29 de octubre de 2017 00:00

Negar la muerte es negar la vida

Karina Clavijo fue parte de las ponentes del I Encuentro Nacional de Cultura Funeraria que se realizó esta semana en las instalaciones del Museo de la Ciudad. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Karina Clavijo fue parte de las ponentes del I Encuentro Nacional de Cultura Funeraria que se realizó esta semana en las instalaciones del Museo de la Ciudad. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Gabriel Flores

El chigualo y los alabaos son rituales musicales fúnebres que forman parte de la cultura afroesmeraldeña. Karina Clavijo los interpreta como una forma de mantener viva la cultura oral de este pueblo.

El viernes, ella fue una de las ponentes invitadas al I Encuentro Nacional de Cultura Funeraria, que se realizó en el Museo de la Ciudad. Un día antes de su ponencia, estuvo en el patio de este repositorio de la memoria, donde durante siglos funcionó el Hospital San Juan de Dios, para reflexionar sobre la negación de la muerte en la vida contemporánea.

¿Por qué en la cultura occidental hay una negación constante hacia la muerte?

Pienso que vivimos de un mundo donde todo se hace de una manera muy acelerada y eso no nos permite reflexionar sobre muchas cosas, entre ellas que la muerte es solo un paso más que damos en la vida. Desde hace varios años trabajo con las culturas afroesmeraldeñas y he visto que cuando se muere una persona hay una pausa en la vida cotidiana.
En algunas comunidades se viven los novenarios, nueve días llenos de rituales que se dedican a la persona que se murió. En el mundo occidental, por esta idea de hacerlo todo rápido, se ha perdido incluso la ritualidad en torno a la muerte. 


¿Cómo funciona esa ritualidad en el mundo afro?

En el contexto urbano los rituales de la población afroesemraldeña han cambiado. El otro día me contaban que muchas personas cuando van a las tumbas de sus muertos escuchan salsa o reguetón. El mundo rural aún mantiene ciertos rituales. Durante el novenario que te contaba, cuando llega la medianoche se apagan las luces y una persona lanza un grito desgarrador y el finado desaparece por unos momentos. Esto lo hacen para que el muerto pueda recoger sus pasos y no se quede penando. 


¿Qué está tratando de evitar la gente al no pensar en la muerte?

Creo que estamos evitando pensar en que cuando estemos muertos la gente nos olvidará. Eso no pasa en el mundo afro porque las personas, a través de la cultura oral, siempre está hablando de los ancestros. Al negar la muerte como algo que inevitablemente va a ocurrir, también se está negando la memoria de las otras personas.


También se trata de evitar pensar en la vejez.

Se juega con esta idea de que la juventud es la mejor etapa de la vida y no se valora el conocimiento y la sabiduría que solo da el paso de los años. Las personas de la tercera edad, a las que llamo sabios, son relegadas y eso es terrible, porque en ellos está guardada nuestra historia y nuestra tradición. Cuando nos aferramos a esta idea de juventud estamos negando la muerte como algo necesario en nuestras vidas. 


Hay mucho de vanidad en no querer morir.

Sí, los seres humanos somos muy vanidosos. No queremos admitir que la muerte es parte de una etapa de la vida. 


¿Y también que es algo natural?

Estoy haciendo una obra de Violeta Parra y una de las cosas de las que me enteré es que se había suicidado. A partir de eso me puse a pensar que la muerte en algunos casos es el acto más valioso para una persona. La muerte es parte climática de la vida, lo que pasa es que todo el tiempo nos están enseñando a tenerle miedo y a anularla. Recuerdo cuando entré a la iglesia de La Compañía por primera vez y me pararon frente al cuadro del infierno, eso me hizo sentir temor. Te mueres y además si te portas mal te vas al infierno.

¿Cómo es concebida la muerte en la cultura afroesmeraldeña?

Cuando se trata de la muerte de un adulto es algo muy triste. Cuando se trata de la muerte de un niño es diferente. Aparecen los chigualos, fiestas donde se reúnen todas las personas que amaron al niño muerto. Se hacen juegos, rondas infantiles y se cantan arrullos. La idea es que el alma del niño quede libre y se vaya jugando al cielo. En una ocasión Linver Nazareno, un decimero de Esmeraldas, me contó que el chigualo es una especie de ronda en honor a los niños. Señaló al cielo en dirección a un grupo de aves que estaban volando y me dijo eso es un chigualo.

¿Qué papel juega la música en este tipo de rituales?

Como parte de un trabajo de investigación hice Kimbé, un disco en el que recogí las tradiciones sonoras de saberes musicales afroesmeraldeños. Empecé a ir a los arullos, los chiagualos y los alabaos en pueblos como Tonchigüe, Muisne, Borbón, La Tola y Lagarto, y descubrí que las canciones fúnebres, a diferencia de otras culturas, son alegres. Una de las cosas más interesantes que conocí fueron los alabaos, que son los cantos que se interpretan cuando un adulto muere y que están cargados de tristeza. Uno, por ejemplo, dice: “Adiós primo hermano, primo hermano adiós, te vas y me dejas solita con Dios”. 


Muchos científicos están trabajando para tratar de alargar la vida, ¿le gustaría vivir 140 años?
Hubo un tiempo que con 40 o 50 años las personas eran consideradas sabias y la gente se interesaba en lo que tenían que decir. He conversado mucho con Papá Roncón, él tiene cerca de 90 años, y descubrí que es un hombre lleno de sabiduría. Hemos conversado, sobre todo, de la historia del pueblo afroesmeraldeño, y es distinta a la que está en los libros. Me pregunto qué va a pasar con la memoria oral del mundo cuando las personas lleguen a vivir 140 años. No sé si eso siga importando.

¿No cree que es mejor que las personas empiecen a pensar en el buen morir y no en alargar más su vida?
El buen morir está relacionado con la idea del buen vivir y eso depende de la noción que tenga cada persona sobre la vida. A mí, por ejemplo, me gustaría morir en mi cama pensando en que al día siguiente me espera una gran jornada, pero la realidad es que muchas personas están muriendo de enfermedades terribles como el cáncer. Para que exista un buen morir la gente debe tener espacio para reflexionar sobre todo lo que ha hecho.


En medio de este contexto también está la idea de la inmortalidad.
Claro, es algo que viene del cristianismo. Muchas personas piensan en esta idea del cielo y del infierno que también está vinculada a la idea de eternidad. En el budismo, en cambio, hay esta idea de que todo lo que nace, de alguna manera, vuelve a la tierra. Me gusta pensar en esta idea de que nosotros siempre estamos cambiando y de que la muerte es solo otro estado.

¿Sirve de algo seguir pensando en la muerte como un drama?
Creo que hay que dejar de ver la muerte como algo dramático porque eso nos está impidiendo hacer reflexiones en relación a ella.

¿Habría que verla como una celebración?
Cuando se asume la muerte como una celebración las cosas son más livianas. En los chigualos se canta a los niños para que se vayan tranquilos al cielo. Dentro de la cultura afroesmeraldeña el alma del niño no se va a quedar presa gracias a esa liviandad con la que se lo despide. Para ellos el canto y el baile no son una cuestión de diversión sino de sanación. Para ellos la música limpia el alma de los muertos y de toda la gente que los acompaña.


¿Para qué sirve fomentar una cultura funeraria?
Para el rescate de la memoria. En el Cementerio de San Roque hay un acordeonista que solo se dedica a tocar música de entierros. Hay gente que lo busca porque para ellos sí es importante acompañar a los muertos en su partida. También están todas las tradiciones que hay alrededor del Día de los Difuntos. Estas cosas ayudan a las personas a pensar en que la muerte es algo que va a sucedernos a todos y a darle el valor que se merece.

¿Le tiene miedo a la muerte?
No, la verdad es que me gustaría que cuando muera me hagan una fiesta. Te hacen fiesta cuando naces, cuando cumples años o cuando logras alguna meta, pero siempre he pensado por qué no lo hacen cuando te mueres. Preferiría que mi muerte refleje un poco cómo he vivido.


Karina Clavijo


Es artista de la música popular, cantautora e investigadora cultural de la antropología sonora ecuatoriana. Tiene una maestría en Estudios Culturales por la Universidad Andina Simón Bolívar.

En el 2015, recibió la condecoración Benjamín Carrión de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Es la autora de Kimbé, un proyecto en el que reúne arrullos, chigualos y alabaos.

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