30 de October de 2014 21:45

Julián Tucumbi toca 22 instrumentos andinos

El músico interpreta albazos y sanjuanitos. Por su estado de salud estará fuera de los escenarios cerca de seis meses. Foto: Cortesía Julián Tucumbi

El músico interpreta albazos y sanjuanitos. Por su estado de salud estará fuera de los escenarios cerca de seis meses. Foto: Cortesía Julián Tucumbi

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Dalia Montalvo. Redactora
dmontalvo@elcomercio.com
(F-Contenido intercultural)

El nombre de Julián Tucumbi suena tanto como su música en su natal Pujilí, Cotopaxi. El indígena, de 76 años, es famoso por su grupo artístico con el que representa al tradicional baile del Danzante.

Después de su última presentación, en la laguna de Ozogoche, el pasado 5 de octubre, Tucumbi sufrió una caída que lo alejó de los escenarios. Sin embargo, en su casa y acompañado de su eterna pareja, Francisca Chugchilán, ‘Pancha’ como la llama él, alcanza a mostrar sus destrezas con la flauta, uno de los 22 instrumentos musicales que sabe tocar.

Don Julián aprendió a tocar la flauta mientras iba a caballo en su comunidad, Juiga Grande. En el mismo lugar en donde creció y conoció a su ‘cura salvador’, del cual llegó a ser su padrino; se trataba del obispo José Mario Ruiz Navas, con el que trabajó en la emisora Escuelas Radiofónicas del Ecuador de Riobamba, con un programa agrario en quichua, por 13 años.

Conoció los instrumentos a los 7 años. Sus tíos José, Feliciano, Andrés y su abuelo Juan Manuel tocaban la flauta de tunda, la dulzaina, el pífano, el pingullo, el rondador del cóndor... “Ellos no me enseñaron, ellos no tenían tiempo. Yo aprendí solo mirando”, precisa.

Catalogado como uno de los más importantes defensores de la tradición vernácula ecuatoriana, Tucumbi comenzó a tocar música de viento para llamar a las reuniones y para que todos identifiquen su paso.

Pese a que en Pujilí lo conocen como un ‘Taita’, él se considera un indígena más. En los años 60 pasó de ser trabajador de una hacienda a dueño de un pequeño minifundio. Su carisma de líder lo convirtió en dirigente y aceleró la formación de la comunidad Juiga Grande.

“Ni yo mismo me creo que ahora estoy aquí. Aún tengo en mi memoria cómo los patrones de la hacienda explotaban a mis familiares y les repetían, sin cesar, que los indígenas no debían ir a la escuela, que su único futuro era ser peones”, dice mientras muestra un libro que guarda sus mejores recuerdos.

En la actualidad interpreta 22 instrumentos, tanto de viento como de percusión. Toca, por ejemplo, el rondador del cóndor, hecho con plumas de esta ave. Diminuto y frágil, el instrumento en sus manos emite un sonido no cifrado como el viento en alturas imposibles. Otros ejemplos son: la caja, el pífano, la dulzaina; entre otros.

En su vida artística cuenta con 49 premios tanto nacionales como internacionales. Guarda los 92 oficios y cartas que le han enviado con felicitaciones, menciones y agradecimientos. Sin embargo, tiene clara la fecha de su primer reconocimiento: fue en agosto de 1948; su pequeño grupo musical ganó un pondo de chicha.

Después de descubrir su habilidad musical, concretó su propuesta con la creación del grupo Los Tucumbi. Fue en los 70. Con la agrupación, en la que se incluyen sus hijos y su amada ‘Pancha’, se ha presentado en los escenarios más importantes de la Sierra y de la Amazonía.

No habla de éxito pero sí aclara que nunca ha copiado a nadie. “Soy un artista auténtico, en todos los sonidos, al punto, que no permito la inclusión de instrumentos como la guitarra en mi grupo. Lo que yo interpreto viene de épocas sin fecha, de generación en generación, lo que me llena de orgullo”.

Tucumbi recuerda que en sus viajes alrededor del mundo constató que la música ecuatoriana es recibida con amor y admiración. “Eso nos falta aquí a nosotros, amar los albazos, el pingullo, así como el melloco, las habas, los ponchos, todo lo que nos representa”, finaliza.

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