16 de agosto de 2016 00:00

Jóvenes lideran el turismo vivencial 

Los habitantes de Cacha se dividen para dirigir todas las actividades programadas para los turistas que visiten la comunidad, en Chimborazo. Foto: Glenda Giacometti/EL COMERCIO

Los habitantes de Cacha se dividen para dirigir todas las actividades programadas para los turistas que visiten la comunidad, en Chimborazo. Foto: Glenda Giacometti/EL COMERCIO

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Cristina Márquez
Redactora
(F-Contenido Intercultural)

Moler cebada en un bloque de piedra requiere de habilidad. Esta es una de las actividades cotidianas de los habitantes de Cacha y una de las atracciones turísticas que los visitantes disfrutan durante su estancia en el centro turístico Pucará Tambo.

Este sitio está ubicado en el cerro más alto de esa parroquia, a unos 30 minutos de Riobamba. Allí, cuatro jóvenes lideran varios emprendimientos comunitarios relacionados con el turismo vivencial.

La idea es que los visitantes puedan conocer sobre la cosmovisión andina, la cultura Puruhá, los sitios turísticos, la gastronomía típica, y de que compartan la vida cotidiana de la gente que vive ahí.

El menú de actividades que los visitantes pueden escoger es amplio. Se ofrecen recorridos guiados por el sendero de las lagunas encantadas, visitas a las casas de los artesanos que elaboran ponchos, bayetas y fajas en telares de cintura.

Pero una de las actividades que más atraen a los turistas es compartir la preparación de los alimentos típicos. Los turistas ayudan a tostar los granos en un tiesto de barro, a desgranar y moler maíz para preparar humitas, y a moler en piedra la cebada tostada para preparar maki machica (harina de cebada hecha artesanalmente).

Ángela Huilcarema, de 27 años, es la responsable de ese punto de la agenda. Ella se capacitó en gastronomía gourmet en el Instituto Canadian School, investigó las recetas antiguas que estaban desapareciendo con la migración y la aparición de alimentos procesados, y se dedicó a crear formas de darles valor agregado sin perder su esencia.

“Seguí el ejemplo de mi hermano y decidí trabajar aquí. Me gustó el contacto con los turistas y vimos que hacía falta alguien que se encargara de la cocina, para darle calidad al menú andino. Eso me animó a prepararme”, cuenta la joven.

Ella guía a los visitantes que la acompañan en la cocina y mientras preparan los alimentos que luego se servirán en una pambamesa (comida comunitaria). También les cuenta historias sobre la cocina de su abuela y el origen andino de los alimentos que preparan.

Laura Sucuy, otra joven de la comunidad, atiende el almacén de artesanías donde los turistas pueden adquirir prendas hechas por los tejedores de la parroquia y de organizar los recorridos guiados por la comunidad. “El turismo comunitario se inició como una alternativa económica a la agricultura y a la ganadería. La gente empezó a emigrar por la falta de recursos”, dijo Sucuy.

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