29 de abril de 2018 00:00

El Lamento borincano

En Juventud de Toa Alta, Puerto Rico, la gente se provee de agua de un camión, en octubre del 2017. Hay sectores que aún no tienen electricidad. Foto: AFP.

En Juventud de Toa Alta, Puerto Rico, la gente se provee de agua de un camión, en octubre del 2017. Hay sectores que aún no tienen electricidad. Foto: AFP.

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Gonzalo Ortiz Crespo* (O)

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“Triste, el jibarito va”…, dice la canción.

La historia de la palabra jíbaro es fascinante. Jíbaro es otra forma de escribir jívaro, palabra que, en sus inicios, quiso significar shuar, y proviene de ella, aunque no lo parezca. Como no existe el sonido sh en español, en los primeros documentos, los conquistadores españoles que querían escribir el nombre “shuar” lo representaban con lo más cercano que era la x: xuar. Pero eran épocas en que se empleaba la uve para representar también la u. Así que de xuar se pasó a xvar, pero como al hablante de castellano le resultaba complicado pronunciar ese xv inicial, pronto se interpuso una vocal y resultó xivar. De igual modo, en español son muy raras las palabras que terminan en erre, así que el uso hizo que se añadiese otra vocal, la o, al final, de lo que resultó la palabra xivaro, y de allí, como le pasó en otras palabras, la x devino j, escribiéndose jívaro y de allí jíbaro.

Es interesante saber que el término se generalizó en la América hispana para describir a indios no sometidos (“salvajes”, se diría entonces), pero -con el uso- pasó a significar otras cosas: en Cuba, persona huraña y arisca, o incluso animal que se ha vuelto montaraz, mientras que en Perú, República Dominicana y Puerto Rico significa campesino. Un ejemplo de este último uso está en la conocidísima canción Lamento borincano, escrita por Rafael Hernández Marín en 1929, que refiere la historia de un campesino que va con toda la ilusión a vender al pueblo su cosecha, pero nadie se la compra y regresa, frustrado, a su lar. Con la magia de su música y su letra, la canción pinta las condiciones de pobreza de los campesinos de Puerto Rico y, en realidad, de toda Latinoamérica. De este hombre, que “sale loco de contento, con su cargamento para la ciudad”, se dice: “alegre, el jibarito va” y, cuando vuelve, se lo pinta: “y, triste, el jibarito va, pensando así”. La historia es de un campesino no de un indio, pues estos fueron exterminados muy pronto en el Caribe.

En el Ecuador, la toma de conciencia de los shuar les hizo rechazar en el último medio siglo aquella denominación de “jíbaro” dada por el conquistador blanco o mestizo, y hoy no se usa para nada.

Toda esta historia viene a cuento porque hay que elevar de nuevo un lamento por la situación de Puerto Rico. Como dice la canción, “ahora que tú te mueres con tus pesares, déjame que te cante yo también”.

La semana pasada, el miércoles 18, un nuevo apagón afectó a toda la isla de Puerto Rico, tanto que la alcaldesa de San Juan, Carmen Yurín Cruz, tuiteó que era “un nuevo 20 de septiembre” en referencia a la fecha del 2017 en que el huracán María arrasó con la infraestructura y el tendido eléctrico, que provocó un apagón masivo y cortes que no acaban de eliminarse.

En efecto, este de la semana pasada es el segundo apagón masivo en menos de una semana, ya que el jueves 12 otro corte eléctrico afectó a 700 000
clientes de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) de la isla. Y aunque se haya recuperado la electricidad para ese segmento de clientes, otro medio millón de puertorriqueños sigue sin tener electricidad.

Es verdad que María fue el huracán más fuerte de los últimos 90 años y causó daños por 90 000 millones de dólares. Pero el hecho de que la red eléctrica de la isla, aquella isla que el gran Gautier llamó ‘La Perla de los Mares’, haya sido tan vulnerable y la desidia con la que se la ha reparado, muestran, junto con la crisis fiscal del Estado Libre Asociado, la poca consideración en que le tienen EE.UU. y Donald Trump, quien le ha mostrado claramente su desprecio, como a todo lo latino.

Discriminación

Un reciente reportaje en el sitio web Politico, firmado por Danny Vinik, quien revisó cientos de documentos y entrevistó a más de 50 políticos y funcionarios, en un gran esfuerzo de periodismo de investigación, demuestra cómo Trump favoreció a Texas, que también fue afectado por un huracán, el Harvey, a inicios de septiembre.

Aunque no hay dos huracanes iguales y Harvey y María afectaron a zonas muy distintas en lo geográfico, poblacional y financiero, lo cierto es que Trump y la Administración Federal de Emergencias (FEMA) dieron una respuesta mucho más rápida y completa a Houston que a Puerto Rico, aunque el daño a la isla fue muchísimo peor.

Vinik compara una serie de indicadores: por ejemplo, en menos de una semana la FEMA tuvo 73 helicópteros en Houston rescatando víctimas, mientras tres semanas después del desastre todavía no había ni 70 helicópteros en Puerto Rico. Nueve días después de los huracanes, la FEMA había destinado 141,8 millones para ayuda individual en Houston, contra solo 6,2 para Puerto Rico. Durante los nueve primeros días después de Harvey, la FEMA había distribuido 5,1 millones de raciones alimenticias, 4,5 millones de litros de agua y más de 20 000 lonas azules (grandes lonas para reemplazar los tejados) en Houston; pero en el mismo período solo había distribuido 1,6 millones de raciones, 2,8 millones de litros de agua y alrededor de 5 000 lonas azules en Puerto Rico. Nueve días después de Harvey, el Gobierno Federal tenía 30 000 miembros de personal en la región de Houston y solo 10 000, nueve días después del María. A la FEMA solo le tomó en Texas 10 días aprobar lo que se llama “trabajo permanente de atención a desastres” (es decir, la decisión de establecer partidas para reconstrucción a mediano plazo), comparado con 43 días que se tomó en Puerto Rico. Y 70 días después de cada huracán, la FEMA había aprobado 39% de las solicitudes de ayuda de las víctimas del Harvey contra 28% de las de María.

Las cifras, procesos y razonamientos abundan en el reportaje. Especial énfasis se hace, por ejemplo, en la actitud de Trump: este visitó Houston dos veces en los ocho días que siguieron al huracán Harvey, pero tardó 13 días en ir por primera vez a Puerto Rico. Y no se diga en su actividad en su cuenta de Twitter la primera semana después de los desastres: 24 trinos sobre Houston y solo 8 sobre Puerto Rico.

Más decidora es la actitud reflejada: mientras en los tuits sobre Texas se alababa a sí mismo y a la actuación de la FEMA, en los que se referían a la isla caribeña criticaba a los puertorriqueños alegando que querían que se les dé todo sin hacer nada, y calificaba peyorativamente a sus autoridades. Y esto sin decir nada de su “distribución” de rollos de toallas de papel en su visita a Puerto Rico, cuando visitó un centro de reparto de ayuda, lanzándolos como si fueran una pelota de básquet y quisiera encestar un aro de tres puntos. Para muchos puertorriqueños, esos lanzamientos fueron el perfecto símbolo de la actitud displicente que adoptó el Presidente frente al desastre en la isla.

De allí se desprenden otras cosas. La confusión gigantesca con que se hicieron las operaciones de rescate en las primeras semanas, la pésima coordinación de los equipos federales, estatales y locales, públicos y privados. Por eso, las comidas y el agua entregadas por la FEMA fueron menos de un tercio de lo que se necesitaba, lo que hizo que muchos voluntarios y autoridades locales tuvieran que acudir deses­perados a donaciones de supermercados y a la Cruz Roja Internacional para alimentar a los damnificados.

Esta ineficiencia contagió hasta al Cuerpo de Ingenieros de EE.UU. 25 días después de la tormenta, estos militares habían instalado solo 260 techos azules de lona plástica de los 60 000 que se necesitaban, es decir solo el 0,4%. En Houston no se necesitó poner estos techos pues la gente se refugió en sitios grandes y bien equipados. Pero ya que no se puede comparar con Houston, el periodista Vinik lo hace con lo sucedido tras el huracán Irma, en Florida: 25 días después del huracán, el mismo grupo militar había instalado 1 600 techos azules, de 15 000 requeridos, es decir 10,7%. Una semana después, el grupo había instalado un tercio de los techos necesarios en Florida, comparado con 2,8% en Puerto Rico.

Causa también asombro la cifra oficial de muertos, que sigue en 64 por el María, contra 163 por el Harvey. Pero el New York Times publicó en diciembre un reportaje estremecedor: según sus cuentas hubo 1 052 muertes por el María en Puerto Rico, con una estadística levantada barrio por barrio y pueblo por pueblo, lo que las autoridades federales se niegan a reconocer.

Con el tiempo, y tras las airadas protestas de las autoridades municipales (más que las estatales, que han permanecido en un estado catatónico), la respuesta de la FEMA y los otros grupos fue creciendo. El financiamiento, sobre todo para reconstrucción de escuelas, hospitales y carreteras ha sido lento y así mismo injusto (por ejemplo, la Casa Blanca obligó a que cualquier sobrecosto en las obras tenga que ser cubierto por Puerto Rico, lo que no ha pasado en ningún otro caso de desastres naturales en EE.UU., y es gravísimo para un estado como Puerto Rico que tiene una deuda de 70 000 millones de dólares).

La recuperación de Puerto Rico va a tomar años. Es verdad que EE.UU. fue especialmente golpeado el año pasado con la racha de huracanes devastadores y los incendios en California (las leyes para atención de estos desastres sumaron más de USD 140 000 millones y probablemente se requiera otra ley más este año, para atender a esos mismos desastres). Pero Puerto Rico está en una situación de debilidad extrema, con el problema de su deuda y la falta de futuro económico. Por eso, más de 150 000 puertorriqueños han salido de la isla para vivir en EE.UU. Quienes se quedan sienten más que nunca que son ciudadanos de segunda clase, que reciben un trato displicente y arrogante de aquel país al que se unieron como “estado libre asociado”. Como dice la letra de Rafael Hernández: “¿Qué será de Borinquen, mi Dios querido?, ¿qué será de mis hijos y de mi hogar?”.

*Escritor, periodista.

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