6 de septiembre de 2017 00:00

Juegos y rituales caracterizan a los funerales indígenas

La tradición de compartir comida durante un funeral es una constante en las comunidades de Colta. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

La tradición de compartir comida durante un funeral es una constante en las comunidades de Colta. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Cristina Márquez
Redactora
(F-Contenido Intercultural

En las comunidades indígenas de Chimborazo la muerte no es una tragedia. Para ellos, los seres que dejan este mundo se adelantan a una nueva dimensión, por lo que sus familiares los despiden con juegos, comida abundante y rituales.

“En los funerales indígenas hay dolor, porque extrañaremos a los seres queridos que nos dejan, pero al mismo tiempo la certeza de que alcanzaron el Sumak Kawsay, (la vida a plenitud) nos consuela y anima”, dice José Parco, antropólogo e investigador indígena.

La creencia de que hay varias dimensiones y de que la muerte solo implica un cambio de estado, marca la ritualidad en estos funerales que se realizan por tres noches, desde el fallecimiento de una persona.

La despedida de un ser querido se inicia con el cambio de ropa y la preparación de un ataúd. Al igual que civilizaciones antiguas como los Incas, los Mayas o los Tiwanacos, en las comunidades puruhaes, los familiares más cercanos seleccionan los objetos que el fallecido apreciaba en vida, sus pertenencias valiosas y sus herramientas de trabajo para colocarlas junto a su cuerpo.

“Antaño, el cuerpo del fallecido se vestía con trajes blancos, pero esa costumbre se ha perdido. Hoy lo visten con la ropa que habitualmente utilizaba”, explica Parco.

Los primogénitos o los últimos hijos tienen el derecho de heredar las posesiones más valiosas de quien falleció. En el caso de las mujeres, son las hijas mayores quienes reciben las washkas (collares de coral) u otras antigüedades.

Toda la comunidad participa en el velorio, pero a diferencia de las honras fúnebres de las ciudades, no es un evento triste. Hay comida abundante para todos los asistentes durante tres días, bebidas y juegos.

Uno de los más tradicionales se denomina El tío lobo y el conejo. Consiste en fabricar con la ceniza del fogón y un pañuelo, una pelota con un rabo largo, que representará al conejo.

Todos los hombres que van al funeral se sientan en un círculo y juegan con la pelota bajo sus ponchos, pasándola de unos a otros. Quien fue asignado para representar al lobo tiene que cazar al conejo y si lo logra, alguien más toma su lugar.

A la medianoche el juego cambia. El wero es una figura simétrica, similar a un dado, hecha con huesos humanos. Todos quienes asisten al duelo los lanzan durante toda la noche, hasta acumular puntos.

El perdedor es nombrado ‘Gato’ y su función durante el resto del funeral es ayudar a la familia a conseguir la comida para los asistentes. Cuando es una familia de bajos recursos, el ‘gato’ debe recorrer todas las casas vecinas pidiendo colaboración de los huertos.

“Son juegos que tienen un propósito de ayuda, para que no sean los familiares quienes tengan que pedirla a los vecinos”, explica Parco.

Hay cerca de una docena de juegos que se realizan solo en los funerales y que también se consideran una ayuda para calmar la tristeza de los familiares. Las mujeres se encargan de la faena de animales y de servir los alimentos.

Pero también hay momentos de nostalgia, en los que todos se reúnen para recordar cómo era la persona que falleció. Cada uno cuenta una historia, o describe las cualidades que tenía esa persona.

En ese tiempo también se escuchan cantos fúnebres, donde la gente dice en kichwa lo que extrañará de esa persona, cuánto ayudaba a su familia o lo hábil que era en el campo. Constantemente repiten la palabra ‘Ñawparka’, que en español significa “se adelantó”.

El último día los familiares seleccionan quiénes cargarán el ataúd hasta el cementerio. Actualmente el traslado se acompaña con música de banda de pueblo, pero en la antigüedad sonaban los pingullos.

Un día después del funeral todos se reúnen para un ritual de purificación, que se hace para eliminar los malos espíritus y para que la muerte no regrese. El ritualchangaymi’ consiste en tomar un baño en una quebrada.

“A pesar del cambio de religión estas costumbres no se han perdido. Tanto pastores como sacerdotes católicos respetan esta tradición”, dice Pedro Toaza, presidente de la comunidad Totorillas, donde recientemente se realizó un funeral.

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