9 de marzo de 2018 00:00

La huella de Oswaldo Guayasamín persiste

Este sábado 10 de marzo del 2018 se conmemoran 19 años de la partida  del pintor que reflejó el dolor de los pueblos. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Este sábado 10 de marzo del 2018 se conmemoran 19 años de la partida del pintor que reflejó el dolor de los pueblos. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Redacción Cultura
(F-Contenido Intercultural)

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Este sábado 10 de marzo del 2018  serán 19 años del repentino fallecimiento de Oswaldo Guayasamín, el pintor de la tragedia de los pueblos latinoamericanos, pero también de la luz. Gracias a este pintor, nacido en Quito el 6 de Julio de 1919 en un hogar humilde, el arte del país fue conocido en el mundo, pero también el origen, el drama y la ternura de los pueblos.

La familia del pintor no ha organizado un evento masivo para esta conmemoración, no tanto de su partida, sino también de la persistencia de su huella. La recordación será privada en la Fundación que lleva su nombre y que administra su legado artístico.

De padre de ascendencia indígena y madre de ascendencia mestiza, fue el mayor de 10 hermanos y conoció a tierna edad las privaciones. Su talento precoz no fue entendido por los profesores de la época, incapaces de dar caudal a un niño tan sensible.

También hubo poca apertura en la Escuela de Bellas Artes, a la que entró en 1933, con 14 años. Pero se convirtió en el mejor alumno y sus cuadros impactaron.

Su primer encuentro con la crueldad de la vida, el azote de la violencia y la injusticia de los asesinatos, que llena de ira y rebeldía el corazón, se plasma en el cuadro que titula ‘Los Niños Muertos’, que recoge la brutal escena de un grupo de cadáveres amontonados en una calles de Quito, entre los que consta un chico de su barrio, su mejor amigo, de apellido Manjarrés, asesinado por una bala perdida en La Guerra de los Cuatro Días.

Desde entonces, Guayasamín asumió una posición frente a las crueldades e injusticias, en especial hacia los pobres, los indígenas, los afros y los desposeídos, aunque nunca se afilió a ningún partido.

La vida de Oswaldo Guayamín es imposible de condensar en estas líneas. Pero también es imposible de señalar su primer gran triunfo en el exterior, el Primer Premio de la Bienal de Sao Paulo; la impresión que causó en el diplomático estadounidense Nelson Rockefeller, quien gestionó una invitación para que exponga siete meses en Estados Unidos, y su encuentro con los muralistas mexicanos Rivera y Orozco.

Sus obras suelen agruparse en series, como Huacayñan, La Edad de la Ira y La Edad de la Ternura, además de dibujos, murales, grabados y retratos.

En 1996 inició en Quito su obra más importante, el espacio arquitectónico denominado La Capilla del Hombre, un Centro Cultural que surge como respuesta a la necesidad de rendir homenaje al ser humano, a sus pueblos, a su identidad.

Un infarto lo sorprendió en Baltimore. Sus cenizas descansan bajo el Árbol de la Vida, un pino plantado por el mismo Guayasamín en la casa en que vivió sus últimos 20 años, dentro de una vasija de barro.

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