4 de septiembre de 2016 00:00

Juan Montalvo y su destierro en Ipiales 

Juan Montalvo es considerado por los ipialeños como uno más de sus hijos adoptivos.  Vivió en Ipiales (foto superior) durante tres de sus exilios, el primero en 1869. Montalvo llamó a Ipiales la Ciudad de las Nubes Verdes. Abajo, imagen de Tulcán. Foto: A

Juan Montalvo es considerado por los ipialeños como uno más de sus hijos adoptivos. Vivió en Ipiales (foto superior) durante tres de sus exilios, el primero en 1869. Montalvo llamó a Ipiales la Ciudad de las Nubes Verdes. Abajo, imagen de Tulcán. Foto: Archivo

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Sobre Juan Montalvo se ha escrito mucho. Su vida ha sido minuciosamente comentada y estudiada, al punto que es uno de los escritores más registrados en la historia y literatura ecuatorianas; sin embargo, no se ha realizado una retrospección particular en cuanto a su relación con la gente de la región fronteriza, especialmente de Tulcán.

El panorama político de su vida se vio empañado cuando el 16 de enero de 1869, el candidato presidencial del Ecuador, Gabriel García Moreno, se proclamó Jefe Supremo de la República. Inmediatamente Montalvo fue perseguido, viéndose obligado a pedir refugio en la Legación Francesa en Quito. Luego, por influencias de sus amigos, pasó a una quinta llamada La Magdalena ubicada al sur de la capital y finalmente llegó en marzo a su casa en Ambato.

Sin embargo, el acoso de García Moreno fue constante, por lo cual se vio en la urgente necesidad de huir al norte, toda vez que incluso el propio arzobispo de Quito, monseñor José Ignacio Checa y Barba, que en su vida personal era muy tranquilo, se enfrentó con Montalvo a causa de sus incendiarios artículos de corte liberal radical.

Juan Montalvo es considerado por los ipialeños como uno más de sus hijos adoptivos.  Vivió en Ipiales (foto superior) durante tres de sus exilios, el primero en 1869. Montalvo llamó a Ipiales la Ciudad de las Nubes Verdes. Abajo, imagen de Tulcán.

Su viaje fue una odisea, pero llegó finalmente a Tulcán, en donde fue recibido por la familia Arellano del Hierro, quien lo acogió benignamente y se comprometió a ocultarlo. Para ello debió movilizarse continuamente entre varias haciendas de propiedad de sus anfitriones, quienes al verse imposibilitados de soportar el asedio de los agentes de García Moreno, encontraron que la mejor forma de protegerlo era alojarlo en la casa de Juan Ramón Rosero Montenegro, conservador convencido, quien vivía en Ipiales, con la circunstancia de que era casado con Petrona Arellano del Hierro, parte de la generosa familia que lo había recibido.

Montalvo llegó a Ipiales por vez primera en abril de 1869 y su estancia se prolongaría hasta junio del mismo año.
Luego de un pequeño incidente ocurrido con Juan Ramón Rosero en el cual demostró su exagerado orgullo personal, Montalvo abandonó Ipiales en junio de 1869, gracias a la ayuda que le proporcionó Eloy Alfaro, en ese entonces residente en Panamá. Nuestro personaje tomó la ruta Tumaco-Panamá para luego dirigirse a Francia.

Luego de vivir ocho meses en el país galo, Montalvo regresó a América en agosto de 1870, se detuvo en Panamá, en donde recibió nueva y generosa ayuda de parte de Alfaro, se dirigió a Lima en donde estuvo dos o tres meses y al verse perseguido por los seguidores de García Moreno, decidió regresar al Ecuador, en donde tuvo que permanecer oculto recorriendo varias ciudades hasta que por segunda ocasión llegó a Ipiales. Ahí permaneció desde noviembre de 1870 a febrero de 1876.

Uno de los datos desconocidos sobre su estancia en esa ciudad tiene que ver con los informes que el cura coadjutor de Ipiales, Sebastián Guerrero, remitió al obispo de Pasto, Manuel Canuto Restrepo y Villegas, de quien recibió la orden para hacer un seguimiento a las actividades de Montalvo, en vista de “que era el más idóneo para realizar esta clase de gestiones”. (Miguel Coral, 1935). El prelado se destacaba por su aversión a los liberales, a quienes consideraba “enemigos acérrimos de la religión y propiciadores de la masonería y el ateísmo”.

Según copia inédita de uno de sus informes fechado en mayo de 1871, que se guarda en dos hojas sueltas en el archivo de la Curia Diocesana de Ibarra, señala que “…para dar cumplimiento a lo que mandó mi Obispo, conseguí que el doctor Juan Ramón Rosero aceptara como peón, aguatero y mandadero de su casa a Manuel Arteaga, natural del pueblo de Pupiales, para que cuando el señor Montalvo saliera de su casa, con prudencia lo siguiera para conocer sus amistades, sobre todo cuando iba al puente de Rumichaca para pasar a Tulcán fortuitamente, ya que el señor Montalvo era asiduo visitante de ese pueblo en donde se reunía con liberales de su país para tramar sus cosas contra los políticos del Ecuador…

Juan Montalvo permaneció varios años en Ipiales. Foto: Archivo

Juan Montalvo permaneció varios años en Ipiales. Foto: Archivo

“Arteaga me ha dicho que incluso logró ser amigo del señor Montalvo y de vez en cuando le hacía ciertos mandados por los que jamás dejó de pagarle algunos pesos a pesar de que era una persona muy estrecha de recursos… ya pasando el Carchi, se reunía con el pupo Efraín Benavides, natural propio de las gentes de Tulcán, quien le traía periódicos y libros que le mandaban de Quito… dice Arteaga que el señor Montalvo jamás habló mal de nadie y menos del señor Obispo y tampoco del padre Miguel de Ipiales, fue un hombre muy sereno e imponente… respetaba las creencias de las gentes y de ellas jamás se expresó en forma negativa… Dice que no le gustaba escuchar conversaciones de otras gentes por lo que el peón se cuidaba de no contarle nada de los habitantes del pueblo en donde todos les tenían gran estima y respeto… el señor Montalvo le hacía preguntas muy generales sobre quienes vivían a una cuadra de la casa, ya que tenía temor de los agentes del Gobierno del Ecuador que lo perseguían como perros…

“Me ha dicho Arteaga que el señor Montalvo salía siempre solo a los bosques cercanos y que lloraba mucho acordándose de su patria. Dice que a veces el señor Montalvo permitía que un hijo del peón llamado Jacinto de ocho años le acompañe en sus caminatas, por cuanto el niño era muy dócil y además le llevaba la taleguita de habas que gustaba comprar en el camino…siempre le encargaba comprar tinta para lo que le daba un peso señalando que era a veces la única moneda que cargaba por lo que le daba mucha pena.

Cuantas veces dice el peón que ponía uno o dos pesos más de su plata para traerle suficiente cantidad. …Estoy preocupado porque Arteaga ya no quiere hacer ese trabajo por cuanto siente mucho recelo así como cariño por el señor Montalvo, asegurándome que no hay nada de malo en este señor, que es más católico que cualquiera de nosotros a pesar de que nunca va a misa pero que es un hombre de mucha fe y honradez como pocos los hay en este pueblo… Otras gentes me han dicho lo mismo, por lo que en más de una ocasión de forma muy prudente he tratado de acercarme a él, para ver si es cierto lo que dicen…es un caballero a carta cabal.

Nada puede temer nuestra religión de hombres como estos porque es justo en su proceder y noble en su actuar. Los católicos deberíamos aprender de su rectitud como hombre y ciudadano…”
En un pequeño folleto de Miguel Ángel Coral, titulado ‘El pueblo de Pupiales’ impreso en 1935, habla del padre Guerrero y hace una breve referencia al encargo que el obispo Restrepo hizo a este sacerdote, quien más tarde ocupó las funciones de canónigo en la catedral de Popayán. Comenta que el padre Guerrero jamás olvidaría un episodio cuando se encontró con Montalvo en una calle, señalando que “sólo con verlo se le paralizó el cuerpo; sin embargo, Montalvo lo saludó sin decirle nada a través de un movimiento de su mano llevada a su sombrero y bajando su paraguas”.

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