12 de junio de 2016 01:45

Borges buscó al lector del 2000

Fotografía de Sara Facio que  muestra a Jorge Luis Borges,   rodeado de su mayor pasión: los libros. Foto: EFE

Fotografía de Sara Facio que muestra a Jorge Luis Borges, rodeado de su mayor pasión: los libros. Foto: EFE

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Santiago Estrella
sestrella@elcomercio.com

Siempre se vuelve a Borges. Eso ya se sabe. A Jorge Luis Borges hay que volver a leerlo muchas veces y, casi siempre, no entenderlo del todo –y confesarlo sin pudor. Volver a leerlo porque siempre queda un olvido. No deja de ser una ironía: él fue el escritor de la memoria y, que paradójicamente -dirá el novelista Ricardo Piglia- aspira al olvido. También dirá que “no entender (a Borges) quiere decir que hay muchas más cosas que uno no recuerda”.

Y volver a leerlo porque Borges es esencialmente un lector. Unos se jactan de lo que han escrito; él, de lo que ha leído. Y la lectura fue, quizá -es limitado decirlo así- su preocupación fundamental porque solo leyendo y la forma cómo se lee se comprende lo que es y lo que será hacer literatura.

En 1951 escribió, en el ensayo ‘Nota sobre (hacia) Bernard Shaw’, que “una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual -ésta, por ejemplo- como la leerán en el año 2000, yo sabría cómo es la literatura del año 2000”.

Y Borges se anticipó al año 2000. Leyó como se lo hace ahora con Google: una cita nos lleva a otra, que nos lleva a otra y así hasta el punto de saber que por ahí debe estar el gran libro que contiene todos los libros.

Borges decía que nunca leyó un libro completo. Quizá sea parte de los chistes que hacía. Pero cuando se mira su procedimiento, es el escritor que recoge citas. Es un lector microscópico -miope, dice Piglia. En su ensayo ‘El idioma analítico de John Wilkins’, quien especuló sobre la posibilidad de un lenguaje universal (imaginario) en 600 páginas, a Borges le bastó leer lo que de ello se escribió en la Enciclopedia Británica. Umberto Eco se asombró porque le bastó leer seis líneas para “inventar lo que en realidad había sucedido”.

Borges va de la cita a la biblioteca. A diferencia del Quijote que sale a la vida para encontrar la realidad que había visto en los libros, Borges lleva la vida a la realidad de la biblioteca, de la que no era necesario salir porque era la imagen del paraíso.

En la tarea de encontrar el origen de la literatura borgiana, dos bibliotecarios (Laura Rosato y Germán Álvarez) publicaron ‘Borges, libros y lecturas’, que recoge las citas –las copias sería más preciso decir- y las anotaciones que hizo sobre los 400 libros que dejó en la Biblioteca Nacional, que dirigió entre 1955 y 1973. Lo extraordinario de esta investigación es que a cada cita, que anotó con prolijidad y fecha incluida, corresponde un cuento o un ensayo de Borges.

“Uno podría hacer una serie que es la cita. Una serie de citas es un texto de Borges; una serie de textos de Borges es un volumen de Borges, y luego lo más parecido que sigue es una enciclopedia, que es como una serie de volúmenes y de artículos que en realidad es un libro con muchas citas. Es como que tomara la parte microscópica de la cita como lugar de acumulación inicial hasta la biblioteca que es el lugar pleno”, dice Piglia.

De esa enciclopedia que llega al mundo nace uno de sus mejores cuentos: ‘Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius’, que es la historia del encuentro con unas páginas en la Enciclopedia Británica de un país y un planeta imaginario que elabora una sociedad secreta, que no debe pactar con “el impostor Jesucristo” porque se trata de mostrar a Dios, en quien no cree, que el hombre es capaz de concebir un mundo que se escribe en su propia enciclopedia. Pero ese mundo imaginario comienza a tomarse el mundo real: “el contacto y el hábito de Tlön ha desintegrado este mundo (…) Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo (…) Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön”.

En ‘Los precursores de Kafka’, plantea algo inaudito: todo escritor reordena la literatura hacia atrás. Conocemos autores a los que calificamos como kafkianos a pesar de haber vivido mucho antes de Kafka, como Nathaniel Hawthorne con ‘Wakefield’ y Herman Melville con ‘Bartleby’.

Así, pareciera que todo está escrito ya. Y esta certidumbre, que “nos anula o nos afantasma”, se configura en un arte repudiado: la traducción. Traducir, en Borges, es una forma de leer y que puede incluso mejorar el original. En sus memorables ironías, dijo que el primer libro que leyó fue El Quijote en inglés, pero cuando lo leyó en español le pareció una pésima traducción.

“Ningún problema tan consustancial con las letras y con su modesto misterio como el que propone una traducción”, escribió en ‘Las versiones homéricas’. “Presuponer que toda recombinación de elementos es obligatoriamente inferior a su original, es presuponer que el borrador 9 es obligatoriamente inferior al borrador H (…) El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio (…) La superstición de la inferioridad de las traducciones -amonedada en el consabido adagio italiano- procede de una distraída experiencia”.

Leer de un modo diferente, al menos no como aquellos supersticiosos de una ética del lector, aquellos que “oyeron que la concisión es una virtud y tienen por conciso a quien se demora en diez frases breves y no a quien maneja una larga”, aquellos que “no se fijan en la eficacia del mecanismo, sino en la disposición de su partes. Subordinan la emoción a la ética, a una etiqueta indiscutida más bien”.

La ensayista argentina Beatriz Sarlo dijo que es fundamental romper con Borges. Es una tarea, aunque quizá necesaria, inútil. Ella lo sabe. Dos adjetivos deja la literatura del siglo XX: lo kafkiano y lo borgiano. El primero es la clase media burocrática en un mundo de reglas desconocidas; el segundo, el de los laberintos y de la ficción penetrando en la realidad. Los dos son, además, modelos de lectores. Kafka podía encerrarse con un solo libro y agotar semanas en él. Borges es el “lector miope”, que puede quedarse en esas seis líneas y crear un mundo y un planeta.

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