma en una sala de cine.

Los cerca de 60 comuneros que habitan allí disfrutan del séptimo arte y lo convirtieron en su actividad recreativa preferida. Niños, jóvenes y adultos mayores se concentran en ese sitio después de sus jornadas en el campo para mirar películas que retratan la vida de otras culturas o dirigidas por cineastas indígenas.

El primer acercamiento de la comunidad con el cine ocurrió en los años 80, cuando Rainer Simond y Pocho Álvarez grabaron su documental ‘Ascenso al Chimborazo’, que mostró la vida cotidiana en las faldas del coloso y la convivencia de la comunidad con los extranjeros. Pablo Sisa lo recuerda con claridad. “Nunca habíamos visto esos equipos, ni siquiera era común recibir visitas de extranjeros. Todos estábamos entusiasmados por esa visita”.

En el 2006 la Fundación Arte Nativo decidió descentralizar las artes y llevar muestras de cine a las comunidades como parte de la primera edición del Festival de Cine Kunturñawi (ojo del cóndor). Ese año, los comuneros miraron a sus abuelos y padres en pantalla grande por primera vez. “La emoción de verlos en la televisión fue indescriptible. Los vimos vistiendo la ropa originaria, hablando en nuestro idioma nativo y vimos cómo era la comunidad en el pasado, nos sentimos orgullosos”, cuenta Pedro Sisa, presidente de la comunidad.

Mirar ese documental motivó a la gente a continuar disfrutando del cine, por eso solicitaron a la Fundación que las proyecciones se hicieran con más frecuencia y no únicamente como parte del festival.

Desde ese año las fiestas de su patrono San Agustín y los eventos importantes de la comunidad se celebran con cine. “La gente se enamoró del cine porque se siente identificada con las películas que proyectamos. Miran la gastronomía, las prácticas cotidianas, las tradiciones de otras culturas, las comparan con la suya y se apropian más de ella”, afirma Piedad Zurita, directora de la Fundación Arte Nativo.

La semana pasada, por ejemplo, se festejó la Navidad con un cine foro. Se proyectó la película ‘El pueblo Zápara’ de Rainer Simond. El cortometraje mostró la vida de la gente en la Amazonía, su comida típica, el aprendizaje generacional sobre la siembra de yuca y la caza, entre otras prácticas.

Este año en la comunidad se formará un club de cine. Según los dirigentes comunitarios, el objetivo es incrementar las proyecciones de cine indígena para afianzar la identidad de la gente y valorar más su cultura.

“Después de cada película que vemos nos sentimos más orgullosos de ser quienes somos, hemos mirado a otros pueblos, como los mindalaes, que aman su cultura, y nosotros queremos ser así”, afirma Sisa.

Otra aspiración de la comunidad es grabar otra película, pero esta vez de producción propia. El proyecto se realizará con el apoyo de la Fundación Arte Nativo y una voluntaria, magíster en teatro y actuación, que arribará desde Quebec, Canadá, en febrero.

Los comuneros participarán en un taller de cine durante seis meses. En la capacitación aprenderán sobre producción, filmación y actuación, antes de grabar su película sobre la historia de la comunidad, los hieleros del Chimborazo que habitaron allí y también sus fiestas ancestrales.

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