22 de agosto de 2014 23:30

Otra huella de Cortázar en sus libros póstumos

Julio Cortázar. Foto: AFP / Archivo.
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Byron Rodríguez Vásconez (I)
brodriguez@elcomercio.com

Con sus grandes ojos verdes, Julio Cortázar -día tras día- vio con asombro al mundo. El asombro de un niño grande y juguetón que no se conformaba con la realidad chata y cansina que le imponía, como una barrera, el tiempo que le tocó vivir (nació en 1914 en la Embajada de Argentina en Bruselas, donde su padre era diplomático; murió en París, donde vivía, en 1984).

Para él, esa realidad no era la única y en sus novelas y cuentos fantásticos expresó que convivíamos con los sueños, las pesadillas, con el azar (como un lenguaje secreto que, de pronto, se revela maravilloso e incierto). Con una realidad salida de sus manos de alquimista que rompía el mármol de la opaca y tediosa cotidianidad.

Esto ya se vislumbró en ‘Bestiario’, su primer y magnífico libro de cuentos, publicado en 1951 por la Editorial Sudamericana. En ‘Bestiario’ ronda un tigre por una casona.

¿Real o imaginario? Pero el lector siente su olfato feroz, su asedio a niños y adultos. Quizá el más memorable ejemplo de esa vida múltiple, diversa y laberíntica es el cuento ‘La noche boca arriba’. Su trama mágica con vuelta de tuerca: Un joven citadino, al salir de un hotel, tiene un accidente en moto por evitar atropellar a una mujer. Queda herido. Es llevado al hospital. En la camilla, cada cierto tiempo se queda dormido. Sueña que está en la selva de México durante las guerras floridas huyendo de los aztecas que quieren sacrificarlo. Tras varios sueños, en uno descubre que ya es prisionero de los aztecas y que está a punto de ser sacrificado. Allí desea despertar y volver desesperadamente a la sala del hospital.

Al final, descubre que el verdadero sueño es el del accidente en motocicleta y el hospital y que la realidad es en la que va a ser sacrificado en la selva.

Con su novela ‘Rayuela’ (1963) revolucionó las letras al proponer la activa participación del lector para armar y desarmar la compleja trama.

Después de su muerte fue como si su mano de demiurgo invisible siguiera escribiendo.

Y salieron, para el reencuentro con miles de fieles lectores, tres libros póstumos: ‘Papeles inesperados’, ‘Clases de Literatura’ y ‘Alto el Perú’ (de venta en Librería Rayuela).

A estos tres textos agrega­mos uno, ‘Narraciones y poe­-
mas de viva voz’
(Visor Libros), porque además de sus deslumbrantes poemas, como ‘Los amantes’, y breves e insólitos cuentos, viene en un CD la voz gutural de Cortázar y es como si lo tuviésemos cerquita, como el entrañable Cronopio (rebelde e informal) que fue.

‘Papeles inesperados’ fue editado por Alfaguara a los 25 años de su muerte. Es una vasta y rica colección de textos inéditos y dispersos, escritos a lo largo de su vida. Hallado en un viejo armario hay cuentos, crónicas de viajes, artículos de arte y política. Es otra faceta de su vitalidad.

En ‘Clases de Literatura’ (Alfaguara) se recrean las clases (dos meses) que dio en Berkeley, California, en otoño de 1980. Con maestría habló de la génesis de su obra, el fulgor del cuento fantástico, la musicalidad, el humor y el erotismo.

En ‘Alto el Perú’, un Cortázar poeta se une, íntima y espiritualmente, a las fotos que Manja Offerhaus, una amiga, tomó en el vecino Perú.

Se ven las arrugas de esa tierra; los pueblos y su gente. Cortázar vuela. Se conecta con Perú y su misterio. Poetiza a la fotografía, al color y a la luz.

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