19 de noviembre de 2017 00:00

Aquí, la inclusión es solo un membrete

Actualmente, Jorge Mateus ensaya y se presenta en Aula 21, el espacio que adecuó para sus nuevos proyectos de teatro, ubicado dentro de un excolegio en la calle Antepara. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Actualmente, Jorge Mateus ensaya y se presenta en Aula 21, el espacio que adecuó para sus nuevos proyectos de teatro, ubicado dentro de un excolegio en la calle Antepara. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán. Editora (O) iguzman@elcomercio.com

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En Aula 21, Jorge Mateus se rehace. En ese espacio, que fuera un aula de colegio y hoy es su sala de ensayo y de presentaciones, está reencontrándose con el teatro y reconociéndose en aquello que siempre ha hecho, que siempre ha sido. Luego de su clase con un grupo de niños, descansa del bullicio y reflexiona largamente sobre la inclusión, a la que entiende como una entelequia que en los papeles se ve y suena muy bien, y de la que poco ha podido beneficiarse en la vida real.

Inclusión y exclusión son las dos caras de una misma moneda, ¿con cuál se queda?
Lo que más he vivido es la exclusión. La inclusión es más reciente, a pesar de que haya habido una ley determinada al respecto. He vivido la exclusión en varios sentidos, incluso la exclusión laboral.

¿Cómo?
Ser actor en este país no es una profesión. Estamos excluidos desde ahí; nos excluye la familia, nos excluye la sociedad. Ser actor es bonito como hobby, ahí incluso la familia va a verte; pero como profesión, a la familia no le interesa. Por lo menos en mi generación nadie te apoyaba. Más bien era un escándalo. Es una exclusión por desconocimiento, pero es exclusión. A partir de ahí viene también la autoexclusión.

¿En qué consiste?
La autoexclusión es que como tú sabes que no te asumen como profesional, decides estudiar otra cosa y hacer teatro por hobby.

De esta larga experiencia de exclusión que ha vivido, imagino que ahora buscaría la inclusión, ¿no?
Bueno, la inclusión me parece positiva, para poder tener los beneficios que la sociedad ofrece. Es lo ideal a todos los niveles. Incluirse me parece que es fantástico, pero no me parece tan real. O sea, no existe una inclusión total.

Por ejemplo, en cuanto a la orientación sexual, ¿es Ecuador un país incluyente desde que se despenalizó la homosexualidad (en noviembre de 1997)? ¿O es solamente un bonito adjetivo que usa para parecer un país civilizado?
Como usted dice, es un membrete muy bonito, pero creo que hay una homofobia muy grande y en todos los niveles. Incluso, y sorprendentemente, en el mundo artístico.

¿Por qué, “sorprendentemente”?
Porque uno espera que un artista sea una persona abierta, que tenga una capacidad de comprensión del mundo y de comprender las circunstancias de vida de una persona y que sienta respeto por ese ser humano. No sé ahora, porque el mundo ha cambiado. Cuando yo era estudiante el machismo era muy fuerte. De hecho, si iban a la escuela estudiantes que fueran homosexuales, de alguna manera obvios, pronto los sacaban.

¿En la Facultad de Artes (de la U. Central)?
Sí. Yo recuerdo que llegó un chico así y prácticamente se encargaron de sacarlo.Lo despecharon. Entonces, si en el mundo artístico existe esa actitud, qué se puede esperar del mundo más formal, menos libre. Porque se da por hecho que los actores somos libres, que somos creativos, que somos maravillosos y que entendemos todo. Pero no es tan así. Es un mundo muy duro.

¿El miedo a la diferencia es lo único que mueve a los defensores de estos sistemas sociales excluyentes?

Bueno, es que el miedo está provocado por una serie de circunstancias. La religión es una de las herramientas más fáciles para crear miedo, ¿no? Se supone que todo lo que no esté normado por la religión es malo y es pecado, y como es pecado es penado. Y como es penado eres un ser humano de tercera, porque eres un pecador. La Iglesia te marca. También te marca la convención social: ser heterosexual es parte de la norma. Y si rompes la norma la gente se pone a la defensiva porque no puede entender que haya un sinnúmero de relaciones, porque hay diferentes formas de ver la vida.

¿Quién dicta la norma en el Ecuador actual?
Uno podría decir que el Estado ha hecho normas aparentemente favorecedoras pero dentro del propio Estado existe exclusión.

Y está la Iglesia también.
Está como un elemento de fuerza. Y está la familia como un ente de seguridad, ¿no? Es que las normas se las pone uno mismo porque como está en una situación delicada, uno mismo intenta no sé si pasar desapercibido pero no dar de qué hablar. Es decir, mientras menos me toquen, me siento más seguro.

Más incluido.
Sí, más incluido. Porque si soy muy frontal de pronto ya soy excluido. Yo como actor y director de teatro siento que he tenido que trabajar el doble.

¿Por qué?
Como que te exigen más, porque piensan que uno no sabe o que está ahí tonteando. O que no tiene realmente las capacidades creativas. Entonces yo toda la vida he trabajado muchísimo.

En un contexto que favorece la exclusión, como el ecuatoriano, ¿qué cree que se necesita para dar el primer paso hacia actitudes más incluyentes?
Yo creo que la educación es lo básico. Pero una educación que venga desde la familia, no solamente desde la escuela. La familia marca mucho el comportamiento; se necesitan padres y madres que tengan amplitud mental, que intenten no repetir los esquemas tradicionales, que entiendan que vivimos en un mundo totalmente diferente, en el que la norma es aceptar todo tipo de diferencias.

En el que cabemos todos.
Sí. Pero yo creo que tiene que ser desde el hogar. Porque si tú tienes un padre machista o una madre machista, la escuela no puede hacer mucho. Lo que hay que cambiar es la familia.

¿A quiénes cree que nos falta incluir en este proyecto que llamamos Ecuador?
A todos. Tenemos que incluir a todo tipo de gente.

Ya los grupos LGBTI están incluidos, ¿no?
Aparentemente. Y lo indios también están incluidos, aparentemente. En los periódicos salen notas inteculturales; o sea, aparentemente todo eso está. Pero a mí me parece que todo es aparente nomás. Todavía la actitud de la gente no cambia. De pronto es algo novedoso, hasta exótico, es útil para el turismo hablar sobre este tipo de cosas. Creo que en el fondo en Ecuador hay un juego de apariencias permanente. Existen muchas trampas puestas; muchas leyes que se han creado a favor de lo que sea tienen su trampa. En el fondo no son tan verdad.

La imagen del muro (real o imaginario) remite a la exclusión, ¿qué figura, en cambio, a usted le remite a la inclusión?
El gran arte, que ha roto y transgredido las normas. La gente que lo hace abre puertas, caminos y te va diciendo por dónde puedes seguir y cómo puedes hacer, ¿no?

¿Cuál es el muro más alto o más difícil que ha tenido que sortear en su vida?
He tenido muchos muros y de todos los colores y tamaños. Pero creo que lo más duro ha sido siempre la lucha en el medio profesional. Para mí el medio teatral en el país siempre ha sido difícil, y eso ha hecho que yo trabaje solo desde hace mucho tiempo, porque me cuesta comunicarme con la gente y yo mismo me he excluido del movimiento artístico. Y lo he hecho a conciencia. Todo lo que sea tóxico o que me haga daño yo lo veo de lejos.

¿Dice que a veces es bueno autoexcluirse?
Sí. O excluirse por etapas; no tiene que ser toda la vida. Pero sí hay un momento en que necesitas rodearte de ambientes generosos, donde tengas la capacidad de crear, de equivocarte y de ser feliz un rato. Mi profesión ha sido lo más importante en mi vida, nada ha sido más importante, ni parejas ni hijos ni nada. Yo luché por tener una profesión digna.

En esa lucha ha habido grupos que lo han excluido o de los que usted se ha autoexcluido, ¿les agradece?
Yo estoy encantado de haberme excluido. Es que no sabe el alivio que es estar lejos de toda la gente tóxica, la gente que es mala. Realmente es un placer, un alivio inmenso.

Hay que decirles gracias.
Y ojalá nunca me los vuelva a encontrar.

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