1 de julio de 2018 00:00

Humboldt y Jefferson: amistad entre la ciencia y la política

México, límite con Louisiana, adquirido por EE.UU., era la preocupación de Thomas Jefferson. FOTO: wikimedia.org

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Leila Gómez (O)

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El viajero alemán Alexander von Humboldt fue considerado el segundo descubridor de América, el hombre más famoso después de Napoleón Bonaparte y el científico más importante después de Charles Darwin en el siglo XIX.

Desde 1799 a 1804 Humboldt viajó por los actuales países de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y Estados Unidos. Entre sus hazañas y descubrimientos más destacados están el haber escalado el Chimborazo, la montaña más elevada del mundo -según se creía en la época-, el haber descubierto la comunicación entre el Orinoco y el Amazonas, el haber inventado las líneas isotérmicas e isobaras, etc.

Su mérito principal, no obstante, radica en haber realizado su viaje en una de las épocas más especiales para la historia: la antesala de las independencias latinoamericanas.

En la época de las grandes expediciones científicas ultramarinas, resulta interesante que Humboldt llegara al continente americano más por azar que por planificación.

De hecho, Humboldt se había anotado en dos expediciones anteriores, una hacia Egipto con la armada napoleónica (1798-1801), y la otra hacia la India y el Pacífico Sur con el capitán Nicholas Baduin (1800-1803). Sus planes se frustraron por razones ajenas a su voluntad, pero con buena suerte para Humboldt: el bloqueo inglés hizo difíciles las cosas para expedición a Egipto, y la de la India se complicó con la enfermedad y muerte de su capitán.

Así que a Humboldt no le quedó más remedio que ir a América. Al ser gran parte del continente colonia de España, Humboldt tuvo que pedir permiso al rey de Carlos IV. Lo consiguió con la condición de ser “inspector de minas” para la corona, aunque el viaje fue enteramente financiado con la herencia personal del viajero.

Hasta el momento, el imperio español había sido renuente a dejar que extranjeros entraran a sus colonias, aunque existían precedentes al viaje de Humboldt, como la expedición del francés La Condamine al Ecuador en 1735 y la del italiano Alessandro Malaspina desde Sudamérica a Alaska y Nueva Zelanda en 1789.

Por ello, buena parte del conocimiento del continente era un misterio fuera de España. Pero los ilustrados monarcas borbones querían hacer resurgir la economía de sus colonias y admitieron a Humboldt como inspector de minas, ya que, como se sabe, las minas de oro y plata fueron la razón principal de conquista y la colonia.

Sin embargo, el conocimiento adquirido por Humboldt fue poderosísimo no solo para España sino para otras naciones e imperios en el mapa mundial, como Estados Unidos, Inglaterra y las incipientes naciones latinoamericanas, en la historia de su independencia.

Hábilmente construyó Humboldt un conocimiento sobre América que tenía en cuenta los intereses políticos, económicos y científicos de varias audiencias. En el mercado de bienes simbólicos, Humboldt supo presentar al continente latinoamericano como una mercancía.

Antes de regresar a Europa, en el año 1804, Humboldt se desvía y viaja a Filadelfia y Washington para hablar con el presidente Thomas Jefferson. A este no le interesan las minas sino los mapas de México, sobre todo los de la frontera con Louisiana, región recientemente comprada por Estados Unidos a Francia.

Como señala la investigadora Sandra Rebok, Humboldt se los da, pero además le ratifica que la naturaleza y el hombre del continente americano no son inferiores ni en tamaño ni desarrollo a los europeos, y que los filósofos ilustrados de gabinete como Buffon, DePauw y Raynal están equivocados, algo que Jefferson ya había discutido en su famoso libro Notas sobre el Estado de Virginia.

Ya antes también lo había dicho el jesuita mexicano Clavijero, en sus disertaciones y en su Historia de México, pero Humboldt le da una amplificación legítimante, por ser europeo (a diferencia de Clavijero) y por haber viajado al Nuevo Mundo (a diferencia de Buffon, DePauw y Raynal). Había así una comunidad ideológica entre los intelectuales americanos y Humboldt.

En las luchas por las independencias americanas, incluida la de Estados Unidos en 1776, esta idea era fundamental, porque ponía en pie de igualdad a los americanos en el mapa científico y político. En una carta fechada el 14 de abril de 1811, a 6 años de la visita de Humboldt a Estados Unidos, Jefferson le agradece al alemán el envío de documentos concernientes a su viaje, entre los que se cuenta el mapa de la Nueva España, y comenta sobre la importancia política de estos documentos:

“Se trata de un momento en el que esos países comienzan a ser interesantes para todo el mundo. Ahora se están convirtiendo en escenarios de la revolución política, para tomar su lugar como miembros integrantes de la gran familia de naciones. Todos están ahora en insurrección. En varios, los Independientes ya son triunfantes, e indudablemente lo serán en todos. ¿Qué tipo de gobierno establecerán? ¿Cuánta libertad pueden soportar sin intoxicación? ¿Están sus jefes suficientemente iluminados para formar un gobierno bien protegido, y su gente para vigilar a sus jefes? ¿Les importa lo suficiente este asunto como para poner a sus indios domesticados en pie de igualdad con los blancos? ... Imagino que copiarán nuestros parámetros de confederación y gobierno electivo”.

Además, los mapas y dibujos de regiones ecológicas gracias al ascenso al Chimborazo, y a otros volcanes como el Jorullo en México, en los que se establecía la relación entre medioambiente y especies naturales, confirmaban la importancia de incluir al continente americano en la conciencia planetaria. De acuerdo con lo establecido por Humboldt, todas las regiones respondían a las mismas características naturales a similares alturas. A esta visión holística de la naturaleza tan establecida hoy en día y que llamamos ecosistemas y su interrelación, Humboldt la llamó Kosmos.

Los escritos de Humboldt sobre América Latina dieron los fundamentos para una identidad independentista en las futuras naciones. La descripción de monumentos arqueológicos en Veus des Cordillères et monumens des peuples indigènes de l’Amérique, por ejemplo, dio lugar a una revalorización de las culturas americanas.

En la visión de Humboldt, estas incipientes naciones, sobre todo México, tenían la riqueza natural, la ubicación privilegiada para el comercio con Europa y Asia y el desarrollo cultural para conquistar su autonomía política.
El ensayo político sobre el reino de la Nueva España, publicado primero en francés y luego en inglés en 1811, avivó el interés de Inglaterra por inversiones mineras en América y, por consiguiente, su liberación del monopolio español.

Con el correr de las décadas, estas inversiones fracasarán en algunos casos por el descuido al que sometieron las luchas independentistas a la minería, pero en su momento, todo el conocimiento de Humboldt fue tenido en gran estima por inversionistas europeos.

En medio de las revoluciones independentistas resulta curioso que Humboldt, un defensor de las ideas democráticas y liberales y un acérrimo antiesclavista, no dedicara gran número de páginas a la revolución haitiana contra el imperio francés, primera revolución de esclavos en América.

Aunque Humboldt no llega a Haití, la revolución está sucediendo en los años de su viaje. Cabe pensar que se trata de un silencio cuidadoso, al ser Francia el lugar de destino a su regreso y su hogar por 23 años. La seguridad del ciudadano francés Bonpland, su compañero de viaje, pudo también haber sido un motivo, en el contexto de las guerras napoleónicas. No obstante, la esclavitud será un tema importante en su Ensayo político sobre la Isla de Cuba y un punto de disidencia fuerte con Jefferson.

Sería injusto afirmar que Humboldt fue solo un viajero que supo aprovechar bien la coyuntura política y económica mundial para posicionarse como el más famoso de los viajeros científicos. Su talento, su dedicación y compromiso con el saber desbordan cualquier oportunismo.

Sin embargo, la historia de Humboldt demuestra que el valor científico se define en la encrucijada de múltiples intereses sociales que no obedecen exclusivamente al puro objetivo del conocimiento. En este sentido, se podría sostener que fue Humboldt el libertador científico del Nuevo Continente.
Leila Gómez, es Profesora de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Colorado, Boulder.

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