1 de enero del 2016 00:00

Alegría edifica la identidad del cuerpo 

En el jardín de su casa, Alegría Mateljan (centro) con Paula Arias (izq.) y Emilia Escudero, con quienes trabaja sus proyectos. Foto: Julio Estrella /El Comercio

En el jardín de su casa, Alegría Mateljan (centro) con Paula Arias (izq.) y Emilia Escudero, con quienes trabaja sus proyectos. Foto: Julio Estrella /El Comercio

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Mónica Mendoza
Macroeditora (I)
mmendoza@elcomercio.com

El arte es la voz de su cuerpo. Ese cuerpo que es su primer entorno y a través del cual comenzó a construir una identidad propia y a cuestionar la de otras mujeres y hombres.

Ha explorado esa identidad, desde la cocina, como el corazón del hogar, hasta legitimar el desnudo en un espacio público con un ejercicio artístico. También los espacios que los hombres necesitan para construir las nuevas masculinidades para entender la no violencia de género...

Alegría Mateljan Cepeda (28 años) así empezó a dibujar una historia sobre los diferentes enfoques de género y feminidad, que incluyó en su tesis universitaria. Pero no ha quedado ahí sino que se ha ido instalando en su arte.

Estudió fotografía y artes en Buenos Aires, donde vivió cuatro años. Volvió a Quito para estudiar Artes Contemporáneas en la Universidad San Francisco, en el 2011. El enfoque de la carrera, más conceptual y performática, hizo que se involucrara más con su entorno, con su primera identidad: su cuerpo.

Comenzó con los ejercicios sobre sus raíces. De madre quiteña y padre chileno, de piel blanca, cabellos rubios y ojos claros, muchos le habían dicho que parecía ‘gringa’. Pero ella siempre se ha sentido ligada a la cultura andina. Nació en Quito, se crió acá y ama la montaña, el folclor andino.

En Perú, participó en actividades de la Virgen de la Candelaria vestida de cholita, pero todos le gritaban ‘ahí va la gringa’. A su regreso, en el parque La Carolina hizo una instalación llamada ‘Un sueño de Alegría’, para reafirmar lo que defiende. Bailó con su charango, con traje de indígena y una máscara de yeso, la máscara que muchos buscan solo para encajar en los espacios donde la sociedad los encasilla.

El matriarcado en su familia le ha ayudado en su propuesta artística. Su abuela ha sido parte de algunas de sus obras y en gran parte de su vida. La mañana en que cuenta su historia comparte el desayuno con ella y su sobrina, en una cafetería de la ciudad.

Los apellidos que ha heredado los trasladó a un ejercicio que llamó Mateljan-Cepeda-Rosero y el matriarcado. Y el locro, el plato de su abuela que nunca falta, sirvió de hilo conductor para una instalación que concluyó en un recetario. Elaboró muñequitas que representaban a cada mujer de la familia y las invitó al ritual de compartir la comida.

La obra buscaba reconectar a la mujer con la cocina. Alegría cree que el mundo contemporáneo ha alejado a las mujeres de su naturaleza: preparar los alimentos, la conexión con la menstruación, la maternidad -aunque decida no tener hijos-, lactancia y la feminidad.

Sus proyectos, más que buscar un alcance colectivo, parten de la motivación de que el arte sea un transformador del artista, que luego termina transformando su entorno.

Hace dos años hizo un ‘jam’ de dibujo (un encuentro para dibujar) que sirvió para legitimar el desnudo en el espacio público, pero también fue una forma de aceptación personal. El ejercicio consistió en apropiarse de la obra de Modigliani, asumir las poses de los cuadros con tonalidades actuales. Así, desde la mirada del otro, empezó a cuestionar el cuerpo del hombre y la mujer. Siente que el desnudo le permitió aceptarse a sí misma y potenciar su físico como es.

En las paredes de su taller cuelgan las muñecas de trapo y en el patio la lavandería que le sirvió para otro proyecto.

El 2015 montó la muestra ‘La ropa sucia ya no se lava en casa’, en colaboración con Arte Actual de la Flacso, seleccionada para concursar por el Premio Brasil, cuya exposición será en enero del 2016 en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC), en Quito. Comenzó con una convocatoria al público para que lavara sábanas, de forma simbólica, en un antiguo local que sería desmontado. La instalación concluyó en la lavandería de su casa, con el fin de redefinir esa tarea de la mujer. Ese trabajo tuvo un registro fotográfico de Emilia Escudero (27 años) y la colaboración de Paula Arias (30), con quienes comparte desde cada particularidad los conceptos de género y feminidad.

El año pasado fue parte ‘De tu puño y letra’, un proyecto de intervención artística sobre mujeres violentadas. El trabajo fue dirigido por Suzanne Lacy (EE.UU.), y recibió 750 cartas escritas por mujeres (2014), cuyas historias terminaron en las voces de hombres. Alegría trabajó en el proceso educativo. En esa inmersión entendió que la violencia no es solo de hombres y mujeres, sino que está en todo espacio y cada día aprende a aceptar la diversidad de los otros y que el mundo no es binario. 

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